El futuro de la pastoral juvenil
ante los retos de la situación actual.

Por Riccardo Tonelli es profesor en la Universidad
Pontificia Salesiana de Roma y Director de la revista
ANote de Pastorale Giovanille@.

SINTESIS DEL ARTICULO

La Pastoral juvenil está marcada por la provocación que supone la actual situación de emergencia respecto al sentido de la vida y la esperanza que viven los jóvenes. La praxis de Jesús de Nazaret y las narraciones del Evangelio albergan una Buena Noticia capaz de restituir vida y esperanza a cada joven. Habrá que empezar por devolver seriedad a la vida, acostumbrar a descubrir Aaquello que no se ve@ y, en definitiva, confiar en un misterio cuya manifestación depende, en buena medida, de la Aacogida incondicional@ con la que cada agente de pastoral debe salir al encuentro de los jóvenes.

Vivimos tiempos felices para la pastoral juvenil. No faltan dificultades, pero somos capaces de descifrarlas: contamos con instrumentos adecuados para afrontarlas y resolverlas; poseemos la competencia que, por otra parte, expresa una fe profunda y una intensa esperanza. A la par, crece a conciencia de que la acción pastoral involucra a toda la comunidad cristiana, aún cuando los destinatarios sean un grupo específico de personas.

En fin, se están multiplicando las experiencias creativas y valientes, tanto dentro de la pastoral ordinaria como en la desarrollada en puestos de frontera, para reenganchar aquel diálogo entre los jóvenes y la Iglesia que ya casi parecía roto.

Sobre la base de estas convicciones, a continuación, trato de imaginar algunas conclusiones para hoy.... en la esperanza de que puedan servir también para mañana. (1)

1 De parte de la vida y de la esperanza.

La pastoral juvenil es uno de los ámbitos donde la pluralidad de realizaciones es particularmente amplia e imprevisible.

El pluralismo actual no depende de nuestra escasa disponibilidad para asumir las indicaciones que otros puedan proporcionarnos. Antes bien, se trata de una tendencia irreversible que empuja a quien ha de orientarse ante una inédita sobreabundancia de oportunidades.

En esta situación, la búsqueda de proyectos comunes sólo pueden arrancar de la condivisión, más allá de las diferencias, de un mismo punto de confrontación y referencia. )Cuál podría ser dicho punto?

Esta es mi propuesta: anteponer los problemas más serios y fundamentales a nuestras preferencias, examinarnos frente a ellos con plena disponibilidad y haciendo converger todos los recursos en la búsqueda de soluciones a los mismos.

Por desgracia, algunas veces las cuestiones que más nos apremian son falsos problemas, bien porque nos las inventamos nosotros mismos -quizá por exceso de celo-, bien por referirse a temas sin sólidas raíces, o bien porque pertenecen a un grupo concreto de gente, cegada por los propios problemas al no darse cuenta de aquéllos mucho más graves que atraviesan la existencia de la mayoría.

Los verdaderos problemas son aquellos que se relacionan con la vida y la esperanza de todos.

2 Anunciar a Jesucristo, haciendo caminar a los cojos....

La fe cristiana debe enfrentarse con el problema de la vida, con su sentido y con esa amenaza insuperable que es la muerte. Continuar la experiencia de Jesús y de sus discípulos significa, en concreto, anunciar el Evangelio dentro de tales problemas, con la preocupación de que el anuncio resuene verdaderamente como buena noticia.

Hoy estamos viviendo en situación de emergencia respecto a la vida. Para muchos, resulta una empresa poco menos que imposible vivir una vida tal como el Dios de la historia la ha proyectado para los hombres y mujeres que llama hijos suyos. Otros muchos, aunque han superado la emergencia, buscan desesperada o resignadamente aquella calidad que pueda hacerla digna de ser vivida.

Además, sobre todos nosotros se proyecta pesadamente la sombra de la muerte: de la muerte cotidiana que nos acompaña como un enemigo invisible o de la violenta y final que parece destruir todo proyecto. Y así, terminamos por no saber dónde enraizar la esperanza.

Esta situación de difusa emergencia es una provocación para la comunidad eclesial que quiere proseguir la narración de la historia de Jesús.

