¿Exigir para ayudar a la madurez?

Por Fernando de la Puente
revista Padres y Maestros, No. 252, marzo 2000

En los temas anteriores de la Escuela de Padres hemos estado desarrollando el siguiente esquema; educar es ayudar a la madurez, no imponiéndola sino motivándola, pero hay ciertas actitudes, estilos o recursos que de hecho nos impiden realizar eficazmente esta ayuda.

La madurez se promueve a través de diversas estrategias como son la motivación, la experiencia, la alabanza, el diálogo, la censura y la sanción, la creación de hábitos, el establecimiento de normas y límites, etc.; y de todo esto trata la Escuela de Padres, juntamente con el estudio de la sociedad actual y sus mensajes, el contexto inmediato de las amistades, tiempo libre, etc.

Pero para poder llevar a cabo estas estrategias, nos parece muy importante reflexionar y eliminar ciertas actitudes que en la práctica bloquean el proceso de crecimiento y madurez de nuestros hijos y alumnos. En el temario de este año estamos desarrollando estos impedimentos, lo que no habría que hacer en educación. Así, hemos analizado las ilusiones ocultas, los esquemas ambiguos de motivación y la falsa mentalidad ejecutiva. Hoy vamos a reflexionar sobre la educación blanda y el chantaje afectivo.

El chantaje afectivo

Es la amenaza directa o indirecta de los hijos de castigar a los padres con retirarles su amistad, cariño y comunicación, cuando éstos les exigen unos mínimos de orden, trabajo, colaboración. Dicen que el chantaje afectivo está a la orden del día y que surge en la primera infancia, cuando el niño consentido dice "si no me das esto, no te quiero, me enfado contigo, no como, no estudio, etc."

Son amenazas que hacen tambalear la firmeza de muchos padres porque temen fracasar afectivamente con los hijos, perder su amistad y cariño. "Si no le concedo esto, si soy firme, se me distancia". Esto se mezcla además con los celos entre el padre y la madre porque los hijos saben jugar a refugiarse en el otro para intensificar el chantaje. A veces incluso hacen de la necesidad virtud y formulan una filosofía educativa a espaldas de la firmeza: "lo que me preocupa es que me quieras y que disfrutemos de una convivencia agradable; ya tendrán suficientes dificultades en la vida". No son blandos por principio sino por miedo a perder el cariño, por la propia inseguridad afectiva.

El chantaje es más frecuente y profundo cuando hay ruptura afectiva en los padres o educadores, y en general cuando no hay acuerdos mínimos sobre el modo de educar y exigir. Para no ser blandos hay que estar unidos y de acuerdo. "Si yo (el padre) hago de malo y ella (la madre) hace de buena" o al revés, y en general, si no nos ponemos de acuerdo, terminaremos cediendo al chantaje afectivo. Si en un colegio los profesores no se ponen de acuerdo en el modo de establecer una disciplina, al final nadie querrá hacer de "ogro", y todos serán víctimas del chantaje afectivo. La norma sería: el desacuerdo en los educadores aumenta proporcionalmente la predisposición al chantaje afectivo. Los niños son "ojo avizor para sacar ventajas.

Esto nos lleva de la mano a otro gran impedimento de la educación hacia la madurez que es la blandura educativa.

La educación blanda.

Consiste en dar todo y exigir poco o nada. Facilitar demasiado las cosas. No acostumbrar a superar dificultades. Hacer creer al niño que la vida es un supermercado en el que basta ver, apetecer y llevarse las cosas para después tirarlas fácilmente.

¿Nos cuesta quizá verles sufrir, que tengan necesidades y deseos insatisfechos? ¿Nos horroriza verles desilusionados? "Le apetece, le hace ilusión..." No cabe duda que existe en todo esto un contagio social. Lo vemos en el ambiente, lo imitamos, nos molesta que nuestros hijos se queden atrás en algún deseo insatisfecho, "pueden acomplejarse..."

Sin embargo, todos los autores señalan que la blandura es mala, no fortalece la personalidad y desorienta, crea inseguridad. Peter Blos, psicoanalista de Nueva York (TIME, 1983) había dicho "Los padres, no deben dejarse intimidar por el apelativo de autoritario o dictador; hay que hacer frente a los pretendidos ‘derechos’ de los hijos; saber poner límites y afirmar las propias ideas y valores; el antagonismo y la confrontación entre padres y adolescentes es incluso necesaria". Sin conflicto no hay crecimiento. Lo que no choca contra algo no se endurece. Los árboles del valle son blandos, sus maderas se doblan fácilmente pero no sirven para sostener grandes pesos y/o resistir empujes. Los árboles de los montes son maderas resistentes, porque han luchado contra viento y marea, contra los elementos de la naturaleza y tienen sus raíces hundidas entre las rocas.

