Entrevista a Jesús
en la Navidad del
2000
Revista Religión y Escuela, No. 137, febrero de 2000.
- Acabamos de entrar en el 2000, el año que el papa Juan Pablo ha señalado como año jubilar y paso al tercer milenio de vida cristiana. )Qué nos pedirías para este año?
- Pues lo mismo que para el 1999 o el 1998. Lo de las fechas es puramente convencional. Es verdad que las personas viven sujetas al espacio y al tiempo y que tienen necesidad de marcarlos. Yo también tuve necesidad de vivir en el tiempo y en el espacio: fue una de las exigencias de la encarnación. Por tanto, me parece normal e incluso necesario que haya momentos festivos (y dos mil años cumplidos de predicación del Evangelio es como para celebrarlo). Por otra parte, no deja de tener su cierta gracia cuando pienso que según dicen los historiadores yo nací probablemente el año 6 a. C., con lo cual el nuevo milenio desde el punto de vista histórico ha comenzado en 1995. Como ves, lo importante no son las fechas del calendario, sino lo que se celebra en ellas y cómo se celebra.
- Siempre he tenido una duda con respecto a tu divinidad
- )Sólo una? -me interrumpe esbozando una amplia sonrisa- Entonces eres muy afortunado.
- Bueno, quiero decir una más acuciante que otras: )cómo vivías tu divinidad diariamente?
- Un psicólogo probablemente estaría en mejores condiciones para explicarte lo que yo pensaba o sentia de la vida y del mundo (por supuesto también de Dios, mi Padre) a los 8 años o a los 13. Lo que si te puedo decir es que, a medida que iba creciendo y desarrollándome, iba teniendo más claro que mi relación con Dios era precisamente eso, una relación íntima, como la de un padre o una madre con su hijo, como la de personas que comparten la misma sangre, la misma vida, como la de personas que viven del mismo espíritu. Naturalmente, llegar a ser consciente de eso me llevó tiempo. Creo que, en ese aspecto, le debo mucho a los largos ratos que pasaba solo, paseando entre las viñas de Nazaret, a la caída de la tarde, enredado en las cosas que poco a poco iba descubriendo que eran las de mi Padre ( y empapándome, de paso, de su amor).
- )Qué te parece el retrato que hacen de ti los evangelios?
- En general creo que salgo muy favorecido. Lo cual no puede constituir ninguna sorpresa si pensamos que están hechos con todo el cariño del mundo. Claro que cada uno de los evangelistas me ha pintado según sus intereses y los de su comunidad. Y eso me parece muy bien, porque significa que soy importante para sus vidas: de lo contrario me habría convertido en un mero personaje histórico. Por suerte o por desgracia, mi vida terrena significó muy poco, históricamente hablando. A lo mejor sorprende, pero a mí por las noches me gusta leer un rato los evangelios. No por narcisismo, claro, sino por ver cómo Mateo, Marcos, Lucas y Juan han hecho el esfuerzo de entenderme en su contexto. De verdad que me parecen admirables. Aunque no deja de resultarme curioso verme pronunciar esos discursos tan largos y tan elevados que Juan pone en mi boca ; o contemplarme, en Marcos, empeñado en hacer que no se sepa hasta el momento oportuno que soy el Mesías; o incluso leer el relato de mi nacimiento en Mateo o el de mi niñez en Lucas, con la intención de poner de relieve que soy el Mesías esperado por israel, el Salvador de las naciones.
- )Te pongo en un aprieto si te pregunto or la Iglesia?
- )Por qué me ibas a poner en un aprieto? Si te refieres a qué me parece cómo está y cómo funciona, te diré que la iglesia, mi iglesia, siempre puede ser mejor de lo que es. Pero esto ya lo saben ustedes desde siempre. )No habéis acuñado un dicho que se entiende hasta sin saber latin: Ecclesia semper reformanda? (Claro que la Iglesia tiene cosas que arreglar). Eso nome preocupa. Lo que me inquieta es cuando, probablemente con la mejor intención, en ocasiones cree que no le hace falta convertirse, volverse a Dios, porque está en el camino correcto. Entonces, sin dejar de ser mi iglesia (porque siempre lo es), se transforma en un poder del mundo. Confieso que eso me entristece. Pero como soy un optimista convencido y creo en la gente..., inmediatamente pienso que las cosas terminarán por arreglarse. Además, para eso está el Espíritu Santo.
- )Podrías ser un poco más explícito?
- Creo que no voy a poder proporcionarte ningún titular, si es eso lo que pretendes. Me temo que esas cosas que la Iglesia tiene que arreglar son las de siempre. )Recuerdas lo que ocurrió después de mi muerte? Que un día se presentaron las mujeres del grupo diciendo que yo había resucitado. )Y qué pasó? Que los discípulos no las creyeron. No me extraña que Marcos escribiera que Asalieron huyendo del sepulcro, pues un gran temor y espanto se había apoderado de ellas y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo@. Miedo de que, conociendo a mis hermanos como los conocían, no les hicieran ni caso.
Otro aspecto en que mi iglesia tendría que mejorar es el que ilustra el triste episodio del enfrenamiento entre Pedro y Pablo en Antioquía (lo relata este último en su carta a los Gálatas 2, 11.14). A veces, por temor a que las cosas se le vayan de la mano, la Iglesia se cierra a lo nuevo: se comporta no como lo que verdaderamente es, una hermosa joven (tanto que me he casado con ella: (conviene releer el capítulo 21 del Apocalipsis) con todas las ganas de vivir del mundo, sino como una anciana aferrada a sus rutinas y seguridades.
El tercer elemento es el del exclusivismo, que hace que mi Iglesia quede como hipnotizada por su propio ombligo y se olvide de su auténtica misión: servir al Evangelio. Un día que me disgusté de verdad con Juan y los demás fue cuando se presentaron diciendo que habían tratado de impedir a uno, que al parecer expulsaba demonios en mi nombre, que siguiera haciéndolo porque no era de los nuestros (lo trae Marcos en 9,38-40). Les dije que cómo podían ser tan miopes, que había que de tener un talante más abierto y positivo: que si la gente no estaba explícitamente contra nosotros, estaba con nosotros.
- Y teniendo delante al Señor de la vida, no puedo dejar de preguntarte sobre lo que está pasando en el mundo.
- Cuando veo en los telediarios a mis hermanos de Chechenia (o de la guerra que corresponda), la injusta distribución de los bienes que mi Padre ha puesto para el disfrute de todos, o la destrucción de la vida, en cualquiera de sus manifestaciones, me pongo literalmente malo. Ya me pasaba cuando vivía en la tierra. Pues ahora, con el cuerpo resucitado, más todavía
