PERFIL DEL ACOMPAÑANTE ESPIRITUAL

Por Eugenio Alburquerque. Es profesor de Teología Moral en el Centro Salesiano de Estudios Teológicos de Madrid.

 

SINTESIS DEL ARTICULO

Se presentan los rasgos específicos del acompañante espiritual de jóvenes, guía y maestro imprescindibles en la educación de la fe. El acompañante actual necesita la sabiduría que procede de la ciencia y la sabiduría que viene de la experiencia del Espíritu. Por eso se fija en las actitudes más profundas de Jesús para llegar a asimilar los métodos del Buen Pastor.

Así, el acompañante se convierte en compañero de camino, testigo de la fe y sacramento de la comunidad. Acoge en su vida al Espíritu, pues su aprendizaje comienza por la propia experiencia, hasta llegar a ser experto en humanidad, educador y pedagogo, y maestro espiritual.

Toda la vida humana habla de la necesidad de guías y maestros. Si es cierto que cada hombre tiene y hace su propio camino -@para cada hombre guarda un camino virgen, Dios@, dijo León Felipe-, no lo es menos que nadie avanza solo. Y, de manera especial, la necesidad del otro como maestro y guía se hace sentir cuando nos enfrentamos a la verdadera tarea humana: el quehacer del descubrimiento de sentido, el crecimiento personal, la realización del propio proyecto de vida, el discernimiento de la voluntad de Dios. Es necesaria entonces la mediación del adulto, creyente y pedagogo, que ayude a vislumbrar y hacer, desde la libertad y el amor, el propio itinerario de madurez humana y de crecimiento en la fe. El hombre replegado sobre sí mismo, sin comunicación con sus semejantes, no puede progresar en su humanidad. Para llegar a ser él mismo, escribe m. Légaut, necesita absolutamente Apresencias que, sin violentar su soledad, la llenen y sin distraerle de sí mismo le ofrezcan la ocasión de escuchar la llamada de su ser@ (1).

En este sentido abordamos la reflexión sobre el acompañante espiritual de jóvenes con la intención de destacar algunos rasgos de su perfil más específico de guía y maestro. No pretendemos en estas páginas hacer un retrato completo y sistemático de esta figura tan emblemática en la acción pastoral, ni tampoco presentar de una manera ordenada y precisa su identidad y misión (2). Se trata, más bien, de sugerir algunos rasgos que juzgamos fundamentales hoy, pero que además son los que más directamente definen el perfil del acompañante espiritual.

La convicción de fondo que alienta este trabajo es que la educación de la fe precisa el seguimiento personal. El acompañamiento espiritual se convierte así en un servicio pastoral imprescindible. Y este reconocimiento implica necesariamente clarificar y potenciar la figura del acompañante, que no nace espontáneamente; se hace ministerialmente en la encarnación en el tiempo presente, en el encuentro de la vida de los jóvenes, en la experiencia de Dios, en la preparación paciente para desempeñar un servicio de mediación eclesial que urge, ante todo, a la madurez humana y a la propia experiencia espiritual.

Si en el pasado el director espiritual no necesitaba una preparación especial y bastaba cierto talante humano y devoto, hoy las cosas no son así. El carisma del acompañante espiritual no está en la autoridad para dirigir, ni en su santidad de vida. Todos estos aspectos son importantes. Pero ya Santa Teresa prefería, en su tiempo, a directores sabios. Hoy es necesaria tanto la sabiduría que procede de la ciencia, como la sabiduría que viene de la experiencia del Espíritu. Y es imprescindible, ante todo, en medio de la complejidad que los rodea, ponerse al lado de los jóvenes para ser compañero de camino.

1 Emaús: criterio y método.

Quizás también en el ministerio del acompañamiento, más que fijarse en técnicas psicológicas, el acompañante tenga que mirar a Jesús y fijarse en sus actitudes profundas para llegar a asimilar los métodos del Buen Pastor. El es el camino, la verdad y la vida (Jn. 14, 6), el nuevo mediador de Dios.

