La transmisión de la fe: hoy
por Juan Luis Martin Barrios
* Vicario Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la diócesis de Zamora (España)
Fuente: revista Catequética, septiembre-octubre 2004.

 

1. DE LO HEREDADO A LA PROPUESTA

El trasfondo del panorama espiritual en España en general, tan rico en muchos aspectos humanos, podemos calificarlo hoy como de «humanismo inmanentista». Tal humanismo envuelve e impregna casi todos los aspectos importantes de la vida de nuestros conciudadanos, dificultando gravemente el despliegue y la misma emergencia de la fe. Detengámonos por un momento en una de sus consecuencias más preocupantes para la fe de nuestros hermanos.

Creyentes y no creyentes vivimos en una sociedad que, para bien y para mal, cuenta con resortes muy poderosos para modelar y configurar nuestra mentalidad y sensibilidad. El impacto sostenido de una sociedad tan poderosa está debilitando algunos de los órganos vitales de la misma Iglesia encargados de suscitar la fe, provocar la conversión y consolidar la vida cristiana personal y comunitaria. La correlación de fuerzas normativas que desde la sociedad y desde su comunidad creyente inciden sobre la fe de los cristianos es muy desigualmente favorable a la sociedad. Los procesos habituales y generalizados de iniciación a la fe, no tienen ni la densidad, ni la calidad, ni la duración requerida para contrabalancear este influjo tan desigual. Constituyen un alimento espiritual «light», bajo en calorías, para creyentes que han de vivir su fe, no en la bahía protegida, sino a la intemperie, donde rompe el viento. No es extraño, por tanto, que la fe de muchos cristianos se resienta hoy en su identidad, en su integridad, en su entusiasmo vital, en su coraje moral, en su capacidad transmisora. Ni resulta sorprendente que la pregunta crucial de los pastores y sus colaboradores sea la siguiente.

1.1 ¿Cómo se hace hoy un cristiano?

En efecto, ésta nos parece una pregunta capital para la comunidad cristiana y sus pastores. Hemos de reconocer que para la Iglesia, en el contexto europeo, la respuesta no es en absoluto diáfana ni evidente. Desde los años 60 la acción pastoral de la Iglesia está encontrando dificultades crecientes para engendrar y tallar en la fe a las nuevas generaciones. El ambiente familiar resulta tibio o, al menos, insuficiente. La enseñanza religiosa apenas logra que la fe de sus alumnos mantenga el tipo ante las diversas concepciones de la vida vigentes en la sociedad. La catequesis infantil y juvenil son en muchas ocasiones algo semejante a una débil corriente de aire fresco en medio de la canícula. La iniciación a la fe que reciben hoy muchos bautizados desde la cuna resulta un proceso discontinuo, incompleto, «bajo en calorías» para asegurarles consistencia y coherencia cristiana. Por ello la fe de muchos naufraga o queda reducida a un residuo mortecino cuando nuestros jóvenes entran de lleno en la universidad, en el trabajo, en la relación amorosa, en la vida secular.

La Iglesia tuvo durante siglos de paganismo ambiental un proceso de iniciación sólido, bien trabado, completo, que asumía a los candidatos a las puertas de la fe, los acompañaba a lo largo de varias etapas y los con ducía a una fe adulta.

La iniciación ofrecía eficazmente a las nuevas levas de cristianos una adhesión firme a jesucristo, una vinculación estable a la Iglesia, una vertebración de los contenidos doctrinales del mensaje cristiano, un programa de conducta moral, una dirección para el compromiso cristiano y una experiencia de oración individual y litúrgica.

Es cierto que la diferencia entre aquellos siglos y éste es abismal. Aquél era un mundo pagano, pero religioso. La planta de la fe prendía en la tierra de una rica religiosidad. Hoy esta tierra parece haber quedado desprovista de muchas de sus sales nutritivas. La atmósfera que rodea a nuestras generaciones juveniles es muy propicia para engendrar una tupida indiferencia religiosa. Sólo una iniciación cristiana de muchos quilates puede asegurar, bajo la continua acción de la gracia, la emergencia de cristianos del siglo XXI. ¿Cuántos están dispuestos a este exigente recorrido?

Sean muchos o pocos estos candidatos, la Iglesia tiene ante sí la ingente tarea de reelaborar el proceso de la iniciación cristiana. El Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos (RI.C.A.) es ya un paso de gran envergadura. En él se recogen algunas líneas básicas del catecumenado de los tiempos clásicos, con la acertada intuición de que tales líneas son transculturales y, por tanto, aptas para estructurar, conla debida actualización, el nuevo itinerario hacia una fe adulta.

