Niños y jóvenes consumistas
Por Fernando de la Puente
Revista Padres y Maestros, No. 303, octubre de 2006
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A través de nuestras Escuelas de Padres hemos recogido datos de un sondeo de opinión dirigido a 492 padres, con las siguientes preguntas:
1) ¿Crees que tus hijos son consumistas? ¿Qué indicios tienes para afirmarlo o negarlo? ¿Qué es lo que te pone más nervioso/a del consumismo de tus hijos?
2) Los niños y jóvenes hoy ¿son necesariamente consumistas?
3) ¿Qué límites podemos poner para frenar el consumismo de nuestros hijos?
No hemos tratado de realizar una investigación formal, sino recoger datos de nuestra realidad que nos ayuden a reflexionar sobre este tema.
Francamente
consumistas
A la primera cuestión, todos los padres lo afirman claramente, a través de indicios evidentes:
- Los colegios, a veces sin pretenderlo, fomentan el consumismo por imitación o contagio (fiestas de cumpleaños, marcas deportivas, mochilas especiales, ciertos estuches de material escolar, etc.)
No dan valor a las cosas recién compradas; las compran y automáticamente ni las miran para nada.
Rechazan o no quieren entender nuestros razonamientos.
Lo que más les irrita del consumismo de sus hijos es:
La irracionalidad de su consumismo. El instinto impulsivo e irracional de tener cosas sin apreciarlas.
Comprobar cómo la sociedad les está manipulando.
¿Hay que resignarse a ser consumista o debemos reaccionar?
Es muy difícil no serIo -afirman-, pues todo el contexto es consumista. Algunos padres sin embargo reflejan actitudes más esperanzadas, próximas a una filosofía de la austeridad.
- El consumismo es negativo, les hace dependientes
y caprichosos. Habrá que ayudarles a discernir entre lo superfluo y lo
imprescindible.
- Aumentan las opciones de consumo, pero podemos aprovecharlas enseñando
a las niños la relación calidad-precio.
- Hay que distinguir entre consumismo y consumo. Sin dejar de consumir lo
razonable, tenemos que reaccionar ante el influjo negativo de la estructura
actual.
- El consumismo no aporta nada a la persona; impide el disfrute de
la belleza de las cosas sencillas.
¿Podemos
frenar el consumismo?
Las respuestas a esta cuestión son líneas interesantes de actuación de la educación familiar. No sabemos si en muchas casos estas respuestas son "deseos de deseos" o actuaciones reales y buenas prácticas de hecho.
- El consumismo tiene conceptualmente un límite mínimo que depende de la persona y del ambiente. ¿Dónde nos ponemos a nosotros mismos el listón como padres? ¿Somos conscientes nosotros mismos de nuestros gastos en tabaco, cenas, copas, viajes, etc.? El fondo de la cuestión está ahí.
- Podemos poner límites al consumismo, mediante estas pautas: 1) el ejemplo de los padres, 2) ayudar a los hijos a ver la realidad de la gente menos favorecida, 3) no pagar más por ser ropa de marca.
- Intentar en casa ser algo más austeros, en multitud de detalles de la vida familiar: el consumo de agua, de la luz, evitar cosas que se tiran a medio usar, etc. Podríamos ahorrar bastante en todo esto y darlo como obsequio familiar en favor de alguna campaña, la que sea, como nuestra aportación familiar al 0.7 (donativos para solidaridad).
- Ser firmes; no ceder al chantaje afectivo; limitar caprichos.
- Enseñar a administrar el dinero y a comprar lo necesario.
- Las experiencias sociales: "Mi hijo, al haber colaborado este verano en un campo de trabajo organizado por el Colegio, ha cambiado radicalmente".
- Dar la batalla en el dinero de bolsillo, sin ceder al chantaje de que "los otros" tienen más dinero que yo.
- Que cuiden lo que tienen y que coman lo que hay, sin ceder al capricho.
- Decir a los hijos "no tengas miedo de decir NO a tus amigos; si son verdaderos amigos, no va a pasar nada si vas con este tipo de pantalones sin marca".
- Evitar situaciones de consumismo, como pueden ser las fiestas de cumpleaños, que están llegando a exageraciones ridículas.
