Situaciones familiares diferentes
Por Fernando de la Puente, revista Padres y Maestros, No. 306, febrero 2007
Familia y proceso de madurez
No cabe duda de que la familia es el primer contexto, y el básico de la
educación de niños y adolescentes. La cultura de la familia, el modo de ser,
costumbres, estilos, etc. de la misma, es quien moldea al niño a través de
procesos de transmisión y aprendizaje. El individuo no madura en el vacío sino
en un contexto socio-cultural concreto. Este contexto puede ser optimizante y
positivo o degradante y negativo. Probablemente sus efectos le acompañarán
durante un largo trayecto de su vida.
No hay dos ambientes o climas familiares iguales. En cada familia se habla, se expresa afectivamente de un modo concreto, hay normas o no, flexibilidad de trato o no, acogida cariñosa o frialdad distante.
Este aprendizaje por ósmosis afectiva es intenso en los primeros años gracias a la enorme flexibilidad del cerebro. Las conexiones neuronales se forman con mucha más rapidez y juegan un importante papel los centros de la emoción. En el cerebro intermedio o diencéfalo (esa hendidura que une las dos masas o hemisferios cerebrales) se encuentra el tálamo, donde hay una especie de almendra o amígdala: un centro implicado en el origen y regulación de las emociones. Y entre las emociones básicas está la de sentirse querido y aceptado o no. La clave de la seguridad afectiva, de la capacidad de amistad, de empatía, de cooperación.
Todo esto tiene intrínseca relación con el componente afectivo de las actitudes y valores. Si creces en un clima de amistad y cooperación, donde se rechaza la agresividad, aprendes esa actitud amistosa y confiada. Se puede aprender a ser agresivo de la misma forma, en un clima opuesto. Georges Mauco, antiguo presidente de las Escuelas de Padres en Francia, dijo que el niño es lo que son sus educadores; y que la herencia, tan invocada para explicar el carácter difícil de un niño, juega en realidad un papel muy limitado, incluso en la transmisión de cualidades intelectuales (un padre que ha desarrollado la facultad para las Matemáticas o el gusto artístico, no necesariamente tendrá hijos con tales características) .
Situaciones diferentes
Ahora bien, ¿cómo se realiza esta transmisión en la familia sin padre o madre, por fallecimiento, ausencia o divorcio? ¿Cuáles son los verdaderos inconvenientes? De cada 25 alumnos de E. Primaria o 30 de Secundaria se aproximan al 25% los casos
de separación, divorcio o ausencia de uno de los padres. Sabemos que en la última década, de cada dos matrimonios uno acaba en separación o divorcio. Lo que vamos a indicar en este capítulo respecto a la actuación afectiva y educativa con los hijos, vale también para todas las familias. Pero el padre o madre que está solo/a como responsable de la educación de los hijos deberá "esforzarse" más en aplicar ciertas pautas, sin permitirse el "ya lo haré mañana" o "qué incómodo es esto".Dos principios iniciales:
1) El niño necesita una identificación. El hijo no puede desplazar a su padre ni la hija a su madre. El niño necesita al padre para estructurarse como varón y la hija necesita a la madre para estructurarse como mujer; y ambos para situarse respecto al sexo opuesto.
2) La ausencia del padre o de la madre dificulta el tema pero todo puede suavizarse y remediarse si se actúa con equilibrio.
Consecuencia de la falta del padre o de la madre
A) Problemas afectivos. No conviene dramatizar, aunque el tema es objetivamente duro, tanto si se trata de separación o divorcio, como de fallecimiento de uno de los cónyuges. Veamos algunos aspectos del problema según las edades.
Recomendamos el libro de Elena Sánchez "Familias rotas y educación de los hijos" Ed. Narcea de la Colección "Padres" que me parece excelente en sus análisis psicológicos y orientaciones educativas, en el que nos hemos inspirado para este artículo. Véase también el cuaderno de FE RE "Alumnos de padres separados. Algunas orientaciones para su educación".
