Cómo ayudarles a clarificar sus problemas
Por Fernando de la Puente
Revista Padres y Maestros, No. 265, enero 2002
![]()
Dijimos
en la charla anterior que el diálogo conversación no pretende lograr nada a
corto plazo. Conversar es buscar juntos, distendidamente, unas orientaciones,
unos valores, un caer en la cuenta de situaciones y sucesos. No busca un logro
eficaz a corto plazo, y en esto se diferencia del diálogo-negociación o la
comunicación que ordena conductas, pone límites.
Influir educativamente sin poner plazos
Ahora bien, toda acción educativa necesariamente está orientada a un objetivo, al menos a medio o largo plazo. También la conversación educativa es intencional, aunque sea empática, respetuosa con el ritmo de clarificación y maduración del educando.
Busca influir pero sin manipular ni asediar a la persona. Una buena conversación ayuda a niños y adolescentes a ver su situación de otra manera, re-enfocar sus criterios, valoraciones de las cosas.
En este sentido podemos decir que la conversación relajada y respetuosa con la libertad personal, busca unos objetivos a medio y largo plazo por vía de influencia, de amistosa persuasión. En un nivel profesional se trataría del counseling no directivo que busca un cambio terapéutico profundo, pero es posible y beneficioso realizar también una conversación donde se practica la escucha sincera y el consejo sugerente. Lo hacemos con un amigo y lo podemos hacer como padres y educadores.
Una de las formas más interesantes de este diálogo-conversación es la que intenta ayudar a los hijos a clarificar un problema o situación. Naturalmente si el problema es inminente y el peligro importante, además de esta conversación amistosa, los padres o educadores probablemente deberán tomar decisiones inmediatas, o a corto plazo, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro interlocutor es moral y legalmente menor de edad. Hay asuntos que requieren una intervención más directiva (mandar, prohibir, aplicar remedios de urgencia), lo cual no impide intentar un proceso de interiorización y maduración personal.
Veamos un ejemplo de conversación familiar en la que podemos verificar, en vivo, cómo se aplican aquellas respuestas o reacciones expuestas en la charla anterior, cuando hablábamos de nuestras respuestas tranquilizadoras, comprensivas, valorativas, interrogativas, interpretativas y de consejo (aconsejamos releer las descripciones que se hicieron sobre este tipo de respuestas en el artículo anterior).
"Mamá, me voy a quedar sin amigas"
He aquí una escena sin importancia, un diálogo "normal" que, puede suceder en cualquier casa entre una madre y una hija.
CRISTI (9 años): Mamá, Tere se marcha por fin a vivir a otra ciudad...,- voy a quedarme sola.
MADRE: Bueno, hija, no te preocupes, ya encontrarás otra amiga.
CRISTI (con ganas de llorar): No, eso no será verdad. Cuando se marche Tere no encontraré otra amiga con la que salir y hablar.
MADRE: No exageres, Cristi, estoy segura que pronto encontrarás otra amiga que se entienda contigo, igual o mejor que Tere.
CRISTI (triste y compungido): No, mamá. No volveré a ver a Tere y me quedaré sola; ya lo verás.
MADRE:
Oye, Cristi, por favor, no te pongas a llorar ahora como una cría de tres
años... por un problema tan pequeño. (Cristi mira a su madre
fríamente, crispa imperceptiblemente los puños y se da media vuelta).
Como vemos la madre comienza con respuestas tranquilizadoras y continúa afirmando consejos en los que transmite soluciones "por real decreto". No comprende el sentimiento y punto de vista de la niña y termina echando en cara que su situación le parezca un problema tan grande. Pensamos que, generalmente, con estas actitudes se va deteriorando gradualmente la confianza y la comunicación.
Veamos ahora lo que pudo haber sido esta escena sin importancia, si se practica la comprensión y el respeto al sentimiento, antes de formular respuestas tranquilizadoras, valorativas y de consejos-receta.
CRISTI: Mamá. Tere se marcha por fin a vivir a otra ciudad.. Volveré a quedarme sola.
MADRE (tomando en serio el sentimiento de la niña, pero sin pretender solucionar su problema): Te cuesta mucho que se vaya, ¿verdad? Estaban tan unidas ...
(Respuesta reflejo o comprensiva, como expresión natural de la escucha activa o empatía que trata de ponerse en el lugar del otro)
CRISTI (con ganas de llorar): Ahora que nos conocíamos tanto y éramos tan amigas...