Esta gran tarea, que fortalece los cimientos mismos de la vida cristiana, corresponde de manera eminente a las parroquias, cuya misión consiste en ofrecer a los bautizados aquella formación básica requerida para que puedan recibir del Espíritu los carismas que enriquecen a la Iglesia y sirven a la sociedad. Las diócesis no pueden declinarla ni total ni principalmente en otras instituciones educativas ni en grupos o movimientos, aunque deben recabar su colaboración y aprovechar su rica experiencia gestante y alumbradora de cristianos para elaborar itinerarios catequéticos básicos de cuño diocesano. Tampoco deben las diócesis confiarla simplemente a la inquietud y sensibilidad catequizadora de los presbíteros y laicos de las parroquias, sino preparar e iniciar a éstos para que asimilen las claves axiológicas y pedagógicas del proceso y se atrevan a convocar y a acompañar a grupos con esta finalidad. Son necesarias unas iniciativas de más largo aliento y una opción pastoral más firmemente sostenida.

En el fondo ¿qué es iniciar? Consiste en ayudar a una persona a prestar atención, a tomar conciencia y a abrirse a una Presencia -Dios- que hasta ese momento había permanecido ignorada en su interior. Estaba dentro, pero no había sido percibida (cfr San Agustín). N o se trata, pues, de una donación a otro de una gracia o una fe que le fueran ajenas y que él podría reducirse a recibir como algo aportado por el agente de la transmisión. De la misma manera que las más nobles comprensiones de la pedagogía la entienden como un proceso por el que el educador hace que aDore en el educando lo mejor de sí mismo, transmitir la fe es fundamentalmente edu car a la persona en la experiencia de Dios, presente en su interior, provocando en ella la adhesión de la fe y la experiencia de esa adhesión.

1.2 Experiencias fundantes y modelos de diálogo.

Desde nuestro humilde punto de vista diremos que los procesos hoy existentes en las diversas diócesis españolas, como el «proceso continuo de catequización», de la Iglesia en Castilla, son válidos en lo fundamental y de obligada referencia. Sin embargo, no podemos ocultar que se está moviendo mucho y rápidamente el suelo de los destinatarios del mensaje cristiano. Nos parece que tenemos que cuidar exquisitamente dos aspectos en la educación cristiana: lo que es la iniciación de la fe, pues en lo referente al mismo despertar religioso enseñamos más que educamos, y el talante del educador, que debe ser buen maestro pero mejor testigo.

Podríamos decir del educador cristiano, y por extensión del agente de pastoral, lo que K. Rahner pone en boca de san Ignacio refiriéndose al director de Ejercicios: «únicamente y con toda circunspección se limita a ofrecer (si puede) una pequeña ayuda, con objeto de que Dios y el hombre puedan realmente encontrarse de un modo directo».

Evidentemente la experiencia de Dios no es algo anormal. Es simplemente una experiencia humana interpretada religiosamente; y como cristianos, explicada con las claves de interpretación que nos facilita la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Pero esto requiere un aprendizaje. «En la esfera de los problemas, uno tiene que ser enseñado, pero en la esfera del misterio, uno tiene que ser iniciado» (J. Guitton). De ahí la importancia de una catequesis mistagógica (mystagogikós: concerniente a la iniciación en los misterios). Aquí recordamos las famosas catequesis mistagógicas de los Santos Padres: san Cirilo de Jerusalén, san Agustín, san Ambrosio, etc. que pretendían explicar a los nuevos cristianos, con un tono familiar, los ritos sacramentales y el misterio espiritual que se hacía presente en ellos.

Quisiéramos utilizar la expresión «catequesis mistagógica» en un sentido más amplio, porque Dios no está sólo presente en los sacramentos, sino en la vida entera; es verdad que éstos son signos visibles de una realidad invisible, Dios. Son expresión de su Presencia, pero es necesario que la catequesis ayude a descubrir y a saborear esa Presencia en la vida entera.

Aquí nos jugamos mucho. En opinión de A. Vergote, la falta de experiencia religiosa es, para muchos de nuestros contemporáneos, la principal dificultad para creer. Esto es tanto como decir que los nuevos «preámbulos de la fe», a diferencia de lo que pensaba aquella apologética del s. XIX, son más bien de naturaleza experiencia!. Y uno de esos preámbulos puede ser la «belleza» del cristianismo. Muchos no la ven por ningún lado (vgr. F. Nietzsche, en su obra el Anticristo o M. Gandhi en su viaje por Europa y la vida de los cristianos).

