Jesús vive:
el deseo rehabilitadoXavier QUINZÁ LLEÓ, sj.
Profesor de Teología en la Universidad
Pontificia Comillas (Madrid)
revista Catequistas, No. 124, abril de 2000
Lo que pretende esta sección es que te preguntes por tu fe en Jesús, por tu deseo de Dios; no para que pienses en otro, sino para que pienses en ti. Puede ser una buena ocasión para descubrir de nuevo el significado de centrar nuestros deseos en Jesús y para animarnos o seguirle hasta el final. Exige un poco de paz y una lectura atenta.
LAS HUELLAS DEL DOLOR EN NUESTRA VIDA
A veces tenemos la tentación de idealizar las cosas. Y cuando nos ponemos optimistas parecemos ilusos. Cuando las cosas han cambiado para nosotros y pasamos de una situación difícil o espinosa a otra de satisfacción, parece que nos olvidamos de l que hemos sufrido. Vivimos la vida a golpes de viento, o de suerte, sin percatarnos de que lo cotidiano no es como un tablero en blanco y negro, un juego de azar, una parida de ajedrez en donde comemos o somos comidos sin remedio. Cuando nos olvidamos del bien recibido nos hacemos viejos ese mismo día. Y para no olvidar el bien debemos también recordar la cara oculta, el mal sufrido, que nos ha dejado marcas indelebles en nuestro corazón.
Esto viene a cuento porque cuando celebramos la Pascua de Jesús parecemos olvidarnos del trauma de la Cruz. Y entonces nuestra vida no se deja afectar de verdad por el Evangelio. Pasamos del Viernes Santo al domingo de Pascua sin caer en la cuenta de que la Resurrección, el gozo que compartimos por el triunfo de Jesús, es la cara oculta de la Cruz. O sea, lo que no se ve, lo que queda escondido en el corazón y hay que descubrir desde nuestra propia experiencia de muerte y de vida, de sufrimiento y de deseo. Una vez me dijeron que cada uno de nosotros resucita allí donde ha muerto, es decir, allí donde nuestros deseos no se cumplieron o donde hemos renunciado a nuestro gusto para hacer felices a los demás. Son las huellas del dolor las que se pueden iluminar en la presencia del Crucificado Vivo para siempre.
RECONOCER AL CRUCIFICADO VIVO EN NOSOTROS.
Esta palabra, reconocer, es muy importante en los evangelios que nos narran los días siguiente a la muerte de Jesús. Sus amigos, los que estaban bloqueados y perdidos, avergonzados y dispersos, cobardes como conejos asustados, hicieron la increíble experiencia de reconocer al Crucificado vivo. Le reconocieron, es decir, le conocieron a una luz diferente, con otros ojos, los del amor y el deseo rehabilitados.
No podía verle mientras iban encerrados en su propia insatisfacción, en su triste y resignada muerte del deseo, como los discípulos de Emaús. Nosotros esperábamos..., nos confiesan decepcionados. Pero, cuando el deseo les prendió de nuevo el fuego del corazón, comenzaron a sentir la cercanía y el gozo de su presencia de caminante. O como María, la prostituta a quien Jesús cambió la vida, que andaba buscando su cadáver junto al sepulcro y sólo pudo reconocerle cuando El la llamó por su nombre. O como Tomás, el incrédulo, que tuvo que meter el dedo en el agujero de los clavos y la mano en la herida del costado para rendirse ante el Señor y reconocerle.
Todos ellos tuvieron que encontrar y reconocer a Jesús a su modo. No de una manera exterior y colectiva, sino interior y muy personal. Jesús se hizo cercano a cada uno según sus propias heridas, su propio modo de vivir la frustración de sus deseos. El, que quiso conservar resucitado las marcas de la tortura, se hizo reconocer tocando la verdad del sufrimiento de caa cual, de su decepción, de sus esperanzas frustradas, de sus dolientes fracasos. No quiso deslumbrarnos con la manifestación de los signos de su vida nueva, sino que se acercó a la miseria de nuestro desengaño y nos dejó para siempre la huella de su paso, de su pasión de su vida.