(Expresa más vivamente su problema) MADRE: Lo sientes mucho, ¿verdad, hija? (Continúa reflejando comprensivamente el mensaje de la niña)
CRISTI: Sí, y ya no tendré otra amiga; ya lo verás. (Junto al sentimiento aparece un dato interesante: la inseguridad sobre su capacidad de amistad. La respuesta comprensiva facilita la comunicación)
MADRE: Temes quedarte sola y no encontrar otra niña que hable y salga contigo, ¿no es así?
(Refleja clarificando más el problema, en vez de huir de él, tapándolo con tranquilizaciones baratas)
CRISTI: Estoy segura que no la encontraré, ni en el colegio, ni en ninguna parte.
(Profundiza más en el problema. No ve salida, su inseguridad social es grande)
MADRE: ¿Crees que te resultará totalmente difícil encontrar en el colegio alguna nueva amiga?
(Pone suavemente en cuestión la visión de futuro de la niña. Es una respuesta interpretativa muy abierta y sugerente)
CRISTI: Es imposible, porque todas tienen ya sus amigas y a mí ni me hacen caso. Y no me da la gana pedirlas nada, ni quiero que se rían de mí.
(De pronto aparece un dato significativo. De hecho estaba aislada y acorralada por las demás niñas, se reían y probablemente la despreciaban. Por eso Tere era su única salvación. Las respuestas reflejo han dado fruto facilitando la aparición de nuevos aspectos del problema)
MADRE: Cristi, hija, siento de veras que estés triste porque tu amiga se marcha; sobre todo por ser la única con quien tenías confianza. Me doy cuenta de que es un problema que te ha salido y nos parece muy difícil encontrar la solución en este momento. Ya sé que te dan ganas de no volver al Colegio pero también sería difícil ahora buscar otro Colegio. Vamos a pensar las dos sobre esto un poco más y volvemos a hablar mañana cuando veas como te ha ido en el Colegio. ¿Te parece bien?
(La madre no considera oportuno buscar ahora más datos ni ponerse a interpretar por qué las otras niñas no la estiman. La niña está muy afectada, y ella misma por otra parte tiene prisa. Le insinúa suavemente que la solución quizás no va a pasar por buscar otro Colegio. Prefiere dejar el asunto para un segundo momento mientras se serena el problema y ambas pueden pensar mejor en ello)
. CRISTI: No sé, ahora desde luego no tengo ganas de volver al Colegio. (Lo dice sin menos agresividad o cerrazón, se despiden con un beso).
(La situación ha quedado abierta, pendiente de un nuevo diálogo. La confianza no se ha roto)
Resultados
de este diálogo positivo
Desde luego, no está resuelto el problema, ni podemos pretenderlo. Tampoco la niña esperaba una receta mágica en ese momento.
La niña se ha sentido comprendida y aceptada en sus sentimientos (aunque no se le acepta el deseo de dejar el Colegio). Por lo tanto, sale de la conversación más segura de sí misma, con menos ansiedad respecto a su problema de sociabilidad. Se ha realizado una buena relación afectiva, que sin duda ha fortalecido los lazos de confianza y amistad entre las dos.
La madre ha aprendido algunas cosas interesantes sobre su hija, que antes no sabía. Parece como si la niña tuviera una imagen negativa de sí misma: no me hacen caso, no quiero que se rían de mí. ¿Siente que cae mal a los demás? Su problema de relación social, ¿podrá afectar al interés y esfuerzo en las tareas escolares? ¿Qué opinarán de ella los profesores, o incluso las compañeras? ¿Se habrán burlado de ella cruelmente alguna vez? ¿Será demasiado orgullosa, de modo que, si no llama la atención claramente, se retira de la relación con los demás? La madre se hace estas preguntas y espera con interés la siguiente conversación con su hija. Al mismo tiempo considera necesario recoger los datos que le puede aportar la tutora del Colegio.
El horizonte no queda despejado aun, pero se ha fortalecido la relación diálogo-confianza y ello ha permitido profundizar un poco más en la situación. Ha sido un diálogo positivo; o sea, educativo.
Se ayuda más a un niño o adolescente, mostrándoles que se comprende su situación, que intentando darle inmediatamente una solución prefabricada por nuestra "experiencia de la vida". Apreciar los sentimientos y experiencias de los niños es apreciarles como personas, lo cual no significa aceptar comportamientos. La permisibilidad y blandura es también una forma de indiferencia y falta de aprecio.