En la educación de la fe se debe revisar cuidadosamente la imagen de Dios y del cristianismo para que lejos de parecer un «crimen contra la vida» parezca como una «belleza seductora». La fe, más que un conjunto de normas, debe ser una belleza seductora. Desde aquí nos acercamos a los diferentes modelos de experiencias que pueden llevar al educando a un encuentro con la fe como adhesión personal al Dios de Jesucristo.

Ante nosotros se abren como tres grandes formas de experiencias fundantes:

a) La experiencia hunana y la apertura hacia el Evangelio: Entendemos aquí la dimensión de la experiencia en la que se focaliza el problema del sentido de la vida, en donde el hombre se encuentra confrontado con el problema del origen y el destino último, y en donde generalmente él se descubre criatura, fundamentado en el gran Misterio que está en el origen y al final del hombre. En una palabra, el nivel de la experiencia en la que el hombre descubre huellas e indicaciones que invitan a interpretar el Misterio que está como fundamento del mundo y del hombre en la dirección del Dios bíblico.

b) La experiencia de los hombres bíblicos: Quien quiera hablar de la dimensión experiencial en la educación de la fe no puede ignorar que la más grande y más importante experiencia en el ámbito cristiano es la experiencia de los hombres bíblicos y cristianos: la gran tradición viviente de la que Dios se ha servido para manifestar gradualmente la salvación en el AT que culmina en la experiencia de jesús de Nazaret y en la de los apóstoles y de los demás testigos de la primitiva iglesia, continuada y explicitada en la tradición viviente de la cristiandad. Esta experiencia está centrada en la búsqueda y en el encuentro con la salvación que viene de Dios.

c) La experiencia de la vivencia cristiana: Es fácil observar cómo en todos los tiempos de la Iglesia esta forma de educación en la fe, enraizada en el cristianismo vivido en el ámbito familiar, en los grupos, en el pueblo o barrio, en la comunidad cristiana... ha sido una forma fundamental de transmisión de la fe. Ha sido de tal forma determinante que, incluso en tiempos de escasa formación cristiana en las parroquias, o de ignorancia religiosa en las gentes, o ante métodos catequísticos deficientes, la fe cristiana pudo echar raíces en las nuevas generaciones de cristianos.

Al hablar aquí de vivencia cristiana entendemos toda una gama de experiencias que se refieren al testimonio y la práctica de la fe cristiana en la vida diaria.

Sobre la base de estas tres formas de experiencias fundantes, señalamos, a modo de método, como seis modelos para dialogar con la experiencia en orden a la educación cristiana:

. El método de la "revisión de vida": Su objetivo es descubrir la íntima unidad entre fe y vida siguiendo el clásico esquema de ver-juzgar-actuar. Este método comprende un doble movimiento: es necesario leer las cosas y realidades a la luz del Evangelio; y es necesario estudiar más a fondo el Evangelio para poder descubrir la acción salvífica de Dios que está ya obrando en las circunstancias concretas de la vida.

. La línea hermenéutica: Su objetivo es interpretar el significado de la Biblia no sólo con referencia a las fuentes literarias, sino también con referencia a la realidad de los sujetos y a la realidad del mundo actual, es decir, se trata de ayudar a descubrir en la existencia humana la acción salvífica de Dios, hoy. Un ejemplo de este método es el seguido por el Catecismo Holandés.

. La educación cristiana en situación de emergencia pedagógica: Hay un momento en la historia de la catequesis en que la problemática humana salta a un primer plano por motivos pedagógicos para hacer frente a una situación insostenible de miseria y de emergencia en la educación cristiana, tanto en su nivel de enseñanza escolar como en el propiamente catequético. Se busca una motivación pedagógica humanizan te para despertar el interés educativo de la fe. Se recurre a guiones didácticos que parten de la actualidad, por ejemplo, el Concilio, la liturgia, el trabajo, los desastres naturales, las películas, las noticias del periódico; o de aquellos aspectos fundamentales de la propia existencia humana y más relacionados con el edad, por ejemplo, el cuerpo, la sexualidad, la familia, los estudios, etc.

. Modelos de convergencia y de correlación entre revelación cristiana y experiencia humana: Se trata de modelos que, siendo sensibles a la autonomía de la experiencia humana y del mensaje evangélico, no se contentan con una yuxtaposición de los dos polos, sino que, por un lado, buscan impulsar lo más posible la experiencia humana en su apertura hacia el Evangelio y, por otro, presentar el mensaje evangélico orientado lo más posible hacia la realidad del hombre (convergencia). Podemos decir, además, que los dos polos, la experiencia humana y el Evangelio, se encuentran en un profundo y constructivo diálogo entre ellos. Se retan y se enriquecen mutuamente en una relación recíproca. Dialéctica y crítica (correlación). Este método se ha trabajado mucho y bien el Centro Lumen Vitae de Bruxelas.

