Técnicas catequéticas

El arte de contar cuentos (2)

Contar cuentos ante todo es un arte. Un arte no sólo innato sino un arte que se aprende. Normalmente por la prisa, -o por falta de dedicación- lo que hacemos es Aleer@ los cuentos. Y, al leerlos, los matamos. Y es una pena. Una gran pena ya que el cuento es un gran instrumento pedagógico que estamos estropeando por nuestra dejadez o desinterés. Veamos un resumen del comienzo de los cuentos de Las mil y una noches, que nos muestra est Aarte@ de contar cuentos. Es un buen modelo de cuenta cuentos:

AEl rey de Tartaria, Chahzenan, un día que no pudo ir de cacería por encontrarse indispuesto, fue cobijado en los aposentos del Sultán donde, con gran sorpresa y enfado, observó la infidelidad de sus mujeres. No contento con ver lo sucedido y pensando que no podía ser verdad, lo observó sucesivamente un día y otro hasta que se cercioró de la infidelidad y de la ofensa.

Después de esto, se reunió con su hermano y vio lo suficiente para juzgar que o era su hermano menos digno de lástima que él. Chahriar, su hermano, no había advertido esta situación, pero cuando se enteró montó en cólera, aunque no la mostró, sino que esperó a servirse en plato frío la venganza. Los dos hermanos se decían uno a otro:

)Qué te parece, hermano, de la aventura que acaba de sucedernos? Nada que nos haya ocurrido es comparable al engaño de las mujeres@.

Un día, al llegar a sus tierras a la vuelta de la cacería, pasó al aposento de la sultana y mandó atarla en su presencia. Después de un tortuoso castigo, persuadido de que no había mujer alguna recatada y queriendo precaverse las infidelidades de las mujeres que tomara en lo sucesivo, determinó tener una mujer cada noche y mandarla ahorcar al día siguiente. Una vez promulgada esta ley tan cruel, comenzó a observarla inmediatamente.

Entonces Chahriar dio orden a su gran visir para que le trajese la hija de uno de sus generales, y aquél obedeció al punto. Durmió con ella el sultán y, al devolverla al día siguiente para darle muerte, mandó al visir que le buscase otra para aquella noche.

La noticia de esta inhumanidad sin ejemplo causó miedo en la ciudad. Oíanse tan sólo alaridos y lamentos. Primero era un padre que se desesperaba de la pérdida de su hija, después tiernas madres temiendo para las suyas igual destino....

El gran visir, que nada podía hacer ante tan gran injusticia, tenía dos hijas. La mayor se llamaba Cheherazade, y la menor, Dinarzade.... Esta última carecía de hermosura, mientras que la otra abrigaba un espíritu y sabiduría superior y, además, estaba dotada de prodigiosa imaginación y se acordaba de cuanto había leído. Conocía los mejores versos de los más célebres poetas de su tiempo. Por otra parte, su hermosura y su virtud venían a coronar tan esclarecidas prendas.

Cheherazade pidió a su padre ir a casa del rey lo cual enojó al visir, pues tenía miedo de perder a su hija. Pero ella confiaba en su astucia y, al fin, lo consiguió. Pero, al ir a los aposentos del Rey, pidió que le acompañase su hermana para poderse despedir de ella.

Cheherazade pasó la noche en casa del visir. Una hora antes del amanecer le despertó su hermana y le pidió que le contase una historia, pero no pudo acabarla y la dejó a medias para el día siguiente.... Y así, noche tras noche, Dinarzade no dejaba de despertar a su hermana para que, contándole sus historias, pudiera mantener su vida. Y así noche tras noche, mil y una noches....

Vemos en el relato cómo a través del espacio creado por los cuentos se puede mantener la esperanza y la vida. Todo consiste en saber transmitir y en narrar adecuadamente. Con esta breve historia vemos la importancia que se trasluce de los cuentos y de saberlos cont ar. Por eso te ofrecemos ahora unas breves pautas sobre cómo contarlos. Estas pautas emanan de su pedagogía y desde su misma idiosincrasia.

