La imagen de Dios en el preadolescente
entre los 13-16 años.
Un tiempo para descubrir y descubrirse


Revista Catequética, mayo-junio 1999, No. 3.

De los 13 a los 16 años, una etapa del crecimiento que podemos llamar de los descubrimientos, no sólo como una conquista en el campo intelectual, sino especialmente como algo vivencial, una realidad vital. El preadolescente vive una gran aventura de descubrimiento humano.

El primer descubrimiento está centrado en sí mismo: emergencia del yo. Ante los ojos del adolescente se desvela progresivamente el misterio de su ser personal. Una inquietud nueva por conocerse, por saber quién es, va a recorrer las venas del chico en los primeros años de su adolescencia. Se descubre a sí núsmo como:

Inicia la búsqueda del otro, descu bre al otro, al que se encuentra a su lado. La amistad y el amor le lanzarán a una nueva experiencia de descubrimiento. No está solo en el mundo, convive con seres humanos que participan del mismo misterio que descubre en sí. El otro es un:

Se despierta en él un nuevo interés por lo social, su horizonte se ampliará al mundo. El descubrimiento de sí y la apertura progresiva a los demás conduce al adolescente a este planteamiento sobre la vida colectiva. Adquiere importancia el compromiso con la sociedad y la vida: la vocación personal. Descubre el mundo como:

La Iglesia es consciente de estas complejas vivencias del mundo adolescente y Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Catechesi tradendae, sobre la catequesis hoy, nos habla sobre esta etapa de la adolescencia. Después de los párvulos y los niños

"vienen la pubertad y la adolescencia, con las grandezas y los riesgos que presenta esa edad. Es el momento del descubrimiento de sí mismo y del propio mundo interior; el momento de los proyectos generosos, momento en que brota el sentimiento del amor, así como los impulsos biológicos de la sexualidad, del deseo de estar juntos; momento de una alegría particularmente intensa, relacionada con el embriagador descubrimiento de la vida. Pero también es a menudo la edad de los interrogantes más profundos, de búsquedas angustiosas, incluso frustrantes, de desconfianza de los demás y de peligrosos pliegues sobre sí mismo; a veces también la edad de los primeros fracasos y de las primeras amarguras. La catequesis no puede ignorar estos aspectos fácilmente cambiantes de un período tan delicado de la vida". (38)

Hacia una religión más personal

Los sentimientos y las actitudes religiosas llegan en este momento a introducirse en el contexto de la personalidad de forma relativamente definitiva y, desde luego, con profundidad y honda repercusión en el contexto del comportamiento. El adolescente se hace consciente de sus creencias y descubre la limitación de su inteligencia para acceder a todas las explicaciones. Surge la inquietud religiosa y descubre la diversidad de creencias como un hecho real de la vida ante el que él debe adoptar su postura.

Las opciones preadolescentes no son firmes en la forma, pero tienden a afianzarse en el fondo. El despertar de una personalidad autónoma coincide con la posibilidad intelectual y afectiva de asimilar muchos contenidos sociales y muchos mensajes espirituales. Por eso la preadolescencia se abre a la vida con gran resonancia religiosa; y por eso la catequesis de preadolescentes reviste caracteres de singular influencia que el educador de la fe debe apreciar adecuadamente.

Precisamente por esto es el momento del nacimiento de la fe personal. Debe optar muchas veces entre diversas concepciones del hombre, de la vida, de la naturaleza o de la historia, pues encuentra en su entorno cultural o social explicaciones contradictorias. Esto le facilita el adoptar su propia postura espiritual, en la que influye poderosamente el ambiente familiar y social en el que está inmerso. No se halla libre de las influencias externas, siendo las personales mucho más determinantes que las intelectuales. Es decir, en la fe influye mucho más el comportamiento y la postura de las personas que le rodean y con las que sintoniza efectivamente, que la bondad o coherencia objetiva de los valores religiosos en sí mismos.

En esta religiosidad preadolescente domina el moralismo sobre el aspecto doctrinal. El preadolescente se preocupa por las acciones y corre el peligro de no fijarse en las intenciones, de dar excesiva importancia a los aspectos morales y dejar de lado los misterios trascendentes. Por eso es altamente importante la catequesis adecuada a esta edad, pues ella será la que asegure la imprescindible labor orientadora.

Las diferencias religiosas motivadas por el sexo no son excesivas todavía, pero sí lo suficientemente significativas para que sean tenidas en cuenta en la educación. La chica tiende a ser más sensible a los aspectos relacionases y a dar más importancia a las opciones personales. Exteriormente es más religiosa y guarda más la compostura; pero puede llegar a reacciones menos religiosas que el chico.