. La educación de la dimensión religiosa o catequesis existencial: Se trata de auscultar la dimensión religiosa de la realidad y/o de provocar los interrogantes existenciales como lugar concreto en el que la dimensión religiosa se hace visible. En la base de este método está el concepto de religión de P. Tillich para el que la raíz antropológica de lo religioso sería la apasionada búsqueda del sentido de la vida. Ahondando en la dimensión religiosa de la realidad, se busca ayudar al hombre a confrontarse responsablemente con la propia existencia, en donde brotará la búsqueda de Dios. Para ello se sirve de las narraciones bíblicas.

. Educación desde la perspectiva de emancipación y liberación: El acoplamiento de estos dos aspectos se basa en el hecho de que la experiencia, como mediación principal, es la realidad social y política. En este método, la experiencia de emancipación y de liberación se considera clave para la comprensión de la revelación bíblica e itinerario en el cual se aprende existencialmente la fe cristiana. Los términos de justicia y libertad son puntales en el anuncio del Reino de Dios. Este método está en la base de los procesos educativos de la Teología de la Liberación y de las Comunidades Eclesiales les de Base.

2. PARADIGMA PARA LA EDUCACIÓN DE LA FE, HOY.

La reflexión catequética, la experiencia pastoral y la intuición de los más lúcidos observadores del problema permiten adivinar algunos rasgos determinantes del rostro, todavía impreciso, de la catequesis del futuro. Aunque los habremos pensado y reflexionado alguna vez, los recogemos sintéticamente en torno a algunas categorías que parecen ser fundamento de la renovación: personalización, iniciación, significatividad, inculturación, comunicación, comunidad.

2.1 Personalización:

La asunción y el crecimiento en la fe. Deberáestar dominado, en su componente humano, no ya por tradiciones heredadas o por realidades compartidas como ya decíamos antes, sino por una opción personal en la libertad y hacia la madurez. Todo esto supone una perspectiva catequética claramente evangelizadora, al servicio de una opción libre, y educativa, en función de un comportamiento de fe maduro y adulto.

2.2 Iniciación:

Como recalca con fuerza el Directorio (DCG 63-67) e indicábamos más arriba, la catequesis hoy debe ser primordialmente catequesis de inicia ción, inserta por tanto en un proceso de aprendizaje de la vida cristiana y de profundización de la opción de fe. Dentro de esta instancia emerge la urgencia de la primera evangelización y la importancia al menos de una doble opción preferencial: por el catecumenado (entendido en su acepción primaria de camino hacia el bautismo), y por los adultos, que deben ser los primeros protagonistas en el ámbito de la catequesis. Son exigencias que hacen vislumbrar las radicales transformaciones a las que es llamada hoy la catequesis, si quiere responder a los desafio s de un mundo profundamente cambiado.

2.3 Significatividad:

Más que la integridad y la exactitud de los conocimientos religiosos, será esencial garantizar la significatividad del mensaje catequético, que debe presentarse a cada uno como respuesta y fuente de sentido frente a las propias aspiraciones e interrogantes vitales. Se desea por ello una catequesis hermenéutica, iluminación de la existencia como comunicación y profundización de auténticas experiencias de fe.

2.4 Inculturación:

Es una palabra de orden ya repetida hasta el cansancio, porque salta a la vista la urgencia de nuevas encarnaciones del cristianismo en el contexto concreto de los pueblos y de las regiones del mundo. Se pide insistentemente superar la trágica distancia existente hoy entre fe y cultura (EN 20) sobre todo frente a tres exigencias diversas de la realidad cultural hodierna: la pluralidad de las culturas (superación del etnocentrismo europeo), los valores de la modernidad (y post-modernidad), y el incremento de la cultura mediática, verdadera revolución cultural de relieve mundial. En nuestro propio contexto se nos pide elaborar materiales catequéticos para el mundo rural y mundo urbano.