2.1. Las narraciones del Evangelio.

La experiencia de Jesús y de sus discípulos, en el fondo, contiene una preocupación semejante y sugiere cómo afrontar, en el nombre de Dios, los problemas de la vida y de la esperanza. Esto es, ofrece el marco de referencia para un proyecto de pastoral juvenil adecuado a la situación actual.

Escuchemos la historia narrada por Lucas: AUn sábado enseñaba Jesús en una sinagoga. Había allí una mujer que desde hacia dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu maligno, andaba encorvada y sin poderse enderezar del todo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: AMujer, quedas curada de tu enfermedad@. Puso las manos sobre ella, en seguida se puso derecha y empezó a alabar a Dios@ (Lc. 13, 10-13). Frente a las protestas del jefe de la sinagoga, indignado porque, yendo contra la ley, había osado curar en sábado, Jesús respondió: ASatanás tenía atada a esta mujer desde hace dieciocho años, )no había que liberarla de su enfermedad, aunque hoy sea sábado?@ (Lc. 13, 16).

No es el único texto con este tono. Todo el Evangelio está escrito así. El deseo de hacer nacer vida donde aparecen señales de muerte, el esfuerzo por hacer que las personas caminen con la cabeza bien alta cuando, por diferentes razones, avanzan encorvadas o dobladas, constituye el hilo conductor que une toda la aventura de Jesús.

En nombre de la vida, Jesús pone en pie y con la cabeza alta a cuantos viven encorvados por el peso de cualquier atropello; devuelve la dignidad a quienes estaban privados de ella; restituye la salud a los enfermos; combate fuertemente toda experiencia religiosa en la que Dios sea utilizado contra la vida y la felicidad del hombre. El muestra de verdad quién es el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob: AYo soy el Señor, vuestro Dios, que os saqué de Egipto para que no fuerais esclavos por más tiempo. Desde que rompí el yugo de los egipcios que os oprimía, ya podéis caminar erguidos, con la cabeza bien alta@ (Lev. 26, 13).

Las acciones de Jesús alcanzan también a las dimensiones culturales y estructurales de la existencia, al menos hasta el nivel reconocido por la sensibilidad más madura de aquel tiempo. De este modo, libera a esta mujer de la imagen de Dios que habían metido en su experiencia: El Dios que prefería la observancia del sábado a la curación es un Dios de muertos y no de vivos, como reprocha Jesús a quien en su nombre se oponía a la intervención. Y parece estar diciendo continuamente: ved estos gestos de vida opuestos a los hechos de muerte....; éstos son la señal de la presencia y de la acción de Dios en nuestra historia....; para hablar bien de Dios, es necesario unir las palabras a hechos como los citados.

2.2. Una historia que continúa en sus discípulos.

Jesús es una persona muy diversa del estándar normal. No nos ha dejado nada de lo suyo; lo conocemos en aquello que de El nos cuentan sus discípulos.

De ahí que, en nuestro empeño de creyentes y evangelizadores, para descubrir mejor cómo reaccionar frente a los problemas de la vida y de la muerte, sea necesario introducirnos en la escuela de los discípulos de Jesús. Una página de los Hechos de los Apóstoles me parece particularmente expresiva a este respecto. Leámosla.

AUn día subían Pedro y Juan al templo al tiempo de la oración de media tarde, cuando vieron t raer a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la Puerta Hermosa para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver llegar a Pedro y Juan, les pidió una limosna. Entonces Pedro, con Juan a su lado, se le quedó mirando y le dijo: AMíranos@. Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: APlata y oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar@. Y agarrándolo de la mano derecha, lo incorporó. En el acto se le robustecieron las piernas y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. La gente lo vio caminar, alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la Puerta Hermosa, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo sucedido@ (Hch 3, 1-10).

Leído así, parece el relato de un hecho prodigioso y poco más. Sin embargo, es importante continuar la lectura del texto. Lo resumimos a continuación.

El cojo curado gritaba con tanta alegría, que es detenido por alborotar dentro del templo. Cuando los sumos sacerdotes conocen que entremedias se encontraba Pedro dice: A)Sabéis por qué este hombre cojo puede ahora caminar sano y erguido? Porque no podemos estar vivos sino en aquél Jesús que vosotros crucificasteis y a quien el Padre resucitó de la muerte@.