Como podemos ver, no se trata de una etapa fácil para los muchachos ni para el educador o catequista. La especial problemática que presenta esta edad en el crecimiento psico-biológico, la catequesis casi meramente sacramental de muchas de nuestras comunidades cristianas que han puesto esfuerzos materiales y personales en otras etapas del crecimiento (niños y jóvenes) y la problemática familiar de muchos de los preadolescentes, nos llevan a reconocer las dificultades con las que nos encontramos. El Directorio General para la Catequesis, en su nº 181, dedica un pequeño pero significativo párrafo a esta edad: "En las regiones consideradas como desarrolladas se plantea de modo especial el problema de la preadolescencia: no se tienen en cuenta suficientemente las dificultades, necesidades y capacidades humanas y espirituales de los preadolescentes, hasta el punto de Poder afirmar en relación a ella que es una etapa ignorada. Actualmente, con frecuencia los catequizandos de esta edad, al recibir el sacramento de la Confirmación, concluyen también el proceso de iniciación sacramental, pero a la vez tiene lugar su alelamiento casi total de la práctica de la fe. Es necesario tomar en cuenta con seriedad este hecho y llevar a cabo una atención pastoral específica, utilizando los medios Normativos que proporciona el propio camino de iniciación cristiana".

La catequesis preadolescente

La catequesis preadolescente se halla muy vinculada a las relaciones personales con el educador con el que se encuentran. Influyen fuertemente los valores efectivos; pero no resulta cómodo ni homogéneo su tratamiento. Por eso es muy importante mantener una delicadeza extrema en la relación con ellos, tanto en las actividades de formación general como en las cuestiones de su educación en la fe.

La catequesis preadolescente debe tener un fuerte fundamento doctrinal. Se corre el riesgo de limitarse con preferencia a los sentimientos y a las soluciones inmediatas, pero es de gran importancia que se ofrezcan soluciones vitales y de largo alcance, de modo que sean fundamentales para su vida posterior. Hay que destacar mucho el hecho de que la catequesis es preparación para la madurez.

La catequesis preadolescente debe orientarse a la persona concreta. El preadolescente es reflexivo y plantea con frecuencia interrogantes firmes, siempre teñidos de dimensiones personales y en espera de soluciones objetivas. No es prudente convertir la catequesis en un consultorio moral o en simple satisfacción afectiva, de la curiosidad o necesidades del grupo. Si en algún momento es importante la programación y el orden en las ideas, es precisamente en la catequesis preadolescente, cuando se valora como una necesaria preparación para la vida adulta de creyente.

La oración, siempre fundamental en toda catequesis, es mucho más importante en esta etapa. Hay que poner al preadolescente, que está descubriendo su mundo interior, en contacto con Dios. Es la actividad espiritual más rica que podemos hacer: oración común, pequeños silencios de meditación, vigilias (es bonito y atractivo pasar en vela la noche del jueves Santo), encuentros con otros grupos, Eucaristías de grupo, peregrinaciones ...

Los ternas sociales deben ser objeto de orientación en la catequesis preadolescente. El despertar a la sociedad. como parte activa de la misma requiere ser iluminado por valores cristianos. Temas como la Iglesia, la caridad fraterna, la esperanza y la responsabilidad y compromiso de cara a los demás son de gran importancia para estos muchachos que se abren a la vida con ilusión.

La pedagogía catequética para esta etapa tiene que promocionar fórmulas que impliquen un compromiso personal y toma de postura. La catequesis de tipo magisterial debe ser olvidada a esta edad. La catequesis debe ser eminentemente activa. Se debe favorecer una respuesta activa, especialmente interiorizada.

Hay que saber combinar la exposición del educador, el intercambio en grupo y los trabajos personales. Los chi- cos y chicas de esta edad deben reflexionar sobre las realidades que viven, ver qué dice Cristo sobre ellas, para que actúen en consecuencia. Deben descubrir la presencia del Señor en el corazón de la existencia humana.

Aprovechando el descubrimiento que hace el preadolescente del otro, con sus valores propios y peculiaridades, se debe fomentar el trabajo en equipo. El grupo y más aún el grupo cristiano, según indica el Directorio General para la catequesis en el nº 159, "además de ser un elemento de aprendizaje, está llamado a ser una experiencia de comunidad y una forma de participación en la vida eclesial'.

