La mentalidad ejecutiva,
¿es eficaz en la educación familiar?
Por Fernando de la Puente
revista Padres y Maestros, No. 251
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Hemos hablado anteriormente de ciertos esquemas o estrategias de motivación habituales y corrientes, que con frecuencia se vuelven ineficaces y en muchas ocasiones contraproducentes. Las denominábamos el soborno, la amenaza, provocar promesas y el ridiculizar. Son atajos y presiones psicológicas con las que queremos algo imposible de lograr: obtener cambios de actitudes a corto plazo.
Abordamos hoy una estrategia ambigua que se interpone entre nuestros buenos deseos de educar hacia la madurez y las resistencias de nuestros hijos. Se trata de la mentalidad ejecutiva aplicada al mundo de la educación familiar o escolar.
La "dirección por objetivos"
La mentalidad ejecutiva en educación consiste en trasladar al ámbito familiar o escolar, sobre todo en momentos difíciles, los esquemas profesionales de dirección por objetivos, tratamiento de datos, estudio de casos, etc. Se diría que es como una "deformación profesional" producida por la publicidad, el trabajo que se espera de nosotros en las organizaciones, etc. A veces pensamos de nuestros hijos o alumnos difíciles: "sin tanto diálogo ya sé lo que tengo que hacer con él". Cuando un niño o adolescente tiene un problema o fracasa en algo lo convertimos en objeto de estudio y resolución de casos. Es el niño-objeto, el hijo-problema. Y entonces seguimos, en el mejor de los casos, aproximadamente el siguiente esquema:
a) Pensamos y damos vueltas al problema del hijo/a. A veces hablamos y pensamos juntos el padre y la madre tratando de analizar la situación. Cuando es un problema escolar hablamos también con el tutor. ¿Qué hacemos en estos diálogos? Si estamos clarividentes y suficientemente creativos hacemos diagnósticos 'lo que pasa es...", diseñamos estrategias y medios de solución.
b) Después llamamos al niño y le comunicamos sencillamente lo que hemos elaborado. El mensaje es: "hemos pensado que lo que te pasa es esto y esto, y para solucionarlo vas a tener que hacer, etc."
c) El hijo, si tiene un carácter tranquilo y dócil, oye pasivamente lo que le decimos e incluso lo acepta resignadamente... o rechinando los dientes. Si tiene un carácter agresivo puede replicarnos dialécticamente desde su rebeldía; no acepta nuestro "plan" y discutimos terminando con voces y faltas de respeto mutuo.
d) Finalmente se pone en práctica, con diversos grados de aceptación, dicho plan.
Ahora
bien, puede ser que nuestro diagnóstico y plan de acción estén bien hechos, y
en este caso, si logramos que ellos lo acepten, este "método
ejecutivo" resulta ser muchas veces eficaz. Reconocemos que en algunos
casos, sobre todo cuando ellos no quieren dialogar ni entrar en razón, es el
único medio de hacer algo en su favor. El peligro aquí es generalizar el
método y querer aplicarlo a todos los temas y ocasiones. Podría convertirse en
obstáculo o en un camino ineficaz. Veamos:
1) Utilizando este método -que en principio parece razonable y revela una preocupación responsable de los padres- nos acostumbramos a creer que esto es un diálogo, cuando en realidad los hijos no se expresan, no se cuenta con ellos en serio, no nos interesan sus puntos de vista. Quizás por ello muchos niños/adolescentes han acabado pensando "mis padres me lo solucionan todo, pero yo no les intereso nada".
2) Ellos no colaboran en su recuperación, se sitúan en la pasividad, lo cual no es un camino de aprendizaje de la responsabilidad.
3) Cuando vengan los problemas que no tienen receta y que dependen del diálogo, entonces nos encontraremos inermes, sin preparación, sin metodología. Querremos dialogar y no sabremos, o llegaremos tarde porque él o ella ya habrán pasado de nosotros, tendrán ya su mundo aparte.