Entre los textos evangélicos cobra una importancia especial en este argumento el episodio de Emaús (Lc. 24, 13-35). En él encontramos todos los creyentes el estímulo y el criterio para nuestro propio itinerario espiritual, y también la inspiración y el método para acompañar a los jóvenes en su propio camino de la fe (3). La memoria de lo sucedido a aquellos dos discípulos puede animarnos a ponernos en camino hacia nuestro Emaús personal para sentir la presencia y compañía del Resucitado; y puede alentar nuestro caminar de acompañantes de los jóvenes con la esperanza de encontrar juntos al Señor Jesús, vivo y entusiasmante, que nos devuelve la fe y nos lanza a la vida y al testimonio.

Sin pretender un análisis ni un comentario exegético del texto, resalto simplemente algunos aspectos de mayor interés. Ante todo el episodio muestra la situación desilusionada de dos discípulos que, tras los acontecimientos sucedidos -muerte de Jesús- se alejan de Jerusalén y caminan hacia la aldea de Emaús. No podemos pasar por alto esta situación de desilusión y desencanto, de tristeza y frustración, de desesperanza y abandono, de incredulidad y distanciamiento de la comunidad. Retrata muy bien la situación actual de tantos jóvenes y quizás también de tantos evangelizadores. Si ellos se siente fracasados y desencantados de su vida junto a Jesús y huyen, el desencanto y la desesperanza marcan también hoy la existencia por doquier. Se desvanecen las utopías, los horizontes y el sentido, y crece Aun malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de vida, una incapacidad para sentir las cosas y los seres@ (4).

Sin duda, el primer reto pastoral en estos momentos radica precisamente en ser capaces de captar, con humildad y discernimiento, la situación que viven los jóvenes, y en tomar la iniciativa del encuentro, de ponerse a su lado -como Jesús en el camino de Emaús- escuchando y compartiendo sus inquietudes. Porque el acompañamiento es, ante todo, encuentro; y acompañante es aquel que sale al encuentro y se hace el encontradizo. Antes de pretender ser guía y maestro, lo primero que tiene que aprender el acompañante es saber situarse y caminar entre los jóvenes, aprender a acogerlos y recibirlos antes de querer darles nada.

En efecto, Amientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos@ (Lc. 24, 15). Jesús comparte camino, entra en su conversación y acompaña su vida.

El verdadero acompañante sale al encuentro del joven; lo acoge tal y como es y en la situación en que se encuentra; y se pone a caminar junto a él. Es este caminar juntos lo más propio del acompañamiento y constituye también la actitud específica del acompañante. Por ello necesita siempre talante y capacidad de cercanía, de presencia y diálogo, de comunicación. Tiene que ser capaz de conocer al joven, no sólo a través de la entrevista personal, sino a través de la vida. Tiene que ser capaz de vivir y convivir con los jóvenes, de estar entre ellos, de interesarse no sólo de sus problemas sino también de su vida cotidiana. La primera tarea del acompañante es mostrar el camino, iluminarlo lo mejor que pueda e invitar a ponerse en marcha, caminando siempre muy cerca.

Y en el camino Jesús entra en la conversación de los discípulos. Parece no conocer el tema de conversación, pero cala enseguida en la tristeza y desencanto que los embarga. A lo largo del viaje les hace recorrer un nuevo camino a través de las Escrituras, ayudándoles así a comprender que lo ocurrido en Jerusalén, la muerte de su Maestro, era parte de un proyecto divino de salvación. )No es hoy este aprendizaje y esta lectura -la lectura de la vida cotidiana dentro del proyecto de Dios- la gran tarea de los acompañantes de jóvenes? Lo verdaderamente importante en el acompañante espiritual es que oriente la búsqueda de sentido y la búsqueda de Dios, que conduzca hacia Jesucristo, que ayude a los jóvenes a descubrir su presencia en la propia vida como clave de sentido y de felicidad.