Existe una estrecha relación entre la historia de Jesús, la curación física del cojo y la vida plena (también en la lucha contra la muerte).

Respecto a cuanto conocemos de la praxis de Jesús sobre la vida, Pedro añade algo nuevo e inédito. No sólo cura como tantas veces hizo Jesús, sino que además cuenta la historia de Jesús. Al gesto, con cuya realización Jesús requería frecuentemente la fe en El y en la fuerza del padre, Pedro añade la narración de su fe apasionada en el Crucificado que ha resucitado. Dice con fuerza que sólo por esa fe, ahora comprometida en confesarlo como el viviente, es posible tener plena y definitivamente la vida. La narración de la historia de Jesús en la confesión de fe de sus discípulos, el entusiasmo y la fe que suscita en aquéllos a los que va dirigida, dan la plenitud de la vida. Hay un entrecruzamiento profundo entre la curación y la confesión de que Jesús es el Señor. La curación resuelve los problemas físicos; la confesión de fe en el Resucitado supera las barreras de la muerte física y asegura una impensable plenitud de vida, a pesar de la muerte.

Estos dos momentos no están separados; al contrario, se reclaman recíprocamente. El hecho de devolver vida a las piernas tullidas del cojo, confiere fuerza y seriedad a la propuesta de Jesús; pero la decisión que da plenamente la vida, ofrecida en el misterio del don de Dios y acogida por la fe, va más allá de la curación: se relaciona con un juego de libertad y de amor, con el sí a un misterio de cercanía y gratuidad. Sin esta decisión, de fe en el Señor Jesús no existe vida plena; pese a una eventual curación de la enfermedad o a la liberación de cualquier opresión, seguiríamos prisioneros de la muerte.

Por esto, los discípulos de quien quería a todos Acon la cabeza bien alta@, al estar llenos de vida, marchan por el mundo para hablar de Jesús y de su resurrección. No lo harán sólo con palabras bonitas; hablarán con los hechos para, posteriormente, multiplicar las palabras que reproducen la narración de la historia de Jesús.

La curación del cojo de nacimiento y todos los gestos milagrosos que realizan los discípulos expresan simbólicamente que la historia de Jesús, contada con su fe apasionada, es verdadera y auténtica: no habla sólo de vida, sino que anticipa su presencia en signos humanos y cotidianos. Lo que verdaderamente cuenta, aquello que la narración de la historia produce más intensa y misteriosamente, la realidad que está detrás de los signos, es precisamente la victoria de la vida sobre la muerte.

3. Para hacer caminar a los cojos..., Ahoy y mañana@

La comunidad eclesial cree que el Evangelio de Jesús es una buena noticia para todos los jóvenes. Por eso, anuncia a Jesús de Nazaret con fuerza y valentía, haciendo caminar a los cojos y restituyendo la vista a los ciegos. Es éste un anuncio de sentido y de esperanza rente a la muerte. Las palabras que dice la comunidad eclesial son, en primer lugar, la vida que vuelve a las piernas tullidas del pobre paralítico y a los ojos apagados del ciego de nacimiento. De este modo, como dice Puebla, realiza Auna pastoral juvenil ©....ª De la alegría y de la esperanza, que comunica la alegre noticia de la salvación a un mundo frecuentemente triste, oprimido y desesperado, en busca de liberación@ (Puebla. La evangelización en el presente y futuro de América Latina, 1205).

Este empeño puede ser asumido con formas diversas. No puedo ofrecer, ciertamente, un modelo operativo, orgánico y articulado.

Sugiero, por tanto, algunas líneas de acción. Parecerán todas, sin contrabalanceo oportuno, orientadas hacia la calidad de la vida, quizá excesivamente por tratarse de un proyecto de educación en la fe. No obstante, estoy convencido de que la madurez y autenticidad de la experiencia cristiana están hoy amenazadas por el modo como se entiende y vive la vida. La calidad de vida condiciona, en efecto, la calidad de la experiencia religiosa. Por tanto, si queremos vivir una experiencia cristiana madura, debemos ayudarnos a crecer en humanidad.

3.1 Restituir seriedad a la vida.

El pluralismo actual atraviesa también las razones más profundas de la vida y de la esperanza. Vivimos tiempos donde las referencias a la calidad de la vida son muchas y muy diferentes; con frecuencia, incluso, se presentan como igualmente serias, descargando a la subjetividad de las personas el derecho a elegir.

