La Culpabilidad (2)
Ana GARCÍA MINA
Profesora de Psicología y psicoterapeuta.
Universidad Pontificia Comillas (Madrid)
revista Catequistas, No. 124, abril de 2000
Sentirnos culpables no es una vivencia en sí misma nociva, por el contrario, significa que contamos con una escala de valores y que somos capaces de ser críticos y de distinguir el bien del mal. Ahora, no siempre la culpabilidad nos construye; muchas ansiedades, depresiones, y sufrimientos tienen como protagonistas una insana culpabilidad.
LA CERTERA INTERPRETACIÓN
Para que este sentimiento sea constructivo, en primer lugar hemos de saber interpretarlo: la culpa en ese pesar que sentimos cuando nos alejamos de nuestros principios y valores. Es una señal que nos invita a revisar nuestras acciones y sus consecuencias.
La culpabilidad sanamente vivida no busca sacrificios estériles sino personas que crean en el respeto mutuo y que deseen lo mejor para todos.
UNA ACTITUD
Saber manejar la culpa supone reconocer nuestras limitaciones, nuestra capacidad de hacer daño y nuestros errores sin agredirnos. Implica asumir nuestros comportamientos sin condenarnos al desamor.
Detrás de una acción siempre hay una necesidad, una razón. La culpa deja de ser sana y cuando en vez de llevarnos a comprender lo ocurrido nos lleva a castigarnos, criticándonos destructivamente. Deja de tener sentido cuando en vez de motivarnos a cambiar; nos hunde y nos anula con una evaluación desproporcionada e irracional.
UN CAMBIO
Si la culpabilidad acaba por convertirnos en un continuo autorreproche hemos de preguntarnos qué estamos buscando con esta autoagresión: )cumplir con una condena? )Suscitar la aprobación ajena? )No querer asumir que somos humanos? )Temor a defraudar a los demás?
La culpabilidad es un medio no es un fin. Un medio para ser responsables de nuestras acciones y modificarlas, en la medida en que éstas hacen daño a los demás o a nosotros mismos.
Una sana culpabilidad nos ha de movilizar: 1) a pensar en los otros, 2) a intentar minimizar el daño provocado si procede y, 3) a aprender de lo ocurrido. Una culpa positivamente sentida está basada en el perdón y en saber decir adiós.
CULPABILIDADES EQUIVOCADAS
No siempre la culpa nace de unos valores sanamente integrados. Hay niños que se culpabilizan por situaciones que no tienen nada que ver con sentir la vida éticamente.
Se consideran Amalos@ y Ano merecedores de cariño@ porque frustran las expectativas irracionales de sus educadores, o porque no se someten a todo lo que se les manda, o porque necesitan dar una explicación a castigos sin sentido, a malas caras, o ese vacío afectivo que sufren.
En el fondo, muchas culpabilidades de lo que realmente nos hablan es de un miedo al abandono, de unas exigencias imposibles de satisfacer y del vértigo que produce desafiar valores familiares y ser autónomos.
REFLEXIONAR
)
Qué actitudes tienes cuando te sientes culpable? )Analizas lo ocurrido con el respeto y la comprensión que te merecen? O )te encierras en ti mismo recriminándote una y otra vez lo que pasó?Si tu sentido de culpabilidad no te motiva a cambiar, pregúntate qué es lo que estás haciendo: )sufrir para paliar lo pasado? )Castigarte? )No querer asumir tu realidad?
En el evangelio, encontramos muchos pasajes (la samaritana, Zaqueo, María Magdalena...) Donde Jesús nos enseña a manejar sanamente la culpabilidad. En ellos, el castigo y la condena se convierten en escucha y perdón.
COMPRENDER
La culpabilidad es una de las experiencias psicológicas más delicadas y difíciles de manejar. Nos ayuda a crecer cuando nos moviliza a responsabilizarnos de nuestras acciones y nos dinamiza a cambiar. Nos empobrece pudiendo llegar a enfermanos, cuando se convierte en un continuo autorreproche y autoagresión. Una culpabilidad sanamente vivida concilia el reconocimiento de las equivocaciones con el seguir queriéndonos. No por agredirnos y dejanos de respetar las cosas mejoran. No por agredirnos las cosas se modifican, por el contrario tienden a empeorar.
ACTUAR
No siempre la culpabilidad nace de una adecuada evaluación. Muchas veces surge como consecuencia de chantajes afectivos que nada tienen que ver con comportarnos éticamente.
Ser sensibles a esta realidad, atrevernos a hablar y reflexionar sobre ello en la catequesis, supone una gran ayuda para los chavales. Estos nos necesitan para que les ayudemos a reconocer este sentimiento y les acompañemos en el proceso de discernir y de aprender cómo afrontarla.