Pero Jesús, a aquellos dos discípulos desencantados, no sólo les explica las Escrituras, les enseña el mensaje y proclama el designio de salvación; lo que más impresiona es que Jesús se manifiesta como el amigo capaz de desatar y calentar el corazón amargado por la visión de un designio de Dios aparentemente inaceptable: A)No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?@ (Lc. 24, 32). Es decir, lo que cuenta no es sólo la sabiduría de la respuesta, sino el haber sabido envolverles en el amor de Dios. No bastan los razonamientos y la competencia; sólo el amor da vida.

Pero la meta del camino de Emaús no es simplemente el reconocimiento de Jesús. Es significativo que no bastara el conocimiento y explicación de las Escrituras para que se les abrieran los ojos y llegaran a reconocerle; fue necesario que Jesús en la mesa partiera y compartiera el pan para darse a conocer y eliminar toda incertidumbre. Con todo, lo más significativo es que los discípulos cuando han conocido a su Señor no pueden ya quedarse quietos en su casa y en su hogar disfrutando de una presencia que, por no ser ya necesaria, desaparece. Vuelven a Jerusalén, a la comunidad de la que han huido; y vuelven al testimonio y al anuncio del Resucitado, al que han encontrado.

El acompañamiento no tiene como meta el descubrimiento y la adhesión a Jesús. El acompañante ha de ayudar a que quien encuentra a Jesucristo, vaya a los hermanos para anunciar lo que ha visto y contemplado. El acompañamiento conduce al testimonio y al compromiso.

Pero hay un detalle que no puede pasar desapercibido para el acompañante de jóvenes: una vez que ha sido reconocido por los discípulos, Cristo desaparece. Ellos solos harán ya el camino de vuelta para anunciar aquello de lo que han sido testigos: (el Señor ha resucitado, vive, nosotros lo hemos encontrado y reconocido! Quizá sea también necesario saber ir desapareciendo de la vida y horizonte de los jóvenes-discípulos, al menos progresivamente, en la medida en que ellos mismos van siendo capaces de hacer por sí mismos el camino de vuelta.

2 AMaestro, )qué he de hacer de bueno?@ (Mt. 19, 16-23)

El encuentro de Jesús con el joven rico manifiesta también un conjunto de elementos válidos en el acompañamiento espiritual y una vez más nos impulsa a fijarnos en la actitud de Jesús. En esta ocasión es el joven mismo quien se acerca al maestro para preguntarle por el significado de la vida. Jesús, tras el diálogo y el conocimiento, le invita a seguirle: AVen y sígueme@.

El acompañamiento espiritual orienta al descubrimiento y adhesión, al seguimiento de Jesús. El llama y une a su misión a un grupo de discípulos que, dejándolo todo, se adhieren incondicionalmente a su persona. Los seguidores son llamados a estar con El; y el seguimiento es comunión de vida con Jesús en orden a una misión. En esta comunión de vida, acompañados por el Maestro, escuchan y acogen la palabra y el proyecto de Jesús. El estar con El llega a configurar su vida, su mentalidad, su ser. Los seguidores se convierten enseguida en discípulos y apóstoles de Jesús. Son el núcleo de la Iglesia, comunidad de seguidores, que cree en Jesús, que vive su proyecto y anuncia la buena nueva del Reino de Dios. Comprometidos con el mensaje de Jesús, se les confía confirmar la fe de los hermanos.

El acompañante espiritual no es un experto en técnicas, ni un vendedor de recetas; no es un consejero competente y o un psicólogo experimentado. Es un seguidor de Jesús que siente el compromiso de comunicar y confirmar en la fe.

La fe se vive en comunidad. Y el acompañante es sacramento de la comunidad. Siente el gozo de llegar a ser, en su misión de testigo y maestro de la fe, evocación y comunicación del acompañamiento eclesial. En él, la Iglesia se hace madre y maestra; la comunidad, compañera de camino. Esta representación eclesial sitúa al acompañante en su más auténtica función y responsabilidad.