)Cómo contar un cuento?

Un cuento, sobre todo el tradicional, es para ser contado. Y contado con gusto. Elena Forún, creadora de Celia, nos dice:

ALa mayor parte de los cuentos, probablemente los mejores, son valores heredados de ancestrales abuelos, y tenemos el deber de traspasarlos a las nuevas generaciones oralmente, como fueron creados.

Y no sólo por un escrupuloso sentimentalismo sino porque la palabra es insustituible siempre, y más que nunca en la niñez. El cuento leído no tendrá sugestión, el encanto original, la frescura que la narradora pueda darle ayudada or el tono de voz, el gesto, la mirada y vibrante emoción del pensamiento.@

Para poder contar el cuento tenemos que comenzar haciendo un cuadro gráfico. El narrador será su interprete principal, sabiendo que su estructura es tan simple como:

* una presentación: personajes, situaciones, podríamos decir que es el marco ambiental

* un nudo: en el cual se plantea el problema. Pero no es un planteamiento teórico, es un problema de a vida, de conflictos ordinarios, aunque a veces narrados de una forma rocambolesca.

* y un desenlace: con la resolución -y a veces reflexión- del problema. En el cuento infantil, a diferencia de el cuento para adultos siempre hay una solución al conflicto. Esta es una de las grandes diferencias entre el cuento infantil y el de adultos.

Al realizar y presentar la estructura puede ser que nos veamos obligados a adaptar o reelaborar el cuento. En ello procuraremos eliminar todo lo innecesario si es demasiado corto o añadiendo puntos de interés en caso de que sea excesivamente corto. Esto supone haber asimilado el relato, debe haber vibrado con el antes de narrarlo. Sólo así podrá transmitir su esencia, su sabor, su punto de vista característico, su punto cómico o patético. A esto se le suma un gran entusiasmo, intentando crear un espacio empático entre quien cuenta y quien escucha, para que se pueda vivir con la misma emoción e intensidad. En definitiva, debe Acreerse@ el cuento, creérselo como si fuese algo suyo, su historia.

Si queremos lograr esto es necesario saberse perfectamente el cuento o su estructura fundamental. Es más lo ideal es dominarlo y ser capaz de contarlo de modo propio, capaz de entender el sentido propio del cuento, pero no con gran calidad y cantidad de detalles, sino lo esencial, una estructura básica que sirva de eje y que después se rellene con la imaginación del narrador. Todo ello evitando una falsa vergüenza o miedo al ridículo a la hora de narrarlo.

La disposición del auditorio, y más si son niños/as, es imprescindible para la buena marcha. Se necesita un silencio inicial, al que acompañe un potencial inicio de captar la atención. Ello se logrará, en primer lugar, si todos ven al narrador. Nunca se debe romper el ritmo del cuento, aunque haya un pequeño alboroto. Buscar, con la narración, captar nuevamente la atención.

Y por último, después de creado todo el marco, tenemos que lanzarnos a contar el cuento. Aquí tienes unas pequeñas pautas:

* Sencillamente, como es un niño/a, sin afectación ni en el lenguaje ni en los gestos. Ser natural. Con un lenguaje claro y comprensible. Nunca hay que ponerse nervioso. Hablando siempre con calma. Vocalizando. Si no se puede escuchar, malamente se podrá entender.

* Ordenada y lógicamente: el cuento está hecho para interesar de modo progresivo. Quitar todo lo superfluo y lo que no viene Aa cuento@. Esto da seguridad y lógica. Lo hace más creíble. Y todo ello sin prisa, pero sin pausa.

* Dramáticamente: no con dramatismo, vivido dentro de él como si fuera tu misma historia, sin tener miedo a la expresión, personalizándolo. A su vez haciendo reír y dejando reír, si se diera el caso, sin prisas, al ritmo del público.

