CARTAS A UN JOVEN AMIGO
por Marcelino Champagnat.

Autor: H. José M. Ferre, fms

Le Rosey, Marlhes

Febrero 21 de 1800

Querido amigo:

Seguramente estás sorprendido de recibir esta primera carta de mí. Sólo quiero contarte algo acerca de mi vida.

Mi nombre es Marcelino. El próximo 20 de mayo cumpliré once años. Mi familia vive en Le Rosey, donde nací. Es apenas un pequeño caserío de aproximadamente veinte familias, cerca del poblado de Marlhes, al sur de Francia. La ciudad más grande de la región es Lyon, pero queda bastante lejos y yo aún no he viajado para allá.

No te sorprendas por la letra. Mi hermano mayor Bartolomé esta escribiendo esta carta por mí. Nunca he ido a la escuela, y no se escribir.

Mi mamá se llama María Teresa. Ahora mismo, nosotros estamos escribiendo esta carta, y ella está sentada junto a la chimenea con mi tía Luisa y mi hermana mayor. Ellas están cosiendo y remendando la ropa. De vez en cuando, ella se levanta para echarle un ojo a la olla de la sopa.

Mamá es realmente el alma de la familia. Ella quiere que todo esté limpio y ordenado. Ciertamente no vivimos con lujos. Pero muy a menudo ella dice que el orden y la limpieza son la mejor decoración para cualquier hogar.

A veces se me olvidan las cosas, y ella me dice: "¡Marcelino, quítate esos zapatos sucios!", "¡Marcelino, pon esas herramientas de nuevo en su lugar!", "¡No dejes tu ropa tirada por ahí!".

Ella pasa buena parte del tiempo en nuestra granja, y yo entiendo el por qué: ahí siempre hay trabajo que hacer. A menudo nos dice: "No se entrometan en asuntos que no les interesan".

Eso no quiere decir que ella no se lleva bien con las demás mujeres del pueblo. A veces ellas vienen a la casa para platicar con mamá. La verdad, yo no entiendo de lo que hablan, pero me he dado cuenta de que todas están mucho más sonrientes cuando se van.

Papá está fuera a menudo debido a su trabajo; ya hablaré de eso en otra ocasión. Hablo más a menudo con Mamá que con Papá. Ella está atenta a todo lo que hago, y me da montones de consejos. Por ejemplo, la otra noche estábamos hablando, y me dijo que mi dos mayores faltas eran ser muy orgulloso y un poco codicioso. Creo que ella atinó en el blanco. Luego me explicó cómo podía mejorar.

Durante las comidas, ella nos hace seguir cierto orden; primero damos gracias, y luego nos sirve la comida. Nos da suficiente para comer, pero no le gusta echarnos a perder permitiéndonos ser delicaditos, y no nos permite escoger a nuestra manera lo que queremos comer o no.

A veces mi tía la dice: "Oh, María Teresa, no seas tan estricta con Marcelino; después de todo es el más pequeño". Y Mamá siempre contesta: "Por eso mismo no quiero que se convierta en un chiquillo malcriado, sino un hombre como su padre".

¡Un hombre de verdad! ¡Eso es lo que yo quiero ser!

Bueno, ahora tienes una idea del ambiente en el que estoy creciendo. Pero todavía no te digo lo más importante: somos una familia cristiana. Si vienes a visitarnos, verás una hermosa pintura de la Santísima Virgen en la pared; sobre mi cama hay una pequeña cruz de madera. Por supuesto, eso no es lo único que prueba que somos cristianos.

Por ejemplo, la oración es muy importante por aquí. Cada noche, después de la cena, rezamos juntos el rosario. Comúnmente la tía Luisa nos dirige, porque -esto no te lo había dicho antes- ella es en realidad una Religiosa que fue obligada a salir de su convento durante la Revolución. Cuando ella habla de la Santísima Virgen, siempre la llama "Buena Madre", y me dice que no deje pasar ningún día sin rezarle con mucha confianza. Después del rosario, mi tía saca un viejo libro con las vidas de los santos, y nos lo lee. A mí me gusta mucho la vida de San Luis Gonzaga, que fue un modelo de castidad... y la vida de San Juan Francisco Regis también; el fue un valiente misionero en esta parte del país. Los domingos, todos vamos a Misa en el viejo templo del pueblo: yo me siento verdaderamente mal porque aún no he hecho mi Primera Comunión.

Espero hacerla pronto. Una noche, antes de dormirme, mi mamá vino a mi cama, hizo la señal de la Cruz en mi frente, y dijo: "Marcelino, pronto cumplirás once años; tu papá y yo pensamos que es tiempo de que te prepares a hacer la Primera Comunión. Platicamos con el padre, y él está de acuerdo con que empieces a ir a las clases la próxima semana".

Desde entonces no he perdido ni un solo día. Tan pronto como llego a casa, todos me hacen toda clase de preguntas; ya casi me sé todo el Catecismo de memoria.

Pero un día me sentí muy mal, y casi dejo de ir. Pasó durante el catecismo. Uno de mis amigos, que a veces anda haciendo travesuras, estaba haciendo caras. El maestro lo hizo ir al frente y arrodillarse en frente de la clase hasta el final de la lección, y le puso un apodo hiriente. Mi amigo estaba muy avergonzado, y dejo de ir al catecismo durante dos semanas. Aquel día, después de la clase me fui derechito a la casa, pues soy un algo tímido, y todo el asunto me dejó asustado.

¡Ahora, el gran día casi está aquí y estoy muy contento! Mamá me dijo que ese día puedo pedir a Jesús cualquier favor que yo quiera, y que él me lo concederá. Todavía no sé qué es lo que voy a pedirle.

Te lo diré en mi próxima carta.

Hasta la próxima vez, tu amigo.