En una situación como ésta, )qué significa, en concreto, preocuparse por una madura Acalidad de vida@?

Los cristianos contamos con una experiencia de la existencia, que reconocemos como normativa para cualquier búsqueda: la historia de Jesús de Nazaret, narrada en la Iglesia a través de la fe de sus discípulos. A la hora de buscar calidad para la vida, tomamos como irrenunciable la confrontación e intercambio con todos aquellos que tienen algo que ofrecernos en ese tema y, al mismo tiempo, asumimos como criterio interpretativo, último y normativo, la inspiración evangélica.

Siguiendo esta lógica, considero urgente reconstruir en la existencia de los jóvenes una cierta predisposición de seriedad y rigor, es decir, la capacidad -reconocida teóricamente y realizada existencialmente- de dejarse medir por exigencias que dependen de la vida misma y no son fruto de simples acuerdos o pactos. Tales exigencias se refieren a la imagen coherente y madura de hombre y mujer, hacia la que miramos como ideal, y a las condiciones existenciales que nos permiten alcanzar y consolidar dicha figura.

Muchas veces, por desgracia, esta actitud se contrapone al deseo de vida y felicidad, pareciendo que seriedad y felicidad se consideran como perspectivas alternativas.

En los modelos educativos tradicionales, prevalecía la atención a la seriedad. Hoy, todo aparece inclinado hacia la vida y la felicidad, en perjuicio de la seriedad. Nos movemos en una cultura donde las cosas, hasta las más banales, se presentan como capaces de resolver todos los problemas. La meta de la madurez no es fruto de un esfuerzo serio por vivir, sino resultado de la posesión de lo que fácilmente podemos disponer.

Es importante, pues, resolver la alternativa privilegiando la vida y la felicidad. Vivir la vida con seriedad significa, en concreto:

 Reconocer la existencia de una verdad que tiene sus derechos sobre la libertad. Con esta actitud nos colocamos, en libertad y frente a la realidad del mundo, escogiendo la responsabilidad como conformadora de la subjetividad.

 Reconocer a los otros como Ainvitados bien recibidos@ en la propia existencia. Con esta actitud se supera un estilo de existencia, ampliamente difuso, que entiende la relación con los otros en términos de competitividad y de agresividad, por considerar al otro como un enemigo a combatir, alguien ante quien defenderse o como una presa a conquistar.

 Acoger en la propia vida las preguntas e inquietudes que los otros nos lanzan. Con esta actitud nos comprometemos a hacer resonar en nuestra propia existencia la voz queda de la conciencia moral y nos disponemos para escuchar el grito del otro y el que brota de la realidad (paz, ecología, respeto de la naturaleza....) Como comprometedor Aimperativo ético@.

 Tomar decisiones valientes y comprometidas. Nuestra cultura nos empuja a decisiones nunca definitivas, a un interés exasperado por no excluir ninguna posibilidad. El exceso de oportunidades justifica la identidad débil que permite compatibilizar una orientación y su contraria. Con la capacidad de decidir, superamos el peligro de la incertidumbre y de la subjetivización desenfrenada, y nos preparamos para elegir aquellas cosas que verdaderamente cuentan.

3.2. Más allá de aquello que se ve....

La seriedad de la vida conlleva una referencia comprometedora a los valores. )Qué valores? )En qué dirección impulsar con valentía las decisiones?

Estamos habituados a considerar como real y verdadero sólo aquello que podemos manipular. Nuestra cultura habla a tra´ves de imágenes. Como nos ha enseñado alguien que conocía a fondo los problemas de la comunicación, el instrumento expresivo ha llegado a ser el contenido. Por todo esto, nos hemos convertido en sabihondos y presuntuosos; para cada cosa tenemos una explicación y de cada suceso sabemos sus causas y las responsabilidades derivadas. Si nos amenaza algún mal, conocemos el remedio o, a lo sumo, es cuestión de un poco de tiempo: más tarde o más temprano, encontraremos el nombre adecuado para identificarlo y los instrumentos idóneos para resolverlo.