* Entusiasmados, convencidos pero sin romper una pequeña atmósfera de misterio y, a su vez, convencidos de que vamos a contar lo más interesante de nuestra vida.

* Oralmente: o con cualquier medio de expresión, como veremos más adelante. Pero (nunca, nunca... leído!

La manta de Iktomi

Ambientación: Colocaremos en la sala una manta grande en medio, bien visible y central para todos. Como si estuviésemos sentados en un gran consejo indio, nos sentamos todos alrededor de ella. Allí el catequista ambientará el cuento con música india, a través de dibujo, con unas flechas, etc.

Relato del cuento: siguiendo las sugerencias que hemos ido dando

Iktomi estaba sentado solo dentro de su tipi. Apenas el ancho de una mano separaba ya el sol del horizonte, en el oeste.

A(Esos malvados lobos grises! (Se han comido todos mis hermosos patos!@ -murmuró balanceándose hacia delante y hacia atrás. No podía dejar de recordar con rabia a aquellos lobos hambrientos. Finalmente cesó de tambalearse y se quedó quieto y rígido como una imagen de piedra.

A(Oh! (Iré a ver a Inyan, el gran Abuelo, y le rogaré que me dé comida!@ -exclamó. Al momento salió corriendo de tu tipi y, echándose la mata al hombro, se fue hasta una enorme roca situada en la ladera de una colina. Se acercó a la roca encorvado y con pasos rápidos, y se dejó caer ante Inyan extendiendo las manos.

A(Gran Abuelo! (Ten compasión! Estoy hambriento. Me muero de hambre. Dame comida. (Gran Abuelo, dame carne para comer!@ -gritó mientras acariciaba el rostro del gran dios de piedra.

El Gran Espíritu Todopoderoso, que hace los árboles y la hierba, puede oír la voz de quienes le ruegan de una forma u otra. La mayoría de los indios rogaban a Inyan, la gran Roca Dura. Inyan era el Gran Abuelo, pues llevaba sentado en la ladera de la colina durante muchas, muchas estaciones. Había visto más de un millar de veces cómo la pradera se cubría de un blanco manto de nieve y cómo lo cambiaba luego por otro de color verde brillante.

Impasible a las miles de lunas, descansaba sobre la ancestral colina escuchando las oraciones de los guerreros indios, desde antes incluso que fuese hallada la Flecha Mágica. Ahora Iktomi rezaba y lloraba ante el Gran Abuelo bajo un cielo teñido de rojo, al Oeste, como un rostro encendido. El ocaso arrojaba una suave luz amarilla sobre la enorme roca gris y la solitaria figura inclinada sobre ella. Era la sonrisa que el Gran Espíritu dedicaba al Abuelo y al niño desobediente.

La oración fue escuchada. Iktomi lo supo. AAhora, Abuelo, acepta mi ofrenda; esto es todo lo que tengo! -dijo Iktomi, extendiendo su gastada manta sobre los fríos hombros de Inyan. Después, feliz con la sonrisa del cielo del ocaso, siguió una senda que le condujo hasta un barranco cubierto de matorrales. Apenas se había adentrado unos pasos entre los arbustos, cuando apareció ante sus ojos un ciervo recién muerto.

A(Esta es la respuesta del Cielo Rojo del Oeste a mi súplica!@ -exclamó con las manos alzadas.

Sacó de su cinto un largo y fino cuchillo y comenzó a cortar grandes pedazos de la mejor carne del animal. Afiló luego varias ramas de sauce y las clavó en torno a una pila de madera que había preparado para hacer fuego, con la intención de asar en ellas la carne del ciervo.