El acompañante espiritual de jóvenes es hombre de Iglesia, actúa en nombre de la Iglesia, y tiende a ayudar a los jóvenes a vivir como Iglesia, madurando el sentido de pertenencia a la comunidad cristiana. Hoy esto cobra una significación especial porque, por una parte, los jóvenes sienten fuertemente la dificultad para construir la propia identidad personal, son empujados al individualismo y a refugiarse en la vida privada; y, por otra, se mueven entre pertenencias múltiples y contradictorias. La pertenencia eclesial ha de percibirse como comunión de Dios y con los hombres, como signo e instrumento del Reino. Parte la relación interpersonal y de la amistad, madura dentro del grupo juvenil; lleva a compartir y celebrar la Palabra y la vida; y orienta al compromiso y servicio al Reino.

Aunque nos referimos expresamente al acompañamiento personal, hemos de destacar también la importancia del acompañante en la animación del grupo de jóvenes. El grupo es, por una parte, una necesidad humana: los jóvenes buscan el grupo y viven en grupo, que les ayuda sin duda en el proceso del propio crecimiento personal. Pero el grupo es también signo de Iglesia; es el lugar donde se vive y experimenta la comunidad eclesial. En la pastoral juvenil resulta un ámbito privilegiado para educar en la fe y crecer en el sentido de pertenencia eclesial. El acompañante espiritual es animador de la vida del grupo y guía en el camino personal de cada uno de sus miembros.

3 AEl Espíritu os lo enseñará todo@ (Jn. 14-26)

Compañero de camino, testigo de la fe, sacramento de la comunidad, el acompañante acoge en su vida al Espíritu y vive en el Espíritu. La vida que transmite es la vida según el Espíritu y, en realidad, el mismo Espíritu es quien actúa por medio de él; es el verdadero guía y maestro.

Jesús promete y envía el Espíritu a los discípulos. A través del Espíritu, el Señor estará presente en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Se trata de una presencia íntima, liberadora y salvadora: la presencia divina que actúa en el corazón de los creyentes y del mundo. El acompañante vive y actúa siguiendo al Espíritu y ayuda a quienes acompaña a sentir esta presencia, a abrirles sus vidas y a hacerlos disponibles a su acción, conscientes de que es el Espíritu el protagonista principal en su tarea de acompañamiento.

En la tradición cristiana se ha visto siempre el acompañamiento/dirección espiritual como una acción del Espíritu; y se ha entendido el acompañante/director como aquel que era capaz de orientar en los caminos del Espíritu. Y desde los primeros siglos han surgido en la Iglesia grandes maestros espirituales que han acompañado la fe de los creyentes, y también tratadistas que han ido definiendo progresivamente el sentido del acomapañamiento y la identidad de los acompañantes. Baste pensar en San Ambrosio, San Jerónimo, San Benito, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Alfonso de Ligorio, San Vicente de Ferrer, San Juan María Vianney, etc. Ni la brevedad de estas páginas ni su objetivo concreto permiten acercarnos a estas figuras y a sus escritos. Pero sí es interesante fijarnos, al menos, en tres grandes maestros espirituales: Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Juan Bosco. En ellos encontramos un ejemplo de dirección espiritual y una enseñanza que puede ayudarnos a comprender mejor el perfil del acompañante (5).

Aunque los Ejercicios de San Ignacio no se presentan como un libro de dirección espiritual, contienen no obstante las normas, indicaciones y principios, que él recomienda a todos los directores. Han de ser realmente testimonio de Dios y han de ayudar, sobre todo, a buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida.

San Francisco de Sales es considerado como uno de los más eminentes modelos de director espiritual. Para él, el camino de la vida devota requiere necesariamente la orientación de un guía: A)Quieres de todas veras entrar por la devoción? Busca un hombre de bien que te guíe y te conduzca. He aquí la más importante de las recomendaciones@ (6). Y encarece la importancia de escogerlo bien, precisando sus cualidades indispensables: AEs necesario que sea un hombre lleno de caridad, de ciencia y de prudencia; si le falta una de estas tres cualidades, el peligro será grande@ (7). Por su parte Francisco de Sales además de los dones y altura espiritual, se distingue por la amabilidad y dulzura en la relación pastoral y por la finura psicológica, buscando siempre Aayudar a cada uno a caminar por sus propios pies@.