El hombre maduro -y el cristiano, sobre todo- no se siente a gusto con esta forma reductiva y falsa de ver la realidad. Aunque feliz de poder utilizar cuanto la ciencia y la sabiduría humanas han sabido producir, se ve obligado a comprenderla más a fondo. Reconoce la existencia de Aotro mundo@ constituido por acontecimientos cargados de misterio y cuya trama se nos escapa, acontecimientos de los que solamente podemos hablar a través del peculiar lenguaje religioso.

Reconocemos que la misma realidad tiene dos caras: una es visible, se puede manipular, puede ser leída a interpretada a través de categorías propias del saber y de la ciencia; la otra, sin embargo, se hunde en el misterio. El esfuerzo por vivir la propia existencia en un modo auténtico, comporta la fatiga cotidiana de integrar estas dos dimensiones de la realidad, descifrando una a partir de la otra.

En un clima de complejidad y pluralismo, la calidad de vida exige como condición de posibilidad y autenticidad, por tanto, la capacidad de comprenderse y proyectarse desde el silencio de la propia interioridad.

Interioridad que, por otro lado, nos remite a un espacio intimísimo y personal, donde puedan razonar todas las voces, pero también donde cada uno encare el deber de decidir, en soledad y pobreza, privado de las seguridades que nos confortan en los momentos del sufrimiento que comporta toda decisión. Se buscan la confrontación y el diálogo firme con todos, como don precioso que surge de la diversidad. Sin embargo, la decisión y la reconstrucción de la personalidad nacen dentro del espacio de soledad interior que consiente, verifica y hace concreta su coherencia con las elecciones que unifican la propia existencia.

3.3 Vivir confiados en el misterio

Quien es capaz de alcanzar este umbral de la existencia donde asoma el misterio, sabe reconstruir en la propia experiencia esa capacidad de confianza que estamos extraviando poco a poco.

Es urgente limpiar el terreno de ese modo de pensar y proyectar, construido sobre la consigna del Aqué gano si....@. Por desgracia, está presente en muchos modelos pastorales y enraizado profundamente en la sensibilidad actual.

Jesús, convulsionando la lógica del mal, nos revela la presencia de un principio inédito en la historia: la debilidad y la derrota (la cruz) son victorias de la vida, cuando se viven como apertura al amor y confianza en el proyecto de Dios.

La presencia de Jesús es salvación (redención de la creación hacia su meta definitiva) porque lleva a su realización el impulso de la vida por encima del mal y proporciona seguridad acerca del final de esta dramática aventura. Sólo si acertamos a construir una relación colocada bajo el signo de la gratuidad, podremos confiarnos a El, depositando en el misterio de Dios nuestro deseo de vida y felicidad y el miedo que desatan el dolor y la muerte.

Llegar a ser personas capaces de confianza significa, por tanto, reconstruir el tejido de humanidad y, además, poner raíces a esa irrenunciable condición para vivir una experiencia religiosa madura.

Así es, en efecto, la vida cristiana: un abandono en las manos de Dios, con la actitud del niño que confía en el amor de la madre. Parece extraño: para llegar a ser adultos, descubrimos la necesidad de hacernos niños. Nos lo recomendó Jesús: Aos aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos@ (Mt. 18, 3). Del adulto queremos conservar la lucidez, la responsabilidad y la libertad, mientras nos sumergimos en una esperanza capaz de Acreer sin ver@; del niño, en cambio, buscamos el coraje para arriesgar, la libertad de mirar adelante, la confianza incondicional en alguien con el que hemos experimentado el amor, la disponibilidad desmedida para compartir, finalmente y en el fondo, el deseo de jugar hasta con las cosas más serias.

4 Llegar a ser de nuevo Aofertadores de propuestas@ al servicio de la vida.

La maduración de la experiencia cristiana también comporta necesariamente el momento de la propuesta de un proyecto para la existencia, concreto y realizable, capaz de mostrar la vida como don del Espíritu. Así hizo Pedro, para dar vida y esperanza plena y perdurable, más allá de la curación física, al cojo sentado a la puerta del templo.

El desafío con el que ha de enfrentarse hoy la pastoral juvenil no se refiere sólo a la urgencia de la evangelización. Abarca, más en profundidad, el estilo y el modo de su realización. Quien coloca en el centro de su caminar apasionado, de su pasión, la vida y la esperanza de los jóvenes, sabe que ha de anunciar a Jesús como el único en el que encontrar plenitud de vida, pero también sabe que ha de hacerlo de tal forma que ese anuncio resulte verdaderamente una buena noticia.