Los niños de 2 a 6 años no tienen quizá dolor consciente, es como la planta a la que le falta el agua o el sol, algo le falta ahí. Incluso puede llegar a tener culpabilidades inconscientes. Según los expertos, el niño pequeño cree que el adulto es omnipotente, y tiene la capacidad de aparecer y desaparecer cuando quiere, no por las imposiciones de la vida o por los problemas. Por lo tanto, en su mentalidad mágica, piensa que el adulto no puede morir ni se ve obligado a marcharse. Si lo hace es porque quiere, porque ha dejado la familia voluntariamente.
Con esta mentalidad, el niño pequeño no asimila la
separación, que ha sucedido "por capricho" por así decir. Incluso
puede pensar inconscientemente que su padre o su madre se ha ido por culpa suya.
Según dicen algunos testimonios, "yo he sido malo con papá y mamá; y
por eso han desaparecido".
Si desaparece el cónyuge cuando el niño está en la etapa de rivalidad (entre 2 y 5 años de edad), siente el oscuro temor de que "yo he provocado la muerte de mi padre o de mi madre". Y con la desaparición de uno, teme la desaparición del otro. Hay autores que piensan que, en la etapa edípica, el niño, al estar solo con la madre, quiere acapararla para él. y lo mismo sucede con la niña respecto del padre.
Los niños entre 6 y 9 años pueden tener también responsabilidades inconscientes. Temen haber hecho algo que ha ocasionado la falta de entendimiento entre los padres, o que ellos han sido capaces de hacer algo para que se entendieran y no lo han hecho. Desearían volver atrás a los tiempos felices de la familia en que había unidad y armonía.
Los niños mayores de 9 años ya no tienen esos sentimientos de culpabilidad inconsciente, más bien un sentimiento de desolación porque aún tienen que completar esta etapa de seguridad y ternura.
A veces sucede que los niños no sienten nada. No hay que inquietarse por ello. Puede ser que la desaparición del padre o de la madre coincida con un momento o etapa en que se llevaban mal. Aparentemente no siente nada, pero puede sentirse culpable de ello. Habría que conversar con él y tratar de desactivar esa culpabilidad.
B) Problemas económicos. Frecuentemente en las separaciones la pensión que se recibe es insuficiente o hay ausencia de pensión. El padre o la madre que trabajan ven más difícil progresar en categoría laboral al tener que dedicar más tiempo a los hijos. Hay que estar atentos a esta disminución. Hay niños que no aceptan bajar de nivel de vida, ni sus consecuencias en términos de comodidades, reducción de viajes y deportes caros, incluso la pérdida de ciertos amigos.
En estos casos, que suceden a veces también en otras situaciones familiares sin padres ausentes, lo mejor es clarificar la situación y no mantener una falsa expectativa. Enseñarles a aceptar las limitaciones y compensarlo con amor, cariño y convivencia, como indicamos a continuación.
Actuación del cónyuge que queda con los niños
l°) Tratar de mantener una existencia tranquila y equilibrada. Para ello es muy importante que se preocupen de sí mismo, como persona que se ha quedado sola con los hijos. El trabajo y la actividad fuera del hogar, dentro de un orden, es muy beneficioso; es necesario mantener las conexiones y relaciones sociales. Esta existencia serena y equilibrada es lo que va a llegar al corazón del niño para recobrar la confianza en sí.
El gesto triste, la sensación de soledad, la actitud de víctima o deprimido/a, no es bueno para los hijos. Como hemos dicho en otros artículos, no es bueno trasmitir que "me estoy sacrificando por vosotros". Tampoco es bueno el desahogo con los hijos, a no ser que sean muy mayores y en algún momento aislado.