De nuevo Juan Pablo II en su exhortación Catechesi tradendae, nos orienta sobre los contenidos fundamentales de la catequesis en esta etapa: "Podrá ser decisiva una catequesis capaz de conducir al adolescente a una revisión de su propia vida y al diálogo, una catequesis que no ignore sus grandes temas -la donación de sí mismo, la fe, el amor y su mediación que es la sexualidad-. La revelación de Jesucristo, como amigo, como guía y como modelo, admirable y, sin embargo, imitable; la revelación de su mensaje que da respuesta a las cuestiones fundamentales; la revelación del plan de amor de Cristo Salvador como encarnación del único amor verdadero y de la única posibilidad de unir a los hombres, todo esto podrá constituir la base de una auténtica educación en la fe. Y, sobre todo, los misterios de la pasión y muerte de Jesús, a los que San Pablo atribuye el mérito de su gloriosa resurrección, podrán decir muchas cosas a la conciencia y al corazón del adolescente y arrojar luz sobre sus primeros sufrimientos y los del mundo que va descubriendo" (38)

El preadolescente y Dios

El desarrollo de la inteligencia, el despertar de la amistad, la culpabilidad unida a los impulsos sexuales, la crisis de independencia y el descubrimiento de la intimidad van a marcar profundamente la religiosidad del preadolescente.

Los temas subjetivos invaden el concepto de Dios: amor, oración, obediencia, confianza, diálogo, duda, abandono, temor, son algunas de las palabras más empleadas. Al hablar de Dios dirá: Dios ayuda, anima, fortifica, comprende, protege, consuela, alivia, cuida; Dios es amigo, compañero, apoyo, consolador, confidente. La religiosidad del preadolescente posee, pues, una connotación emotiva y afectiva.

A esta edad sobreviene la toma de posición personal frente a la religión, bajo el impulso de la necesidad de autonomía y de afirmación de la propia personalidad. Se define esta etapa como un período de crisis religiosa. El preadolescente efectúa una revisión crítica de la religiosidad, y construye su propia religión sobre motivaciones personales. Con motivo de la crisis afectiva rechaza la tutela de los adultos y también las prácticas y doctrinas recibidas. Las prácticas religiosas aparecen como impuestas desde fuera, sin correspondencia con sus aspiraciones interiores. En realidad no hay pérdida positiva de la fe, sino pérdida de la seguridad y de las formas exteriores de la fe.

Para el chico de esta edad, Dios es el Dios de los impulsos de la sensibilidad; es el Dios del "yo". El preadolescente pone a Dios al servicio de la realización de su yo ideal: el Dios que me comprende, que me ama, que me ayuda en las dificultades, el amigo que nunca falta, mi confidente ... Dios es exigente porque espera algo grande de mí, pero es paciente porque me escucha y comprende.

Hemos visto cómo son los chicos de esta edad,- de esta etapa del crecimiento llamada preadolescencia; cómo se producen importantes cambios en su forma de ver y vivir la religión; cómo la imagen de Dios se hace más personal, ya no es el que manda y da mandamientos; y cómo debemos orientar y preparar la catequesis. Pero, ¿qué dicen ellos?. Cada uno de ellos, que está experimentando los cambios de esta etapa evolutiva, que está viviendo su cambio corporal, que se ve diferente a los demás, que vive la soledad o la gran riqueza de la amistad, ¿cómo ve a Dios?, ¿cómo es la imagen del Padre que tiene y vive?

Partiendo de la afirmación "Dios es nuestro Padre" realizamos una catequesis, una sencilla encuesta entre 50 chicos que acuden a la catequesis de una parroquia y un barrio de mi ciudad, de Castellón. Todos tienen entre 13 y 16 años, la mayoría 14-15, y un 75% de los mismos son chicas.

Las primeras preguntas se convirtieron en un diálogo abierto sobre los padres y sus relaciones con ellos:

1. ¿Qué piensa la gente de tu edad de sus padres? ¿Son un apoyo y una ayuda, o más bien un problema?¿Por qué?

2. ¿Te llevas bien con tus padres?¿Mejor con tu padre o con tu madre?¿Por qué?¿ Qué diferencias hay en la relación que tienes con tu madre o con tu padre? ¿ Te escuchan tus padres, contestan a tus preguntas, crees que te quieren, te protegen, te ayudan a crecer ...?

3. ¿Te acercas a tus padres con sinceridad, con libertad, con miedo, intentas no relacionarte ....? ¿Cómo dirías que es tu relación con cada uno de tus padres: cariñosa, cercana, de miedo, de vergüenza, lejana, agobiante, no existe ... ?