4.1. A(Ay de mí si no anunciara el evangelio!@ (1 Cor 9, 17)

El educador de la fe, en una situación de complejidad y pluralismo, tiene la responsabilidad de ser ofertador de propuestas.

Actualmente, todos gritan, y con mayor fogosidad quienes sería mucho mejor que callasen. Sin embargo, parece que el derecho a la palabra sólo se conceda a quien acepta decir cosas banales, que no valen nada. Y apenas las palabras se acercan a las cuerdas que tocan el sentido de la vida, se niega ese derecho.... que, (eso sí!, siempre podrá reconquistarse al son del dinero.

No me pone en crisis la reclusión al silencio o a la ineficacia; sí me inquieta y resulta provocadora la constatación de que esta dinámica va en menoscabo de la vida, de aquella de los jóvenes, en cuanto particularmente débil y frágil, y de la otra de los más pobres, privados violentamente de todo derecho a tener voz y palabra.

Una vez más, una razón cultural nos permite descubrir la raíz de la existencia como creyentes: A(Ay de mí si no anunciara el evangelio!@ (1 Cor 9, 17). Jesús no resonará como la razón fundamental de la vida y de la esperanza, si no existe alguno que lo anuncie con la pasión contagiosa de sus primeros discípulos. Por esto, el educador de la fe se ve apremiado a volverse de nuevo intensamente proponedor y a reencontrar la autoridad necesaria para penetrar con sus propuestas en el interior de la existencia de cada persona.

Aquello que hace nueva la alegría y la responsabilidad de evangelizar es la constatación de esta exigencia, reactiva respecto a los modelos reseñados; que, al mismo tiempo y con igual intensidad, es búsqueda de un estilo renovado para realizar esa tarea.

4.2. El estilo

El evangelizador enuncia cuestiones comprometidas, con la pretensión de penetrar en ese espacio muy íntimo en el que cada persona decide el sentido de la vida y el fundamento de la esperanza. Para llevar a cabo esto, tiene necesidad de una fuerte dosis de crédito personal.

El esquema tradicional depositaba tal autoridad en la verdad de las cosas proclamadas. Cuando una afirmación era verdadera podía ser dicha en voz en grito. El deber de acoger la verdad se incluía como uno de sus derechos. Este dato está hoy en crisis, puesto que en una situación de complejidad se piensa que cada cual tiene su parte de verdad.

También está en crisis la segunda fuente tradicional de autoridad.

En otros tiempos la autoridad se apoyaba en el rol, esto es, en el hecho de ejercer determinadas funciones. A un papel socialmente reconocido correspondía la autoridad de decir determinadas cosas, con el consiguiente deber de ser acogidas por parte del destinatario.

Ahora hay que reconquistar el crédito o autoridad personal con esfuerzo y competencia. )Sobre qué bases?

Proporcionando voz a las vivencias de tantos y tantos amigos, retomo el tema de la figura del educador religioso cual persona que sabe Ahacer propuestas@ contando historias que ayudan a vivir. La hipótesis retoma, en la praxis cotidiana del testigo de las más radicales exigencias para la vida, el estilo con el que fueron escritos los evangelios, desde la fe de la comunidad apostólica y bajo la inspiración del Espíritu de Jesús.

La palabra del evangelizador es siempre una narración: una historia de vida contada para ayudar a otros a vivir con alegría, con esperanza y con la libertad de reconocerse protagonistas. En dicha narración, se entrecruzan tres historias: la que se narra, la del narrador y la de los oyentes.

Cada evangelizador narra los textos de su fe eclesial: páginas de la Escritura, historias de los grandes creyentes, documentos de la vida de la Iglesia o de la actual conciencia de la comunidad eclesial acerca de los hondos problemas de la existencia cotidiana. En este primer elemento, propone con valentía y firmeza las exigencias objetivas de la vida, reentendidas bajo la perspectiva de verdades donadas. Creer en la vida, servirla para que nazca contra cualquier situación de muerte, no significa diluir las exigencias más radicales o, menos aún, convertir el terreno en un desierto de búsquedas sin horizonte y puramente subjetivas.