San Juan Bosco, hombre de acción y gran educador, destina diariamente muchas horas de su jornada para escuchar a los jóvenes, de manera particular en el sacramento de la reconciliación. Pero está, continuamente presente en su vida, corriendo y jugando con ellos en el patio, visitándolos en el trabajo, enseñándoles catecismo, buscando siempre su bien espiritual y su promoción humana, con una caridad exquisita (8). Acompaña a los jóvenes con la sensibilidad pedagógica del sistema preventivo y los dones sobrenaturales de una profunda experiencia espiritual.

Hoy el carisma del acompañamiento sigue siendo necesario. El concilio Vaticano II une estrechamente la formación espiritual con la ayuda del director espiritual. Y subraya la importancia de prepararse, especialmente los futuros sacerdotes, para Ael arte de dirigir almas@ (OT 19). Pero el acompañante espiritual de jóvenes, precisamente para cumplir sus funciones más específicas, siente la necesidad de ser un hombre profundamente espiritual, abierto, dócil y obediente a la acción del Espíritu. Esta acción del Espíritu es siempre fuente de gracia, apoyo en el esfuerzo diario de crecer en el amor de Dios y a los hermanos. El es el gran animador y el acompañante silencioso que anima y acompaña nuestro camino hacia Dios.

4 A)Podrá un ciego guiar a otro ciego?@ (Lc 6, 39)

El servicio eclesial del acompañamiento precisa, pues, una preparación esmerada de quienes van a realizarlo. Porque, si un ciego guía a otro ciego, Alos dos caerán en el hoyo@; en cambio, Atodo el que esté bien formado, será como su maestro@ (Lc. 6, 39-40).

Esta preparación requiere el estudio y la ciencia. No es necesario que el acompañante sea un doctor o un experto en las diferentes ramas del saber teológico. Pero sí debe poseer un sólido conocimiento de la Sagrada Escritura, de la teología dogmática, moral y espiritual. Para orientar con seguridad y prudencia se requieren ideas claras sobre la naturaleza de la vida cristiana, sobre su estructura, leyes y ritmos de desarrollo. Y se requieren también unos conocimientos sobre las ciencias antropológicas. Porque la vida y el crecimiento espiritual se insertan en el psiquismo humano. Por ello, hay que conocer las leyes psicológicas esenciales de la maduración humana y religiosa, especialmente cuando se trata del acompañamiento de jóvenes.

Sin embargo, el aprendizaje ha de empezar por su propia experiencia. No es posible ser experto en el camino del Espíritu sin haberlo recorrido personalmente. No se puede iluminar a otros con la palabra de Dios sin haberla escuchado y asimilado. No se puede enseñar a rezar sin ser un hombre de oración. No se puede ser maestro de vida cristiana sin vivir uno mismo en Cristo. Ignacio de Loyola tuvo su propia experiencia espiritual antes de tener ningún conocimiento teórico de la vida interior y antes de conocer el arte de guiar a los demás en su búsqueda de Dios. Quien no tiene una experiencia espiritual auténtica, difícilmente puede llegar a ser auténtico acompañante de caminos que no ha andado. Es decir, en el acompañamiento espiritual está en juego la calidad espiritual del acompañante. Para llegar a ser guía espiritual hay que empezar por comprender la acción de Dios en uno mismo.