Por supuesto, todo esto es muy difícil, sobre todo en los primeros momentos de la separación o del fallecimiento. Pero todo lo que se haga por sobreponerse lo más posible, es un magnífico servicio a los hijos. A veces la falta de serenidad proviene de la inseguridad que causa la toma de decisiones. Hay problemas urgentes, decisiones importantes que hay que tomar como el cambio de domicilio, de nombre, problemas jurídicos o notariales, etc.
2°) Mantener el control y la calma delante de los hijos, dejando de lado el papel de víctima y verdugo. Como dice la psicóloga Silvia Nieto en la revista "Mujer hoy", 2004, los niños sufren cuando los padres los utilizan como arma arrojadiza, cuando sus padres les presionan para que tomen partido por ellos impidiéndoles ponerse al teléfono cuando llama el otro cónyuge, y todas las acciones y palabras que buscan denigrar al otro cónyuge, todo lo cual evidentemente perjudica la formación de la personalidad del niño. Sin embargo, como indica la citada psicóloga, se constata que los niños que mantienen un contacto normal con el otro cónyuge y las relaciones, al menos delante de ellos, son equilibradas y serenas, obtienen buenos resultados escolares, mejores que aquellos que carecen de dichos contactos.
La clave está por tanto en los adultos, las buenas relaciones de los niños con sus padres separados repercute más positivamente en su bienestar que el hecho de vivir juntos con relaciones gravemente deterioradas. Aunque todos reconocen que el divorcio lleva consigo unas cargas afectivas y una dificultad emocional que tienen que superar. Curiosamente tales niños suelen ser en sus vidas más conservadores a la hora de establecer relaciones; se aferran a un matrimonio estable, duradero y legal y les preocupa no poder lograrlo.
3°) No hay que renunciar al propio papel de hombre y de
mujer, como lo que se es, sin intentar imitar al otro cónyuge. Es
imposible desempeñar el papel del que falta. Sería erróneo que una madre
separada o viuda intentara imitar el estilo del varón, actuando con menos
ternura y más distancia, por temor a perder su autoridad.
Es mejor delegar ciertos asuntos en el tutor del colegio o en un pariente o en un médico amigo. Para una madre es difícil hablar con el hijo varón de temas de sexualidad, y lo mismo al padre con la hija. Pero se pueden delegar estas cuestiones de orientación humana en otras personas.
4°) Favorecer la imagen positiva del ausente. Esto es extraordinariamente difícil en el caso de ruptura o separación más dramática o violenta, porque los sentimientos agresivos están incandescentes. Se equivocan los que desprestigian al ausente y hacen un flaco favor a los hijos pues éstos necesitan un modelo de identificación positivo en su proceso de hacerse hombre o mujer. Lo ideal sería que, aunque los adultos hayan roto, conservaran el respeto y la admiración hacia el padre-madre ausente. Es difícil, pero todo lo que se haga por controlarse y dejar de hacer observaciones negativas sobre el ausente, es enormemente positivo para los hijos.
5°) Evitar la revelación brusca del fallecimiento o la ruptura, aunque tampoco es positivo el razonamiento de que "no se lo digo porque no lo pueden comprender". Hay que ayudarles a aceptar poco a poco la realidad. Tienen que superar muchas cosas en la vida. No se pueden ocultar las situaciones a medio y largo plazo. En el caso del fallecimiento de uno de los padres puede ser bueno que los niños pequeños no estén presentes en los momentos finales de su enfermedad, agonía o accidente. Pues no es bueno que la imagen del padre o de la madre se fije en ellos como algo sin vida.
6°) Evitar exageraciones en el plano afectivo y de exigencia. No es constructivo agobiar afectivamente al niño porque falta el otro. Las ternuras sofocantes producen niños caprichosos y con dificultades para la identificación del propio sexo. Tampoco es bueno provocar excesiva docilidad porque no está el otro: hay mando único y no hay escapatoria. Asimismo no es positivo dar demasiadas responsabilidades a los hermanos mayores ni tratar con ellos como si fueran consejeros, como si les consultáramos nuestras cosas ("qué te parece esto.. ."). Puede provocar cierto sentido de sacrificio precoz que eliminaría la vida espontánea y alegre de un niño y de un adolescente, que debe convivir con las inmadureces propias de su edad, incoherencias, no aclararse, decir una cosa un día y otra otro día, etc.