0 bien sucede que ellos querrían hablar con nosotros, pero no les resultamos dignos de confianza. Todos los niños y adolescentes pasan por situaciones, como de "callejón sin salida"; pequeños o grandes dilemas para ellos, de carácter moral o que ponen en tela de juicio su autenticidad y personalidad, angustias y desorientaciones interiores, frustraciones más o menos profundas. En esos momentos están a punto de estallar. Necesitan expresar y formular lo que les pasa. Miran a su alrededor. Los amigos o colegas de la pandilla no les sirven. Miran a los adultos pero no ven en ellos una actitud de diálogo y escucha que les dé garantía de respeto personal. Son productores de recetas, premios y castigos. Pero no les parecen "dignos de confianza".
(Es una pena que a veces sus problemas personales más importantes no puedan resolverlos "con" nosotros. Los sufren, los digieren de mala manera, se atascan en su camino hacia la madurez, pero no los resuelven bien).
La entrega de "bienes y servicios"
Otro aspecto de la mentalidad ejecutiva es concebir la educación corno una entrega de bienes y servicios. Parece el Estado del Bienestar de la preocupación paterna/materna aplicada a la educación. Toda la obsesión es darle cosas, que esté preparado. Es la mentalidad-intendencia: darle medios, oportunidades, técnicas, un buen colegio, que vaya a Inglaterra a aprender inglés, que aprenda informática, que aprenda judo, que aprenda de todo.
Filosofemos un poco. Evidentemente darle cosas no es tarea fácil tampoco. Hay que tener dinero, saber organizarse y prever las cosas. Pero la "ventaja" sería que la entrega de bienes y servicios no nos compromete como personas. Para "darle las cosas" y pertrecharle como a una unidad de élite, no hace falta luchar por una coherencia personal entre lo que decimos y hacemos; no hace falta escuchar al hijo con empatía; ni hay que estar con tanto cuidado de no ridiculizarle ni utilizar otros falsos esquemas de motivación; ni hay que esforzarse por no desautorizamos padre-madre. Dándoles sólo medios y oportunidades de información-instrucción, nos "libramos" del compromiso de educar.
Ahora bien; educar es ayudar sobre todo a ser persona. Mi hijo puede tener cualidades limitadas, puede no ser muy simpático o inteligente, puede tener incluso defectos físicos, puede ser algo apático y repetir curso... pero hay algo que yo puedo ayudarle a lograr, y es lo principal: llegar a ser persona. Sin embargo, esta aventura difícil y gratificante de ayudar a crecer como persona, no se lleva a cabo si al mismo tiempo el que educa no se implica personalmente en el proceso.
formular a los hijos, cuando pregunten, las razones de ,sus valores y ser testigos de los mismos.
Hemos oído decir con razón a muchos educadores, "mis hijos, o mis alumnos, me han ayudado a mí, a ser persona". Esta expresión es un buen indicio. Los padres que aprenden y maduran con los hijos es porque se han comprometido en el proceso educativo. Han bajado a la arena. Ellos mismos están también luchando por su propia madurez. Porque no es necesario haber alcanzado ya la madurez para poder ser educadores. Ninguno lo seríamos, ni en la familia ni en el colegio. Lo que nos da autoridad moral para educar, no es el ser perfectos, sino el vivir en la búsqueda y es fuerzo por lograr nuestra propia madurez. Esta tensión, que no debería llevar al estrés y a la pérdida del humor, es un válido indicador de que no nos limitamos "ejecutivamente" a dar recetas, bienes y oportunidades de formación, sino que nos comprometemos e implicamos en la aventura de educar.
En la educación familiar este compromiso educativo tendría un efecto feed back que nos llevaría lentamente, con serenidad, a replantearnos algunas cosas como: - clarificar la vida afectiva de la pareja o reconstruir lo' más posible la amistad mutua; - vivir con un mínimo de serenidad, sin excesivos nervios, controlándonos en beneficio de un clima familiar soportable; - clarificar la propia ideología ética, humana, religiosa, para poder formular a los hijos, cuando pregunten, las razones de sus valores y ser testigos de los mismos.
Todo
esto se diferencia y complementa bastante de la mentalidad ejecutiva que imparte
diagnósticos, diseña planes de acción, se obsesiona por entregar bienes y
servicios, o dar oportunidades. Es algo más complejo, por supuesto más
difícil, que merece verdaderamente la pena y que puede dar sentido a la vida.