JESUS VIVE EL DESEO REHABILITADO
Porque, en realidad, lo que pasó con Jesús es que mediante su entrega generosa, su no escaquearse del peligro, su afrontar la muerte con dignidad, pudo pasar al otro lado y regalarnos una segunda oportunidad. En El, los que habíamos puesto nuestro deseo en Dios y en el Reino hemos sido rehabilitados. Lo que parecía ser una pérdida irreparable ha resultado ser la ocasión definitiva para desear. Al tropezar con la muerte, el deseo ha salido victorioso, los límites se han roto y nos encontramos ante un horizonte nuevo para nuestra vida.
Si Jesús vive, aún nos queda un amino que recorrer, aún podemos seguir con El, y experimentar la fuerza de Dios que rehabilita nuestro desear y nos capacita para lo nuevo. Es el momento de iniciar el camino de vuelta, de abrir nuestra vida y recuperar un corazón ardiente, de ver de nuevo los signos de Dios que florecen en nuestra tierra. Nada ha sido en vano. Cada uno de nosotros estamos llamados a rehacer el camino en su compañía, a emprender una nueva lectura de lo que somos, a descubrir, a otra luz, el sentido oculto de lo que nos pasa. Nada va a ser como antes. Ahora podemos también nosotros dar el paso de la esclavitud de nuestros pequeños deseos egoístas a los deseos grandes de comunión y solidaridad, podemos atravesar el torrente del mal y del pecado porque se nos convoca a una vida del todo diferente.
Sólo tenemos que reconocer nuestro fracaso. El suelo movedizo de nuestras falsas seguridades, la posibilidad de saltar sobre nuestros propios límites, y de abrazarnos a lo gratuito de la rehabilitación de Dios. Jesús ha ganado para nosotros una gracia nueva, un don que se nos regala, no porque hayamos estado a la altura de las circunstancias, sino porque su amor es más fuerte que todo y se nos invita a recibir el regalo inmenso de su corazón entregado y compasivo. El Espíritu que salta de su Corazón herido como un surtidor de agua fresca, nos purifica y nos recrea.
RESUMEN
El crucificado está vivo y nosotros lo hemos experimentado. Ese es el grito de los amigos y amigas de Jesús la mañana de Pascua. Poco a poco, en los días que siguieron a su muerte, los discípulos fueron reconociendo al Maestro que se iba haciendo presente a sus pobres vida. Cada uno lo reconoció a su modo. Pero todos ellos se fueron convenciendo de que algo nuevo se inauguraba. Que podían mirar el camino de la cruz con unos ojos nuevos. Y que algo se iba rehaciendo en el interior de su corazón: el deseo, despierto de nuevo, se rehabilitaba para acoger una noticia que cambiaba su suerte. Dios mismo había despertado a Jesús de la muerte y les invitaba a ellos a dar el primer paso de una vida nueva. Lo cotidiano se llenaba de signos de vida: las vendas, la tumba bacía, las llagas abiertas se hacían capaces de un reconocimiento gozoso: Jesús ha triunfado sobre la muerte, el mal no ha podido con el amor y el deseo.
PARA TRABAJAR
1. Nuestros deseos, a veces, nos engañan. Las heridas del corazón son un buen lugar para reconocer la vida de Dios en nosotros. )Puedes recordar alguna situación de fracaso personal que te haya abierto a otras posibilidades, a nuevas cosas?
2. Relee el pasaje de los discípulos de Emaús. Lo encontrarás en el evangelio de Lucas, capítulo 24. )Cómo actúa Jesús con ellos? )Cuál era su decepción? )Por qué huían de Jerusalén? Aplícalo a tu vida.
3. La Pascua de Jesús despierta una llama en el corazón de sus amigos. Primero sienten que les cambia por dentro y luego lo reconocen. )Dónde le reconoces tú? )Cómo podemos ser sus testigos?
4. La rehabilitación del deseo es el regalo del Resucitado. )De verdad te parece que podemos desear un mundo nuevo? Comenta con tu grupo de amigos qué situaciones de muerte e injusticia se pueden iluminar desde esta buena nueva.
5. Hay cosas que vivimos y no podemos merecerlas. Se nos regalan. Haz una lista de los regalos que el Señor de la vida te ha hecho gasta ahora. )Cómo podemos ganar en actitudes de agradecimiento en nuestra vida?