La presencia o la imagen del otro
Los autores piensan que la imagen del fallecido o del separado está influyendo mucho en los niños. En el caso del cónyuge viudo hay que procurar que la imagen del otro fallecido sea positiva, edificante, cercana. Ni idealizarla demasiado ni rebajarla excesivamente.
El niño va cambiando la imagen que tiene del ausente, olvidando unas cosas y recordando otras. Influye mucho la imagen que uno tiene del marido o mujer desaparecidos. En nuestra comunicación estamos proyectando en los hijos la imagen que tenemos del cónyuge ausente. Es bueno también hacer que el niño compare el recuerdo del padre o madre ausente con otras personas cercanas o parientes próximos, agradables o positivos para él; que construya una imagen materna o paterna con referencia a otros seres reales, a ser posible amables.
También hay que evitar la imagen del progenitor ideal, idealizando demasiado al ausente. Al niño no le es posible identificarse con un superhombre o supermujer, sino con un ser real.
Los contactos con ambos padres
En el caso del cónyuge separado, aunque el divorcio o separación sean totales para los padres, no deben ser totales para los hijos, que necesitan el conocimiento y el contacto con un padre o una madre.
Las visitas o convivencia con el otro cónyuge pueden ayudar al proceso de identificación. Esto es posible aunque sólo se puedan ver de vez en cuando. No se trata de la cantidad sino de la calidad.
En este sentido no debería haber una interferencia continua que impida una organización de la vida familiar. Es mejor un sistema regulado de visitas y periodos vacacionales, que trasmite más seguridad al niño.
Por supuesto hay que evitar que el niño se convierta en un juguete de capricho y exigencia de los cónyuges, una competitividad para ver quién consigue mejor su simpatía y amistad. El niño no debe crecer como un ser disputado por uno y otro en un clima de rivalidad.
También es bueno evitar que haya demasiada gente a su alrededor, abuelos, tíos, primos, todos queriéndole aconsejar y orientar. Lo importante es que el cónyuge responsable equilibre su vida lo más pronto posible, asuma su situación y rehaga la vida haciendo un papel normal como educador o educadora.
Diálogo en grupos
La reflexión de hoyes importante pues muchas de las recomendaciones que se hacen para el cónyuge separado o solo, valen también para las relaciones de cónyuges que viven juntos y las relaciones con sus hijos. En todas las preguntas que se hacen a continuación es importante considerar y debatir si las orientaciones que se dan en el artículo son realmente positivas y viables.
1. ¿Cuál es mi caso? ¿Qué número de hijos tengo y cuál es mi situación?
2. ¿Cómo se está realizando la transmisión de una sana identificación de los hijos con sus padres y de la transmisión de actitudes y seguridad afectiva?
3. En el caso de separación o fallecimiento, ¿cuáles son las consecuencias que estoy notando en mis hijos? ¿Cuáles son sus reacciones más negativas o más preocupantes? ¿Cómo estoy tratando de solucionarlas?
4. Tanto en el caso de separación o ausencia, como en el caso de los padres que viven juntos con los hijos, ¿se logra favorecer la imagen positiva del cónyuge, ausente o no? ¿Se evitan exageraciones en el plano afectivo y de exigencia?
5. En el caso de separación o ausencia, ¿cómo se llevan a cabo los contactos, visitas, etc. con el otro cónyuge, de modo que el niño no se convierta en ocasión de competitividad afectiva? ¿Existe un plan regulado y equilibrado de contactos?
Metodología. Como la indicada en los artículos anteriores: reflexión individual, reflexión en pequeño grupo y diálogo general de todo el grupo con el Conductor.