La tarea de acompañar a otros interpela la propia experiencia espiritual del acompañante; es siempre alguien que ha hecho el camino por el que acompaña a otros. Vive, por tanto, una experiencia que algunos llaman de dos velocidades. Por una parte, está la velocidad de la propia respuesta a Dios, del propio seguimiento de Jesús, del propio ritmo de crecimiento espiritual. Por otra, ha de ser compañero de personas que están en otra onda, en otra velocidad, o bien, que se encuentran parados. No puede imponerles su ritmo y su velocidad, ni tampoco puede imponerse a sí mismo la velocidad y el ritmo de aquellos a quienes acompaña. Es imprescindible, como hemos dicho, tomar a los jóvenes en la situación en que se hallan, ponerse a su lado y ser compañero de camino, avanzando juntos en la búsqueda de Dios y de su voluntad, creciendo juntos en la fe y en el Espíritu. Pero todo esto, sin renunciar a la propia andadura espiritual. Ha de mantenerse, pues, la doble tensión de la fidelidad a Dios y a los jóvenes a quienes se acompaña (9).

Pero, por otra parte, hay también personas con una profunda experiencia que son, sin embargo, incapaces de comunicarla. Su vida puede ser ejemplo y modelo, pero su influjo se detiene ahí. Su irradiación sería mucho mayor si pudieran y supieran abrirse a los demás para dar y recibir. Quien ha recorrido el camino de fe personal, ha de ser capaz además de saber proponer las etapas y procesos de ese itinerario. Es decir, el acompañante, testigo de Dios, ha de ser además educador y pedagogo.

Esta dimensión integra necesariamente el perfil del acompañante espiritual de jóvenes. En efecto, el guía de jóvenes promueve su proceso de crecimiento y maduración, busca el desarrollo integral de la persona, orienta su itinerario de fe. En cuanto educador tiene que proponer un modelo de persona integrada y dueña de sí, tiene que ayudar a los jóvenes a clarificar y ordenar la propia experiencia; tiene que proporcionarles los conocimientos e informaciones que requieran en vistas a la toma de posición auténtica. Todo ello para ayudarles a crecer en autonomía y capacidad de adaptación, para hacerles capaces de asumir su propia vida como un proyecto que ellos mismos deben realizar.

5 ALlegar a la madurez de la plenitud de Cristo@ (Ef. 4,13)

La función principal del acompañante es orientar y acompañar el proceso de maduración en la fe, hasta llegar Aal conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo@ (Ef. 4, 13). Se trata de llegar a conocer y comprender el amor de Cristo, su misión salvadora, y asociarse en el testimonio del amor y la salvación. Esto precisa no sólo la acción del acompañante sino, sobre todo, la acción del Espíritu. Es el don y la tarea del discernimiento. Para ser un buen acompañante espiritual, además de ciencia y experiencia hay que tener el don del discernimiento (10). El acompañamiento es, al mismo tiempo, fruto de la prudencia y arte, intuición y experiencia, dotes personales y don del Espíritu.

El acompañamiento se realiza dentro de una relación interpersonal. Al acompañado se le pide una actitud de libertad y confianza. Al acompañante, responder a esta actitud global, superando tanto el paternalismo como cualquier tipo de imposición arbitraria. Lo cual no significa debilidad o ambigüedad para anunciar la palabra de Dios. Al contrario, el acompañante espiritual busca y promueve una relación de calidad, capaz de interpelar y comprometer al acompañado en su vida.

Todo esto supone unas cualidades de tipo humano: acogida, aceptación, escucha, cercanía, presencia, empatía, etc. pero supone también un clima que transciende lo humano, un verdadero clima sobrenatural. Es decir, incluye el don del discernimiento espiritual. Quizá lo más propio y específico del acompañante espiritual en su capacidad para discernir la calidad espiritual, las condiciones interiores, la acción de la gracia y del Espíritu en el corazón del acompañado.

El acompañante espiritual tiene que conocer el itinerario espiritual de aquel a quien acompaña; conocer el lugar al que ha llegado y en el que se encuentra para, desde aquí, ayudarle a discernir el itinerario que debe seguir y los pasos que debe ir dando. Se comprende entonces que sólo el Espíritu de Dios que actúa en el hombre, pueda ayudar a conocer al acompañante su acción en los demás. No se puede captar la ación de Dios en los hombres si no es a la luz de la sabiduría que viene de Dios.