Poco a poco, el educador que se adentra así en este oficio empieza a darse cuenta de que, para educar a los hijos o alumnos, no hasta decirles lo que tienen que hacer o criticarles lo que han hecho mal, o buscar solución a sus problemas; aunque hay que hacer algo de todo esto. Entenderá que educar, consiste sobre todo en observar, escuchar, tener ilusión, clarificar mis ideas y razones, aceptarles y quererles como son. Caerá en la cuenta de que educar no es un juego o una técnica para obtener objetivos a corto plazo, sino un proceso de implicación personal.
También verificará un hecho interesante; que a veces la obsesión por alcanzar "los objetivos" le impide estar a gusto y disfrutar de los hijos; le lleva incluso a romper el diálogo y la comunicación, y por lo tanto a destruir la capacidad de influencia; le conduce a vivir en familia como con relaciones diplomáticas tirantes, (nunca "está el horno para bollos") creando una tirantez que castiga a todos a no hacer hogar, no hacer momentos felices, porque "estamos oficialmente disgustados".
Efectivamente, la educación por objetivos y fechas de consecución olvida que la relación padres-hijos no es sólo relación de eficacia; sino de gozo, disfrute y comunicación-confianza. Porque en esa relación es donde se transmite autoestima, satisfacción afectiva, enumere afectiva. Un adolescente efectivamente "lleno", es un adolescente "prevenido"... con capacidad de no dejarse llevar de la relación sexual inmadura y temprana, de la ruta del alcohol o la droga, de todo tipo de evasión cuya clave interpretativa es siempre la de un vacío afectivo.
La "mentalidad ejecutiva", por consiguiente, con sus estrategias de análisis del caso y entrega de medios u oportunidades de aprendizaje, tiene aspectos positivos, pero ha de practicarse con cuidado.
Hay peligros. Existe el riesgo de reducir la educación a tales estrategias olvidando que la educación consiste sobre todo en una relación personal empática y en un compromiso de los propios educadores con los valores y sentido .de la vida que son la clave de ayudar a la madurez y a la libertad responsable.
Sugerencias para el trabajo en grupos
Se trata de reflexionar sobre la mentalidad ejecutiva, comunicando experiencias personales de la vida diaria familiar.
Metodología
1. Reflexión individual sobre las cuestiones que indicamos a continuación (5-7 minutos)
2. Comentario de lo reflexionado en pequeños grupos, con las dos personas que tengo a mi lado (minigrupos simultáneos de 3 personas) (5-7 minutos).
3. El Conductor abre un diálogo o discusión dirigida ton todo el grupo (unos 45 ó 60 minutos).
3.1 Quizás es interesante concentrarse en primer lugar sobre los puntos A, B y C que tienen relación entre sí. Se realiza un turno de intervenciones. Se ruega que las intervenciones no sean largas; si alguien tiene varias cosas o aspectos distintos que contar, es mejor dejar algo para la segunda intervención. El Conductor ofrece naturalmente una nueva oportunidad de completar o añadir experiencias.
3.2 A continuación el Conductor invitaría al grupo a comentar los puntos D y E, procediendo de la misma manera.
3.3 Finalmente se establecería una discusión abierta acentuando acuerdos o desacuerdos, opiniones divergentes, cuestiones difíciles lanzadas al grupo ...
Cuestiones o puntos de reflexión:
A) ¿Tomamos habitualmente las decisiones sobre nuestros hijos sin contar verdaderamente con ellos? ¿Llevamos en realidad la decisión ya tomada?
B) ¿En qué momentos, asuntos u ocasiones me ha resultado más oportuno llevar yo la decisión elaborada y tratar, de que mi hijo/a la acepte? Cuando veo claro el asunto y tomo yo la decisión sin previa participación, ¿sé "venderles" a mis hijos dicha solución?, ¿o la impongo sin más?
C) ¿En qué otras ocasiones me ha dado resultado proceder más cooperativamente bus- cando juntos la solución? ¿Qué oportunidades les he dado de cooperar en su propio proceso de orientación y mejora de comportamientos y actitudes? ¿Qué condiciones han hecho posible y eficaz este modo de proceder?
D) ¿Estamos preocupados por nuestra propia clarificación de ideas o criterios éticos, religiosos? ¿Cómo podríamos avanzar en esta línea?
E) ¿He sentido que estoy aprendiendo de mis hijos? ¿Qué es lo que me enseñan? ¿En qué sentido me han estimulado en mi propio proceso de madurez?