4. Escribe cinco palabras que definan a tu padre.

5. Escribe cinco palabras que definan a tu madre.

Prácticamente todos los chicos ven un apoyo en sus padres, se sienten queridos y protegidos, aunque en muchas ocasiones parecen unos "plastas", no les dejan libertad y no comprenden sus gustos ni su forma de pensar. La relación con ellos es, en la mitad de los casos, de respeto, no de miedo; la otra mitad (aproximadamente) reconoce a sus padres como amigos, cercanos y cariñosos y por lo menos a uno de los dos, el padre o la madre, se acercan con libertad y sinceridad.

Pasamos después a la imagen de Dios que ellos tenían, sin muchas explicaciones. Hicimos silencio y rezamos el Padrenuestro, la oración de Jesús para dirigirse a su padre.

6. Escribe cinco palabras que expresen quién es Dios para ti.

Éste es un listado de las palabras que surgieron: amigo, amor, paz, libertad, luz, alegría, verdad, sincero, Señor, salvador, creador, amable, atento, "escuchador', alguien cercano, consuelo, apoyo, padre, me protege, me fío.

Comparamos estas palabras con las que habían escrito sobre sus padres. Muchas coincidían. Podemos preguntarnos por qué. Los padres son insustituibles en el caminar de los hijos, también en el crecer en la fe. Cuando presentamos a los catequizandos a Dios como Padre, la primera imagen que relacionan los chicos es la de sus padres y el tipo de relación que tienen con ellos. Una familia que vive el amor, que reza unida, que comparte el tiempo y las inquietudes está abriendo caminos hacia el Padre. Los padres participan de la obra de Dios al educar a sus hijos; en el amor mutuo de los padres y el que derraman sobre los hijos, se descubre el rostro de Dios y el amor que Él nos tiene.

Pero, ¿hasta qué punto es verdadera esta imagen de Dios-Padre que nosotros tenemos?. La respuesta está en Jesús, el Hijo: proclamamos muy despacio la Parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15, 11- 32) fijándonos de una manera especial en el padre. Podemos cambiar el titulo: Parábola del Padre misericordioso.

7. ¿Qué rasgos de Dios Padre nos revela Jesús en las Escrituras?

Repasamos el texto, desmenuzándolo: el padre generoso que reparte la herencia, el padre que escucha al hüo, el padre que acepta la libertad del hüo, el padre que espera cada día, el padre que sale al encuentro, el padre que abraza al hijo con ternura, el padre que perdona, el padre que se alegra con la vuelta del hijo, el padre que no pide cuentas, el padre que hace una fiesta para compartir su alegría, el padre que regala de nuevo al hijo su condición de hijo: da el anillo, el padre que responde con amabilidad al hijo mayor, el padre que ama sin más explicaciones.

Viendo cómo actúa este Padre, sabemos cómo es Dios. La parábola nos habla de la naturaleza más íntima de Dios, de su ternura y misericordia. El Padre respeta la decisión de su hijo menor, aunque esté equivocada, y vela el camino de su retorno. Le acoge sin ningún reproche. Sabe esperar, perdonar y darlo todo, sin nada a cambio. El Padre se sitúa más allá de lo lógico; lo razona- ble son las posturas y actitudes de los hijos, pero lo divino son las actitudes del Padre, que opta siempre por la vida.

8. ¿ Te ayuda la relación que tienes con tus padres a reconocer el rostro de Dios?

9. ¿ Crees que hay en tu casa "ambiente de fe"? ¿Crees que son una familia verdaderamente cristiana que transparente el amor de Dios-Padre?

Muchos de los chicos no están de acuerdo con la vida de fe de sus padres y piensan que su familia necesita cambiar para considerarse cristiana y dar testimonio de su fe. Sin embargo, sí reconocen que el cariño de sus padres, su cercanía y amabilidad, les ayuda a construir cada día el rostro de Dios, les ayuda a caminar en la fe.

Terminamos el encuentro cogiéndonos de las manos y repitiendo, de nuevo y con renovadas fuerzas, sabiéndonos hijos y hermanos con Cristo, la oración del Padrenuestro.

Normalmente esta etapa acaba en nuestras catequesis parroquiales con la administración del Sacramento de la Confirmación y con él, con la desaparición de la mayoría de los jóvenes que lo reciben. Es hora de plantearnos qué fe transmitimos, qué comunidad cristiana presentamos, qué ofrecemos a unos chicos que acaban de comprometerse, que acaban de recibir el Espíritu Santo para ser testigos de Cristo y mostrar a todos el rostro de Dios.

Que Dios, nuestro Padre, nos ayude a acoger a todos y a acompañar con generosidad y fortaleza a los chicos que se acercan a nosotros para madurar y crecer en la fe.

Carlos Asensi Arnau Castellón