2.5 Comunicación:

La catequesis se configura hoy en forma preponderante como comunicación de la fe, como hecho esencialmente comunicativo. Siendo la comunicación, en todas sus formas, una de las realidades más determinantes y más estudiadas en la cultura moderna, es importante que la catequesis reflexione su identidad y su misión en este contexto y a la luz de sus principales exigencias. En campo catequético se subraya sobre todo la necesidad de respetar las reglas de la comunicación y la ética de la comunicación. Sigue en el centro de esta problemática el tema del lenguaje y de los lenguajes de la catequesis, un problema que afecta el corazón de la comunicación catequística y que está todavía muy lejos de ser resuelto. Y por otra parte se reaviva hoy la sensibilidad por la promoción de una pluralidad de lenguajes en la catequesis, superando la tradicional unilateralidad del lenguaje expositivo magistral y valorizando el recurso a los lenguajes no verbales: la imagen, el sonido, el rito, el símbolo, la expresión corporal, etc.

2.6 Comunidad:

En sus diversas manifestaciones (familia, grupo, asociación, comunidad de base, comunidad eclesial), la comunidad aparece hoy como el lugar por excelencia de la catequesis, donde es posible una auténtica experiencia de fraternidad vivida y de profundización de la fe. La preferencia apunta claramente a la familia, lo subrayamos a continuación, cuyas potencialidades catequísticas hay que descubrir y valorizar, y a la pequeña comunidad, nueva célula de iglesia (DCG 253-253).

Este elenco, necesariamente esquemático y necesitado de muchas precisiones, permite vislumbrar algunas líneas directrices del trabajo catequético que nos espera. Una buena dosis de fe, de valentía y de creatividad será necesaria a quienes quieren avanzar con esperanza hacia los nuevos horizontes de la educación religiosa.

3. IDONEIDAD DEL EDUCADOR DE LA FE

A continuación nos proponemos pergeñar la idoneidad del educador cristia

no como testigo, maestro y educador, en correlación con el ser, el saber y el saber hacer. Así pues:

3.1 Del educador en la fe es desear que sea un «experto en humanidad».

Esto quiere decir que sea una persona con la sensibilidad a flor de piel en todo aquello que afecte a la dignidad humana y a los valores fundamentales de la vida, dispuesto a enfrentarse a las contradicciones de una sociedad pluralista y conflictiva como la nuestra, que no se pone a la defensiva de posturas e ideologías distintas a la suya, sino que dialoga y procura mantener una actitud respetuosa, clara y coherente, aunque crítica, frente a ellas; el educador debe vivir profundamente enraizado en su ambiente, cercano y solidario con la gente concreta de su entorno, dispuesto a compartir los gozos y esperanzas, los éxitos y fracasos, las tristezas y las satisfacciones de cuantos viven cerca de él, mostrándose particularmente cercano de los pobres y necesitados de cualquier clase y condición. Ha de aparecer, en fin, como una persona madura, equilibrada, que se acepta así misma sin complejos, que reconoce sus limitaciones, pero que es consciente al mismo tiempo de sus cualidades yaptitudes, que confía en sus ideales y aspiraciones, capaz de dialogar y de escuchar, dispuesta a comunicarse con otros y establecer unas relaciones humanas positivas.

3.2 Del educador en la fe es de desear que sea un «experto en la fe de la Iglesia»

Que conozca suficientemente el mensaje cristiano que trata de anunciar; ha ser por ello, hombre de la «memoria», que recuerda y actualiza para los niños, adolescentes, jóvenes y adultos de hoy, la fe de la Iglesia; y en consecuencia ha de ser una persona de comunión con la Iglesia universal, católica, que es comunión de comunidades unidas entre sí por el lazo de «un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios y Padre» (Ef 4,5-6). Llegar a ser expertos en la fe, no es un objetivo conseguido plenamente, pero hemos de procurar que lo vaya siendo. A ello se ordenan la numerosas iniciativas emprendidas en los últimas décadas tendentes a proporcionar a los que desean ser educadores en la fe una preparación adecuada, mediante centros especializados, itinerarios de formación, escuelas de catequistas, etc., establecidos unas veces desde las propias parroquias o zonas pastorales, otras a nivel diocesano o regional.