- Proponer suavemente, pero con firmeza, que el resto de la familia, abuelos, tíos, padrinos, etc. sean capaces de venir a casa sin traer algún regalito. Ir frenando esa especie de catarata de regalos.
Pautas de aplicación práctica
Suscribimos totalmente estas pautas; comentamos y añadimos algunas sugerencias:
1) Hoy en día existen sociedades de consumidores que editan folletos muy interesantes, describen pautas de relación precio-calidad, enseñan a ser compradores sensatos, etc.
2) Algunas de las respuestas aciertan a expresar los tres elementos básicos de una educación en valores: a) La imagen que ven en nosotros. El modelo de identificación produce un aprendizaje perceptiva; se tiende a imitar lo que se percibe de personas significativas del entorno del niño. b) Los razonamientos adecuados, a veces muy difíciles, que justifican la austeridad y se oponen al consumismo. c) Reforzar las razones y el ejemplo con experiencias de servicio social, creando un estilo de austeridad en la vida familiar, etc.
3) Es preciso hablar con los hijos y captar sus miedos inconfesables a perder popularidad o categoría personal, por el modo de vestir, calzar, etc.
4) Hay que llegar al fondo de la cuestión: la tendencia a compensar nuestra débil comunicación y ausencia física (por el trabajo o nuestra excesiva vida social) lIenándoles de cosas. Esto les acostumbra a pedir; y arruinan aquella regla de oro: "no deis a los hijos todo lo que os piden, sino lo que necesitan". No les demos lo que nos sirve para compensar nuestros fallos educativos. Lo que necesitan es comunicación, presencia y exigencia en muchas ocasiones.
5) Ayudarles a renunciar, pero la renuncia debe hacerse poco a poco y siempre acompañado de un reconocimiento personal. No al NO a secas. Según la edad, tratando de que comprenda que se trata de un valor que merece la pena, que produce una sensación positiva, una satisfacción personal, etc.
La persona consumista
Como todos sabemos consumista es la persona con tendencia a consumir de forma compulsiva e irracional, demandando cosas superfluas e innecesarias. No utiliza las cosas en su natural bondad, sino que las manipula con otro fin. No las disfruta. Disfrutar significa abrir la fruta, partir la fruta para saborearla. En este sentido, los niños de hoy no disfrutan las cosas, por eso decimos que no las valoran, las acumulan, las utilizan un poco e inmediatamente las tiran.
En
realidad, tampoco los adultos disfrutamos de las cosas. Compramos un libro para
no leerlo. Vemos paisajes desde el coche a gran velocidad. Coleccionamos viajes.
Incluso a veces hacemos "consumismo espiritual": acudimos a encuentros
formativos sin voluntad de meternos profundamente en ellos. Salimos
"contentos" y motivados superficialmente con las informaciones que
recibimos; otra cosa es estar dispuestos a cambiar.
Decimos que los adolescentes son lígth, que vagan por la vida, usando y tirando cosas, llamándose por el móvil incesantemente, citándose continuamente, etc. ¿No es un reflejo de nuestro estilo de adultos? Queremos muchas cosas a la vez. No estamos quietos. Nuestros hijos no nos ven leer tranquilamente; mirar algo con detención y gusto, escuchar antes de hablar; hacer algún tipo de labor manual o artística.
El consumismo es un estilo de vida insano. Se consume de todo pero no hay verdadera experiencia de las cosas: un acercamiento cognoscitivo y afectivo a las cosas; algo intenso más que extenso. Perdemos la capacidad de contemplación.
Itinerario y consecuencias
Esto empieza a ocurrir desde la infancia. El niño es consumidor de espacio, su habitación es el "primer cascarón", donde inicia la exploración del mundo. Como dice J. Boniface y A. Gaussell ("Los niños consumidores" ed. Narcea), poco a poco empieza a aprender que su padre o su madre pueden "desaparecer" de su lado sin que dejen de existir. Algún objeto o juguete (un osito, una muñeca, etc.) llenará el espacio vacío de sus padres.