Fruto de la caridad y don del Espíritu, el discernimiento es Ael conocimiento íntimo de la acción de Dios en el corazón del hombre@ (Ritual de la penitencia). El corazón es lo más profundo del hombre; y en esta profundidad es donde Dios actúa. Continuamente el Espíritu de Dios está actuando en el corazón del creyente. Discernir esta acción significa penetrar en lo profundo para ser capaces de comprender el trabajo, el influjo, la obra del Espíritu. Significa ser capaces de comprender qué es lo que Dios quiere en una situación concreta, por qué caminos nos lleva, qué indicaciones muestra. Significa llegar a conocer su acción y su voluntad. Por eso está íntimamente relacionado con la fe, el amor y la libertad. Sólo es capaz de discernir quien, desde la libertad de los hijos de Dios, vive una verdadera fe y un profundo amor.

Cuando hace unos años se habló de la crisis de la dirección espiritual, una de las convicciones más rubricadas fue que el problema empezaba en la crisis de directores espirituales. El acompañamiento es cosa de tres: el acompañado, el acompañante y el Espíritu que actúa en ambos y que es el verdadero protagonista. No cabe duda que el acompañamiento parte y se realiza por la voluntad y libertad del acompañado. Pero la figura clave de todo el proceso y desarrollo espiritual, el mediador entre el Espíritu y la persona concreta, es el acompañante, aunque siempre ha de supeditar su servicio a la acción de Dios y a la respuesta libre del sujeto. Por eso, potenciar el acompañamiento espiritual implica también hacer emerger, clarificar y potenciar la figura del acompañante. El ha de ser, especialmente, experto en humanidad, educador y pedagogo, y maestro espiritual. A una buena formación teológica, espiritual y a un conocimiento adecuado de las leyes de la psicología y de las ciencias de la educación, ha de unir una personalidad madura no sólo en el nivel humano, sino también en la vida interior, y ha de aceptar sin reservas su responsabilidad educativa. Sólo así estará en disposición de cumplir su misión, acoger y comprender a los jóvenes, acompañarles en su proceso de realización humana, disponerlos a aceptar las mociones del Espíritu, a seguir a Jesús y a comprometerse en el servicio al Reino de Dios.

REFERENCIAS:

1) M, LEGAUT, El hombre en busca de su humanidad, Verbo Divino, Estrella 1973, 292.
2) Hemos desarrollado este argumento en Moral Cristiana y pastoral juvenil, CCS, Madrid 1990, 235-245; y también en AIdentidad y misión del acompañante espiritual de jóvenes@, Misión Joven 141 (1988), 5-12.
3) Cf. J: J: BARTOLOME, Evangelizarse para evangelizar, CCS, Madrid 1992, 115-129; C. MARTINI, El evangelizador en San Lucas, Paulinas, Bogotá 1986, 24-91.
4) G. LIPOVETSKY, La era del vacío, Anagrama, Barcelona 1986, 76.
5) Cf. A. MERCATALI, APadre espiritual@, en Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Paulinas, Madrid 1983, 1046-1061; A. MARTINELLI, Giovani e direzione spirituale, LDC, Turín 1989, 41-47; J. SASTRE, El acompañamiento espiritual, Paulinas, Madrid 1993, 20-25.
6) Introducción a la vida devota, en Obras selectas de San Francisco de Sales, BAC Madrid 1953, 53.
7) O. C., 54
8) La lectura de las biografías juveniles (de Domingo Savio, Francisco Bessucco, Miguel Magone) escritas por el mismo Don Bosco explica su método y su comportamiento en la dirección espiritual de los jóvenes. Cf. San Juan Bosco. Obras fundamentales, BAC, Madrid 1978.
9) Cf. A. GINEL, APropuesta de la fe e implicaciones personales@, en AA. VV., Pastoral de hoy para mañana. Nuevas perspectivas de la pastoral con jóvenes, CCS, Madrid 1993, 129-138.
10) Y RAGUIN, Maestro y discípulo. El acompañamiento espiritual, Narcea, Madrid 1986, 49-57.