Frotaba con energía dos largas varas para encender el fuego, cuando el sol cayó bajo el horizonte. El crepúsculo lo inundó todo, e Iktomi sintió el frío aire de la noche en su cuello y hombros desnudos. Se estremeció, mientras limpiaba su cuchillo en la hierba. Lo guardó en una hermosa funda que colgaba en su cinto, se puso en pie y miró a su alrededor. Volvió a temblar A(Ough! (Ah, tengo frío! (Ojalá tuviese mi manta!@ -murmuró, rondando sin parar en torno a la pila de palos secos y estacas clavadas a su alrededor. De pronto se detuvo y dejó caer los brazos.

AEl viejo Gran Abuelo no siente el frío como yo. No necesita mi vieja manta tanto como yo. (Ojalá no se la hubiese dado! (Oh! (Me parece que voy a ir ahí corriendo y la voy a recuperar!@ -dijo, apuntando con su larga barbilla hacia la enorme piedra gris.

Bajo el calor del sol Iktomi no necesitaba su manta, y había resultado muy fácil desprenderse de algo que no echaría entonces de menos. Pero el frío aire de la noche apagó el ímpetu de su ardiente ofrenda, así que Iktomi subió corriendo por la colina. Los dientes le castañeaban sin parar, hasta que por fin llegó donde estaba Inyan, el Símbolo Sagrado. Agarró una esquina de la vieja manta y la arrancó de un tirón.

A(Devuélveme mi manta, Gran Abuelo! (Tú no la necesitas. Yo si!@

Esto hizo Iktomi, aunque estaba muy mal hecho. Pero Iktomi no se distinguía precisamente por su sabiduría. Se envolvió con la manta los hombros y descendió la colina a toda prisa.

Pronto llegó al borde del barranco. Una luna joven como un arco brillante asomaba apenas por el cielo del suroeste. Bajo una pálida luz, Iktomi se quedó quieto, paralizado como un fantasma entre los matorrales: la pila de leña seguía sin encender, y las estacas afiladas seguían desnudas como cuando las dejó. Pero )dónde estaba el ciervo, la carne deliciosa que había tenido en sus manos hacía sólo un momento? Había desaparecido. Sólo quedaban en el suelo las costillas secas, como dedos gigantescos saliendo de una tumba abierta. Iktomi estaba anonadado. Por fin se inclinó sobre los blancos huesos secos, agarró uno y lo sacudió, y todo el esqueleto se agitó ruidosamente.

Iktomi soltó el hueso y saltó hacia atrás asustado. Y, aunque llevaba la manta sobre los hombros, los dientes le castañeaban más que nunca.

Y ahora, pequeño lector, te sorprenderás ante su poso seso, pues Iktomi, en lugar de lamentarse por haber cogido la manta, se puso a gritar, A(Hin-hin-hin! (Si me hubiera comido el venado antes de ir a por mi manta!@

Pero en esta ocasión sus lágrimas no conmovieron ya al generoso Dador. Eran lágrimas egoístas, y el Gran Espíritu jamás hace caso de ellas.

Para trabajar el cuento:

1. Preguntas para su análisis

* Reconstruimos nuevamente el cuento y le contamos entre todos.

* Destacamos lo que más nos ha llamado la atención.

* )Cómo es la actitud de Iktomi: para pedir, para compartir?

* )Cuál es la actitud del Abuelo?

* Expón sentimientos que percibas en Iktomi y en el Abuelo en cada una de las situaciones.

*.....

2. Par a profundización:

* )En qué se parece a nuestras actitudes Asolidarias@?

* )En qué ocasiones actuamos como Iktomi?

* )Cuáles son nuestras Amantas@?

* Jesús )qué nos diría?....

* ....

3. Para la expresión:

Escribe una carta a Iktomi para animarle a compartir.

Propónganse, como grupo, compartir algo, no de lo que les sobra o de lo que no quieren, sino de aquello que a ustedes, como a quien se lo van a destinar, pudiera hacerles falta.

José Antonio Maeso González

Aranda de Duero (Burgos)