3.3 Del educador en la fe es de desear que se un «experto acompañante en el camino».

Como el peregrino de Emaús, que, a medida que avanza con el grupo, le ayuda a desentrañar el sentido evangélico de los acontecimientos extraordinarios o a hacer una lectura creyente de las realidades más comunes; es también una persona de la búsqueda compartida, en el sentido de una educación participativa, personalizada y creadora; y porque entiende la acción educativa como un espacio de libertad, no trata de imponer nada sino de proponer algo que forma parte de su propia vida y lo ofrece al otro por si quiere aceptarlo. Quien desea educar en la fe ha de cuidar que su estilo sea sencillo, cercano e integrado en el grupo, que no se limite solo a hablar o enseñar desde fuera, sino que participe desde dentro en el proceso de fe que se vive en el grupo. Así de próxima y cercana, así de entrañable, entendía Pablo esta labor: "para animaros mutuamente con la fe de unos y de otros, la vuestra y la mía" (Rom 1,12). El educador cristiano ha de cuidar ser en todo momento servidor del dinamismo de la fe y alentador de un proceso que se revela, de ordinario, lento, original y complejo. Deberá propiciar en el grupo un clima de fácil relación y de comunicación abierta y sincera, un clima de confianza, autenticidad y libertad que permita acoger la Palabra de Dios y la experiencia de otros creyentes de ayer y de hoy con profundo respeto, con actitud de escucha y de disponibilidad; y deberá favorecer, asimismo, una expresión de fe propia del grupo, que sea creativa, original, emitida en pluralidad de lenguajes (verbal, simbólico, corporal, etc), fiel a la tradición y fiel también a los signos de los tiempos. Un buen educador en la fe hará bien su papel si consigue que, al final del proceso, el grupo de educando s pueda decir: esto lo hicimos nosotros.

En este sentido queremos subrayar que el educador en la fe es un cristiano llamado por Dios para servir el Evangelio. Dicho servicio ha de ejercerlo conforme al modelo que le ofrece Jesús, Maestro. Movido por el Espíritu lleva a cabo su tarea con un espiritualidad peculiar: fe formada, esperanza alegre y amor paciente. Desde su vinculación a la Iglesia, la Traditio, realiza un acto eclesial que es al mismo tiempo un servicio a los hombres, lo que le hace estar constantemente abierto a sus gozos y preocupaciones (apertura al hombre y al mundo) .

Señalamos, en esquema, aquellas características que a modo de referencia han de servir para formar educadores cristianos:

. Dimensión humana:

. Dimensión cristiana:

Entre las muchas posibilidades y variadas dificultades para ser y vivir como educadores de la fe, pensamos que el testimonio, tanto a nivel espiritual como de formación, ha de estar basado en lo que es esencial en la vida de todo cristiano, y es que: el Padre, al proponerse liberar nuestra historia del pecado, germen de indignidad y muerte, elige en su Hijo, mediante el Espíritu Santo, a hombres y mujeres bautizados para seguir a Jesucristo, dentro de su Iglesia, y anuncien el evangelio en todos los rincones de la tierra.

Así pues, ser y vivir como cristiano-testigo-maestro-y educador significa:

. Creer contra toda experiencia negativa que la fuerza de Dios, su Espíritu Santo, sigue actuando en el mundo y en el corazón de cada persona. El educador de la fe, hoy, necesita estar lleno de esperanza en Dios mucho más que en la obra de sus manos. Sabe como creyente que Dios tiene más ganas de ser acogido que las que el propio educador desea.

. Aceptar la dificultad del tiempo presente con alegria. El educador, creyente en tiempos de indiferencia, de increencia y de cambio, sabe esperar pacientemente el fruto de la semilla sembrada en el corazón del niño-adolescentejoven-adulto. Sabe esperar mucho quien conÍIa mucho. El Dios del AT se nos revela no como un Dios de muertos sino de vivos, siendo su plena manifestación jesús resucitado, cuyo misterio pascual atraviesa nuestra existencia personal y comunitaria desde el Bautismo y que, hoy y aquí, por gracia, los educadores son enviados a comunicar. Como tales proclaman al Resucitado y siguen al Crucificado.

. Anunciar y educar comienza hoy por comprender y compadecer. La ley de la encarnación nos lleva a profundizar en que no es posible abrir el corazón del hombre mientras no comprendamos y compadezcamos lo que vive en su interior. Sin empatía, sin con-prender, sin compadecer con la persona humana no es pensable un entendimiento y una apertura a palabras nuevas. Todo puede parecer mentira, también la Palabra de Salvación, si no hay compresión incondicional del otro, escucha amorosa hasta padecer con él sus alegrías, sus angustias y sus esperanzas. No es el juicio lo que salva, sino la compresión-compasión. Un evangelio de Jesús cuyo mensaje no comience dando como salvación inicial la acogida, la comprensión-compasión, la cercanía y la aceptación del otro, difícilmente será un evangelio que pueda interesar a los hombres y mujeres, niños, jóvenes y adultos, de nuestro tiempo. La experiencia de sentirnos acogidos por Dios en la totalidad de nuestro ser es la mejor manera de acoger y preparar el camino para el anuncio del Reino: «Convertios y creed en el evangelio».