A
medida que va creciendo, esos objetos o juguetes seguirán conservando un poco
de ese poder mágico entre padres e hijos, cargándose de significados
varios. Representan también su instinto de posesión. En todo niño duerme un
propietario, dicen estos autores. Algo innato o adquirido en la sociedad del
escaparate que vivimos. El sentido de propiedad surge muy pronto antes de los 2
años, algo normal, pero que nuestra educación erotizante transforma en deseo
excesivo de acumulación. La pantalla de TV por supuesto influye con su
fascinación, iniciándoles, con sus códigos y alfabetos propios al mundo del
consumismo.
También se consume "pandilla"; los chicos y chicas tienen pandilla, pero quizás no amistades. "Tiemblan" ante la idea de perder al grupo de "amigos", pero ¿encuentran en el grupo algún amigo de verdad?
El verdadero problema es que el consumismo conduce a niños y adolescentes al territorio de la inmadurez. Una chica de 15 años tiene una personalidad insegura, pero pretende resolverla con las marcas en la ropa o calzado, o con los gestos o el estilo de vida del grupo. Enmascaran la aceptación de sí mismo con la acumulación de cosas; la extensión del yo a los demás con las relaciones humanas light, la capacidad de superar dificultades con la actitud de usar y tirar a la menor dificultad.
Se reduce la autonomía y libertad a la mera capacidad de elegir cosas. Es verdad que el consumo satisface sus necesidades, el problema es saber si esas necesidades son auténticas o falsas. La necesidad de consumir muchas cosas es una especie de glotonería enfermiza, una adicción. No se trata solamente de echar la culpa a la televisión, a la sociedad y a la economía de mercado. También ellos, los niños y jóvenes, tienen deseos inconfesables... de poder, de prestigio, de tapar sus complejos y de aparecer importantes. No creamos que los caprichos "vienen" del cielo, o son meros impulsos sin causa ("me dio ilusión...")
Sin embargo no estamos destinados fatalmente a la derrota. Hemos visto algunas buenas prácticas que muchos padres ya realizan acerca de los "cumple", las exigencias de marcas, las pagas semanales, las cartillas de ahorro. Y sobre todo, por encima de todo, luchando por un modelo coherente de estilo de vida familiar. Conocemos muchas personas que son capaces de crear un estilo distinto del de su mismo grupo de amistades y del ambiente que les rodea. Es cuestión de convicciones. Quizá este artículo y el diálogo con otros padres pueda ayudar. Véase también el artículo sobre asertividad y las técnicas de decir "no" ante el chantaje de los hijos.
Diálogo en grupos
Temas a elegir según las edades de los niños/as.
A) Los "cumple" de los niños pequeños. Unos padres dicen: "nos parece ridículo celebrar el cumpleaños de mi hijo pequeño a base de invitar a 14-20 niños/as de su clase, que traen bajo el brazo un regalito que sueltan automáticamente, la mayor parte sin actitud de amistad. Un derroche de comida, dulces, coches moviéndose por la ciudad para lIevarles y traerles, etc. Un niño de la clase dijo a otro "en mi cumple vinieron más niños que en el tuyo". ¿Qué podemos hacer? ¿Hay que suprimir estos "cumples"? ¿Cómo sustituirlos?
B) Las zapatillas de Roberto. Ro (Roberto) es un niño de 11 años de edad. Le dice a su madre: "si no me compras unas Adidas o Reebok no me apunto a baloncesto". El chantaje está servido pues los padres tienen enorme interés de que haga deporte, pero temen que si ceden vendrán otros chantajes con otros caprichos, y no quieren que se acostumbre al consumismo de marcas y dejarse llevar por lo que usan los demás. ¿Cómo reaccionar? ¿Qué estrategia seguir? ¿Qué razones le pueden dar a Ro?
C) Algunas cuestiones para la educación de adolescentes:
- Las pagas semanales, ¿deben suprimirse?, ¿cómo
sustituirlas?, ¿cómo situar el límite?
- Las cartillas de ahorro, ¿son contraproducentes?, ¿en qué sentido pueden
ser positivas?
- ¿Qué excesos de ellos deberíamos atajar o evitar?
- ¿Cómo razonamos con ellos de estas cosas?, ¿cuáles son sus razones?,
¿cómo les respondemos?