Verdaderamente es una pena actuar blandamente, no exigir las cosas cuando son niños aún y se pueden crear hábitos fácilmente, porque no ha surgido aún la rebeldía profunda. Es una lástima no decir "no" a tiempo, consentir contestaciones (da vergüenza ajena presenciar las contestaciones en público a los padres); atiborrarles de todo, darles todos los caprichos. De 5 a 10 años es el tiempo de la creación de hábitos, de dar razones claras, sencillas, verdaderas (no superficialidades o mentiras improvisadas). Si se deja crecer la raíz del consentimiento, luego es un drama arrancarlo.

La sociedad democrática actual es ambigua. Por una parte es blanda y consumista, y parece que facilita todo; pero por otra es durísima porque obliga a una gran competitividad y por lo tanto a una capacidad de superar dificultades, llevando a cabo un gran autodominio y creatividad. En todo caso a los niños y jóvenes de hoy, como a los de todos los tiempos, se les pide prepararse para superar dificultades, luchar por defender sus ideas, ser perseverantes en sus aficiones, trabajo y relaciones sociales.

El camino de la educación blanda y consentida es probablemente un camino de fracaso y frustración. Educar es exigir. Pedir esfuerzos gradualmente, según la edad y fuerzas de cada niño, pero estimularles a dar lo más de sí mismos. No sólo para competir con otros sino, desde un punto de vista humanista-cristiano, para desarrollar los talentos que hemos recibido de Dios, de la vida, y ser más útiles a la sociedad.

La comprensión y los derechos del niño

Esta exigencia es perfectamente compatible con la comprensión. Comprender no significa transigir, "lo cortés no quita lo valiente". Poner límites no quita la comprensión ni el amor, ni significa ser hosco o distante. Se pueden cuidar las formas, el respeto y el cariño cuando hay que decir "no". Pero es necesario tener ideas claras como educador. Quien está seguro de lo que quiere en educación, puede decir "no" con amabilidad y serenidad.

La exigencia amable implica respeto, lo que supone no insultar, ni humillar a la persona especialmente en público (los "no" es mejor decirlos en privado). Implica también el esfuerzo de la empatía, pues para que el "no" sea educativo y constructivo es preciso escuchar al hijo/(a, captar su percepción, su necesidad, su marco de referencia personal.

¿Es un drama negarles cosas de vez en cuando? ¿Violamos quizás los "derechos" del niño? ¿Cuál es el verdadero derecho del niño, su mayor "necesidad" aunque él no sepa expresarla? Para crecer en madurez los niños necesitan sobre todo afecto y firmeza, y estos son sus "derechos" primordiales. El verdadero drama de un niño es que sus padres no tengan ilusión por él. No es un drama que no le compren esto o no le lleven a tal sitio. También puede ser un drama que le consientan demasiado y le mimen, que no tengan suficiente firmeza con el.

No hablemos naturalmente del otro extremo, que sería el "no" por sistema, la sequedad, la distancia; o la carencia de cierto ambiente agradable y alegre en el hogar; o el "no" duro y autoritario, que no escucha ni da razones, que nunca es flexible.

La renuncia y la austeridad

Hoy en día es urgente promover la renuncia como un valor. Esto significa que la renuncia se pide por un ideal, algo moralmente bueno. Si pedimos por ejemplo la austeridad de cosas y caprichos, lo haremos siempre a condición de una compensación moral, la satisfacción de un crecimiento humano, especialmente la felicidad de ser útiles a los demás.

El Dr. Le Moal dice: "Debemos aprovechar algunas ocasiones que se nos presentan para solicitar renuncias al niño: en forma progresiva (según su evolución); y pidiéndoselas siempre en nombre de un valor altruista (hacerle ver que puede hacer un bien a alguien); o bien por una superación de sí mismo (animándolo a ser fuerte, valiente, seguro de sí, capaz de fuerza de voluntad)". Toda renuncia educativa lleva consigo por lo tanto una compensación afectiva y moral. No reciben el regalo apetecido, pero ganan una mayor identificación afectiva con sus padres. Colaboran con sus padres y sienten satisfacción por ello. Ayudan a su hermano en sus estudios y ese "sacrificio" les hace sentirse útiles, hacen algo importante.