. Experimentar y presentar la imagen del Dios vivo a un mundo que parece vivir en la orfandad, desconociendo la presencia acariciante y paternal del Padre del Cielo; un Dios-Padre para un mundo que adora a sus «diosecillos», que él mismo engendra. Presentar la imagen de un Dios indomesticable e irreductible y, a la vez, un Dios de la amabilidad y de la ternura, un Dios que ha creado el mundo y lo quiere bello en sus niños, en sus adolescentes, jóvenes y adultos, en sus ciudades, en su naturaleza, sin contaminaciones no sólo materiales, sino de egoísmos y podredumbres. Conviene, a veces, revisar la imagen de Dios y del cristianismo, pues lejos de parecer un crimen contra la vida, que diría F. Nietzsche, parezca una belleza seductora.

. Tener experiencia personal de encuentro con Jesucristo y presentarlo a un mundo que parece inquieto, desasosegado y superficial. Presentar humildemente un Cristo:Jesús que ama el bullicio de las plazas y el silencio de la plegaria en la soledad buscada; un jesús que mira sin enojos, y también sin miedos, a los ojos de los jóvenes, al leproso, a la madre viuda, a los ciegos que no le ven y le intuyen, ese Jesús que mira siempre desde la serenidad y el cariño; un Cristo que vive libre ante presiones de unos y de otros, que invita a los suyos a hacerse todo para todos y a tener como predilectos a los más desheredados.

. Vivenciar y presentar el soplo del Espíritu a un mundo que parece haber desaprendido la canción del viento y de la brisa, y que hoy, como antaño, nos conduce al desierto exigiéndonos cada vez una atención mayor y más sutil a su Voz en medio de las voces. Presentar al Espíritu consolador y guía para los dolores y desconsuelos de nuestro mundo; inspirador de gestos de ternura y cercanía e impulsor de gestos de profética denuncia ante lo deshumanizador; capaz de acariciar a los heridos y criticar a los heridores. Para ello, son necesarios educadores que vivan a la escucha del Espíritu, orantes, unificadores y creadores de comunidad.

. Presentar la Iglesia en toda su hondura, donde se celebra la presencia del Resucitado en todas sus dimensiones: kerigma-liturgia-koinonia-diaconia. Vivir en su hondura la dimensión eclesial es sentirse miembro activo en una comunidad de hombres y mujeres que, en mutuo respeto, creen lo mismo, esperan lo mismo y viven el mismo amor. Es el espacio donde el Padre, en Jesucristo, por la fuerza de su Espíritu, se nos manifiesta; dentro de ella resuena, una y otra vez, la Voz que llama, que convoca, y la Presencia a la que se invoca. Para ello, son necesarios educadores que no sólo sientan con la Iglesia, sino que sientan la Iglesia y la amen desde el fondo del alma.

. Presentar la promesa de la esperanza, que tiene su núcleo en las Bienaventuranzas. Las dos cosas, promesa y esperanza, las necesita nuestro mundo hoy; unos valores distintos que humanicen al hombre, como los que Jesús ha proclamado en el Sermón de la Montaña; unos valores nuevos, plenificadores, alegrantes y enriquecedores como es la promesa de la esperanza, diferente y nueva, propia de quienes ansían «los nuevos cielos y una nueva tierra». Una esperanza que no se reduce a cosas sino que, en palabras de San Pablo, es «Cristo Jesús nuestra esperanza». Para ello, son necesarios educadores que vivan el espíritu de las Bienaventuranzas, diciendo al mundo que la promesa de la esperanza no está puesta en «algo» sino en «Alguien», a quien procuran escuchar como discípulos humilde y agradecidamente.

4. ALGUNOS CONSEJOS EN «VOZ BAJA».

El panorama de la educación y transmisión del mensaje cristiano interpela nuestra fe hoy, la sacude. Y al sacudirla, ha de extraer de ella, como el viento extrae el perfume de las flores, una serie de actitudes espirituales de las que vamos a enumerar tres que, con marca propia, son necesarios para un educador de la fe:

4.1 Una espiritualidad de la confianza, no del optimismo:

Surgen en nosotros preguntas candentes en estos tiempos un tanto difíciles y revueltos: ¿Hacia dónde va nuestro mundo? ¿No se está apagando la religión entre nuestras gentes? Nuestro testimonio personal en catequesis, liturgia, acción caritativa y social, nuestra vivencia comunitaria... ¿despierta la fe o simplemente la simpatía y el agradecimiento? ¿Quedará la Iglesia reducida a una comunidad residual? Éstaremos en una era postcristiana? ¿Qué será de nuestras diócesis dentro de 25-50 años?