Repetir esta narración no significa, sin embargo, transcribir un acontecimiento siempre con las mismas palabras. Antes bien, exige la capacidad de expresar la historia narrandola dentro de la propia experiencia y fe. Por esto, el evangelizador halla, en su experiencia apasionada, las palabras y los contenidos para restituir validez y contemporaneidad a la narración. Su experiencia forma parte de la historia que cuenta: no puede hablar correctamente de la vida y de su Señor sin decirlo todo con las palabras, pobres y concretas, de su propia vida.

También esta última exigencia reconstruye un fragmento de la verdad de la historia narrada, sustrayéndola del silencio frío de los principios y sumergiéndola en la cálida pasión de la salvación.

Precisamente por tratarse de la salvación, también los destinatarios se convierten en protagonistas de la misma narración. Su existencia se transforma en palabra que constituye el tercero de los guiones con los que se teje una única historia.

Por fuerza de la implicación personal, el evangelizador no hace propuestas resignadas: quien narra para la vida, hace una elección de vida. Por esto, la indiferencia atormenta siempre al educador religiosos; él trata de anticipar a escala pequeña, las cosas maravillosas que narra, para así interrogar más radicalmente e implicar más intensamente.

4.3. La acogida

El evangelizador proclama palabras de esperanza. Pero no puede reducir su servicio a la vida y a la esperanza, en el nombre del Señor, a la búsqueda de simples palabras brillantes y persuasivas; son fáciles y, por desgracia, en una época como la nuestra, están amenazadas por el peligro de no resultar significativas. Nos dejan hablar, pero aunque lo hagamos con fogosidad, sólo resultan palabras que terminan por no contar frente a las cosas que verdaderamente cuenta, aquellas que cada uno decide personalmente.

La Evangelii nuntiandi recomendaba un anuncio Aclaro e inequívoco del Señor Jesús@, puesto que sin ello Ahasta el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente2 (cf. EN 22). Todo esto sigue conservando, también hoy, la misma urgencia. No obstante, estoy convencido de que el problema está en la cualidad del testimonio. Dicha cualidad interpreta la palabra pronunciada y, a la par, es interpretable por la palabra sólo si sabe ofrecerse como una especie de bocanada de aire fresco, capaz de provocar, de quebrar nuestras lógicas tranquilas y resignadas.

En la actual situación cultural, religiosa y social, este hecho provocador es la acogida incondicional.

4.3.1. El estilo de Jesús

Muchos modelos educativos arrancan con una exigencia de acogida. Esta orientación está frecuentemente basada en presupuestos un tanto agnósticos, en lo que se refiere a los valores o al análisis de la relación educativa, organizada casi exclusivamente en términos de distribución controlada de poderes. Dentro de mi perspectiva, en cambio, la invitación a la acogida nace de una concreta motivación teológica y se expresa en un explícito apremio a la transformación y al cambio.

Me agrada pensar en una página del Evangelio que nos devuelve a la dinámica de la vida y de la muerte.

AJesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudió allí; El se sentó y se puso a enseñarles. Entonces, los letrado y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en medio y le preguntaron: AMaestro, a esta mujer la han sorprendido en flagrante adulterio; la ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, )qué dieces?@. Le preguntaban esto con mala idea, para tener de qué acusarlo. Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en el suelo. Como insistían en la pregunta, se incorporo y les dijo: AAquel de vosotros que no tenga pecado, que le tire la primera piedra@. Volvió a inclinarse y siguió escribiendo en la tierra. Al oír aquello fueron marchando uno a uno, empezando por los más viejos. Jesús se quedó solo con la mujer, que seguía allí delante. Se incorporó y le preguntó: A)Dónde están los otros? )Ninguno te ha condenado?@. Contestó ella: ANinguno, Señor@. Jesús le dijo: ATampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar@. (Jn. 8, 1-11).

Aquella pobre mujer cogida en flagrante adulterio estaba muerta antes de ser matada físicamente a pedradas. Estaba muerta, a pesar de las apariencias, porque arrastraba una vida mortecina. Y estaba muerta porque había sido condenada sin piedad or la ley; tirada como un saco de patatas a los pies de Jesús, para recibir también de su parte el sello de una sentencia ya pronunciada.