Acerca del tema de la exigencia y la renuncia, hay un principio educativo muy interesante que formularíamos así, "dales siempre lo que necesitan, pero no siempre lo que te piden". Lo que necesitan es afecto, seguridad, aceptación, escucha, autoestima, autosuperación, etc. Si les proporcionamos lo que necesitan, tendremos fuerza moral para no darles siempre lo que nos piden.

Por esta razón, cuando no existe convivencia ni se logra crear un ambiente de comunicación con los hijos, por falta de tiempo o problemas diversos, los padres suelen "compensarlo" dándoles cosas y diciendo que "sí" a todos sus caprichos. Tienen gran dificultad en decir "no" y elevar el nivel de exigencia. Habría que estar vigilantes. Evitar en lo posible estos falsos caminos o extraños chantajes afectivos con los que nos buscamos a nosotros mismos en vez de ayudarles sinceramente en su proceso de madurez.

Sugerencias para el trabajo en grupos

 

Metodología

1. Reflexión individual sobre uno de los dos Recursos que se indican a continuación (5 minutos aproximadamente).

2. Comentario en pequeños grupos, con las dos personas que se tienen al lado, minigrupos simultáneos de 3 personas. (5-7 minutos aproximadamente).

3. El conductor de grupo abre un diálogo o discusión dirigida con todas las personas (45 minutos aproximadamente).

Recurso 1

El caso del carrito

Hemos dividido la narración en secuencias o "versículos" para facilitar el análisis de cada uno de ellos.

(1) Un niño (7 años) estaba con su madre haciendo cola ante la caja de unos grandes almacenes. Llevaba el carrito en el que habían puesto los paquetes. Lo movía nerviosamente hasta que le dio un golpe en el pie a una señora que estaba a su lado.

(2) Su madre, con una sonrisa de circunstancia, le dijo: "No le des con el carrito a esa señora que le haces daño".

(3) El niño esbozó una sonrisa, siguió haciendo lo mismo y volvió a golpear a la señora otra vez.

(4) La madre, que estaba hablando en la cola con una amiga, cuando oyó la voz de protesta de la señora, volvió a decirle con toda calma "niño, ya te he dicho que no muevas el carrito".

(5) El niño volvió a ignorar la advertencia de su madre y siguió amenazando los tobillos de la señora hasta que ésta, muy molesta, decidió apartarse de su lado.

(6) Otras personas que estaban viendo la escena pensaron cada uno para sí:

- "Si el niño fuera mi hijo le habría dado unos azotes".

- "Si el niño fuera mi hijo, le prometería que si se estaba quieto le compraría un helado muy grande a la salida".

- "Si el niño fuera mi hijo, le diría que si no dejaba de hacerlo le llevaría al coche y le dejaría allí hasta que yo terminara de comprar; y desde luego lo cumpliría".

Preguntamos:

a) ¿Qué te parece, educativamente hablando, la conducta de la madre en (2) y (4)? ¿Qué puede significar como estilo educativo?

b) ¿Qué te parecen las soluciones que aportan las otras personas?

c) ¿Qué harías tú en ese caso? ¿Cómo lograrías ser eficaz, consiguiendo que el niño se mantenga dentro de unos límites, y al mismo tiempo ser constructivo, procurando que el niño aprenda algo sobre el respeto a las personas?

d) ¿Cómo relacionas este caso con la temática de la charla acerca de la educación blanda?

Recurso 2

Un sencillo cuestionario

a) ¿Cuáles son los chantajes afectivos más frecuentes de mis hijos? ¿Cómo los expresan? ¿En qué circunstancias y con qué motivos?

b) ¿Por qué temo exigir o negar cosas a mis hijos? ¿Me da miedo hacerles sufrir? ¿Temo que se distancien afectivamente de mí?

c) ¿Es cierto que la falta de tiempo y convivencia nos lleva a compensarles con premios y caprichos innecesarios?

d) En la práctica, ¿exigimos renuncias y esfuerzos por un ideal o un valor moral? ¿cómo lo formulamos? (Aportación de experiencias).