Cuando los fenómenos sociales y eclesiales son difícilmente comprensibles y además sospechamos que las cosas van mal, primero nos quedamos perplejos y luego la perplejidad deja paso a la desconfianza: ¿Está dormido Dios? ¿La resurrección de Jesucristo no tiene ya fuerza transformadora? ¿Dónde está el Espíritu Santo? La tentación de la desconfianza es una auténtica prueba. Pero como las pruebas auténticas, está encaminada a fortalecer en nosotros las actitudes contrarias. En este caso, la confianza. Confianza que brota de la esperanza, no la que surge de un temperamento optimista o de un análisis eclesial y social risueño.

La confianza nos hace descubrir los signos de la presencia del Espíritu en nuestro entorno eclesial y cívico y en nosotros mismos. Nos comunica la persuasión de que ninguno de nuestros esfuerzos resultarán definitivamente estériles. Parafraseando a san Felipe Neri podemos decir que la confianza nos induce a ofrecer a Dios nuestro pasado para que lo purifique, nuestro presente para que lo rectifique y nuestro futuro para que lo santifique.

4.2 Una espiritualidad de la fidelidad, no del éxito:

Las personas buscamos de manera espontánea el éxito y la fecundidad en nuestro trabajo. Es bueno y saludable que nuestro trabajo sea fecundo. Pero no es lo más importante ni lo más frecuente en nuestro tiempo. La inapetencia religiosa de nuestra gente lo hace difícil. Si en tiempos no tan lejanos hemos podido comprobar que de las piedras salían hijos de Abraham, hoy podemos observar muchas veces que los hijos de Abraham se convierten en piedras.

Esta coyuntura es especialmente difícil por un lado y propicia por otro para identificarnos con Jesús, el Siervo de Yavé, es decir, en su condición sufriente y con el éxito sólo a largo plazo. Por la acción del Espíritu Santo, Jesús comprendió cada vez con mayor profundidad que el Padre le pedía fecundidad, no éxito inmediato.

Esta debe ser nuestra actitud en el tiempo presente. La fidelidad se aquilata cuando Dios se esconde. Entonces comprendemos que Dios está más allá de sus mediaciones de abundancia y de escasez, de panes o de piedras, de Tabor o de Calvario. Tenemos que llegar a comprender que Dios no está más lejos en tiempos de inclemencia. En palabras de M. Buber: "El éxito no es uno de los nombres de Dios".

4.3 Una espiritualidad del discenümiento, no del egocentrismo:

El Espíritu Santo tiene la misión de suscitar en nosotros la capacidad de discernir. Vivir según el Espíritu es elegir continuamente aquello que responde a la vocación recibida del Padre, al seguimiento fiel de su Hijo, a las orientaciones del Espíritu Santo. Pero esta orientación no es siempre sencilla. Generalmente en el mundo, en la Iglesia, en la diócesis, en la parroquia o sector pastoral, en nuestro propio interior, el bien y el mal están mezclados. La veta de la voluntad de Dios está mezclada con la ganga de nuestros propios deseos egocéntricos. Al querer seguir a jesús podemos a veces confundir lo que él nos enseña y lo que nosotros interpretamos o deseamos. ¿Quién puede ayudar a un educador de la fe a "examinarlo todo y quedarse con lo bueno?" (san Pablo). Jesús nos ha dado su Espíritu para que realicemos esta función.

Para realizarla evangélicamente hemos de mirar en primer lugar nuestro propio deseo, porque también en él se revela lo que Dios quiere de nosotros. Las reglas del discernimiento de San Ignacio en los Ejercicios Espirituales apuntan hacia ahí, aunque nos ponen en guardia contra las trampas de nuestros mismos deseos. Pero es necesario, en segundo lugar, buscar el parecer de personas espirituales, creyentes profundos, libres y sensatas. Espirituales para que por afinidad sepan descubrir las trazas del Espíritu Santo; libres para que nos digan no lo que queremos escuchar, sino lo que ellos vean; sensatas para que no confundan nuestros impulsos y los suyos con la llamada del Espíritu de Dios. Es necesario, en tercer lugar, pedir al Espíritu la pureza del corazón para que cuando él "pulse las cuerdas de nuestra lira" no salgan de nosotros sonidos extraños. Un buen educador en la fe ha de acostumbrarse a una sinfonía frecuente con Él a través de la plegaria cotidiana, sentida y consentida.