Y también estaban muertos sus acusadores: atados a la rígida observancia de la ley, querían la destrucción física de la pecadora para sentirse vivos en cuanto observantes de las prescripciones.

Jesús impugna la posibilidad de volver las cosas a su sitio a través de un uso legalista de la ley. No oculta el grave pecado de la mujer ni lo cubre con un velo de falsa resignación. Este modo de proceder está todavía en el lado de la muerte.

El devuelve la dignidad, pone en pie y con la cabeza bien alta, a la mujer pecadora a través de un gesto de amor que transforma. En eta situación nueva nace la invitación a no volver a pecar. Quien está vivo se debe comprometer a mantenerse como ser viviente. También devuelve la vida a los acusadores, liberándolos del uso despiadado de la ley. Esta es la acogida.

4.3.2. Reconocer la dignidad, restituyéndola

El evangelizador no proporciona dignidad a la experiencia de los jóvenes por asegurarse su simpatía y condescendencia. Reconoce una dignidad previa, fundada en el amor de dios manifestado en Cristo Jesús, que esta manifestado en Cristo Jesús, que está amenazad precisamente por una lógica moralista o discriminatoria. El evangelizador la reconoce, en fe y esperanza, y la testimonia con el estilo pastoral que elige.

La acogida no es una operación de renuncia, puesto que el reconocimiento y la aceptación incondicionada no tienen nada que ver con la resignación o con formas de libertinaje cultural.

Quien ha recuperado la dignidad perdida es estimulado a vivir en la novedad experimentada. Tal novedad de vida es el sueño y la meta de la relación educativa y pastoral. El evangelizador apuesta por ella, por la posibilidad de alcanzarla y consolidarla, sobre todo, a través de una presencia capaz de testimoniar, en cada caso, una radical confianza en la dignidad personal.

La acogida incondicional es expresión de la fe del educador religioso; acogiendo, traduce en la praxis educativa la confianza que Dios expresa hacia el hombre en el acto de la creación y el reconocimiento de su potencia salvadora, que en Jesucristo reconstruye todo cuanto el pecado ha destruido. La presencia que se hace acogida, pues, recuerda la prioridad del juicio de fe sobre cualquier juicio ético, la prioridad del don de Dios que hace nuevas las personas, por encima de la frágil e incompleta respuesta del hombre.

Por todo esto, la presencia del evangelizador es un gesto de amor, enraizado en una experiencia más grande, que envuelve y fundamenta cuanto aparece en el acto pastoral. También cuando le cuesta fiarse de los jóvenes, el educador se entrega con una acogida incondicionada, en el nombre de Dios. Y así va a la raíz, hacia una experiencia de verdad más grande que aquélla que somos capaces de poseer con nuestros instrumentos de análisis.

5 A modo de conclusión

No pretendía aventurar previsiones de futuro. Tenemos demasiados problemas en el presente como para relanzarnos más allá. Tampoco quería sugerir un proyecto global de pastoral juvenil. Lo he hecho en otros contextos y existen numerosas publicaciones serias que lo intentas directamente.

Sólo he tratado de proponer mi sueño sobre la pastoral juvenil. Puede servir para hoy y, quizá, para un mañana no demasiado lejano.

Al igual que ocurre con todos los sueños, los elementos se confunden y las perspectivas se sobreponen; se entrecruzan indicaciones ya realizadas, otras de próxima constatación y puntos que distan mucho de ser realidad.

Esto es lo bonito de los sueños: nadie piensa de ellos que todo sea exacto, correcto o adecuado, pero se admiten sus elementos precisamente por..... (tratarse tan sólo de un sueño! Sin embargo, existe el afortunado riesgo de que, más tarde o más temprano, algunos rasgos presentes en el sueño se conviertan en realidad en la vida cotidiana.... si tenemos la valentía de desearlo intensamente y si nos lanzamos a la aventura soñada con una esperanza activa.

Por mal que nos vaya, los sueños siempre animan: sería verdaderamente triste que nos robaran hasta la posibilidad de soñar... o que, (ojalá no!, nos arrancaran los vivos colores que pueblan los sueños.

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1 Nota de la redacción: El texto que presentamos corresponde a una conferencia pronunciada por su autor en el Instituto Superior de Teología Adon Bosco@ de Madrid.