Nuestra ansiedad y las falsas reacciones
A veces, los problemas de los hijos nos crean más ansiedad a nosotros mismos que a ellos. Somos más alarmistas que ellos, aunque son ellos los que lloran, se desesperan y son más radicales en sus expresiones. No es raro el temor de muchos padres de creer que la vida va a repetirse fatalmente de nuevo y que el fracaso que yo tuve o tuvo alguno de los míos, se va a reproducir en los niños, presintiéndolo de alguna manera. Pues bien; como nos alarmamos, tendernos a taparles la boca, negando sus sentimientos, interpretándolos a nuestro gusto, o "tranquilizándolos falsamente" con frases proféticas. Pero en realidad, nos estamos tranquilizando a nosotros mismos. En vez de atenderles a ellos estamos preocupados con nuestros sentimientos. Pero lo que ellos necesitan es que les ayudemos a comprender y resolver sus problemas, no los nuestros.
"No se me dan bien las Matemáticas"
Veamos otro ejemplo en positivo de una conversación que pretende ayudar a ver constructivamente un problema, en este caso escolar.
JAIME (1 5 años): Papá, no se me dan bien las Matemáticas.
PADRE: 0 sea, que tú crees que no entiendes o no puedes con las Matemáticas, ¿no es eso?
(Se limita a reflejar la comunicación. Es la respuesta que más favorece al progreso del diálogo, si se hace con pleno respeto y consideración)
JAIME:
Pues sí, no sé... El caso es que no soy capaz de aprobarlas nunca...
(No se anima aún a profundizar en las causas, puede temer el interrogatorio
frío y la sanción paterna; o más bien no se atreve a enfrentarse con la
realidad de sus cualidades intelectuales)
PADRE: No te sientes capaz de entenderlas o dominarlas bien para aprobarlas; no sé si es eso lo que quieres decir...
(Refleja y anima así a profundizar en la situación)
JAIME: Bueno .... entenderlas ... a veces sí, entiendo algo. Pero otras veces no sé, me armo un lío ... y luego, los problemas ... nunca me enseñaron a plantearlos.
(Se mueve aún en el terreno de la excusa pero intenta un esbozo de análisis sincero)
PADRE: ¿Me podrías explicar mejor tus dificultades al estudiar las Matemáticas? Creo que entre los dos podríamos, quizá aclararlo todo un poco más, ¿no te parece?
(Interrumpe el reflejo de la comunicación e inicia una seria investigación a través de una respuesta interrogativa abierta. El tono y ambiente es de respeto y aceptación)
JAIME: Sí, pero no sé si seremos capaces. Por lo menos yo'... estoy muy desorientado con esto.
(Ahora parece que el muchacho es sincero y busca honradamente una orientación)
PADRE: Si quieres podemos ir viendo los diversos aspectos del estudio de las Matemáticas, para ver en qué está la dificultad y si tiene remedio o no, ¿te parece bien?
JAIME: Si .. bueno; de acuerdo.
PADRE: Primero vamos a ver qué pasa con los problemas. ¿Qué tal se te dan? ¿Tienes facilidad para plantearlos ?
(El padre se adentra en el análisis del caso; prosigue el diálogo; el padre pregunta sobre los aspectos del cálculo, la resolución de problemas, la comprensión de la teoría, demostraciones del libro o explicaciones del profesor)
PADRE: Jaime, a veces, de todo esto me da la impresión de que te cuesta entender y practicar las Matemáticas, aunque te esfuerces. Pero otras veces parece que, si no hubieras tenido baches o desánimos, podrías haberlas llevado suficientemente, al menos para aprobarlas. A ti sinceramente, ¿qué te parece?
(Sugiere suavemente interpretaciones acerca de las causas posibles de las dificultades para aprender Matemáticas)
JAIME: Pues la verdad, a mí se me hacen casi siempre difíciles de comprender. Pero también es verdad que no las estudio mucho y que muchas temporadas las he dejado totalmente descuidadas.
(La sinceridad y aceptación de la situación parece más clara)
PADRE: Todo eso hay que pensarlo bien. Hoy ya hemos hablado bastante. Y creo que hemos podido hablar con tranquilidad y sinceridad. Otro día podríamos hablar de nuevo. Mientras tanto, podríamos preguntar al tutor del Colegio o al profesor cómo ven tu situación, qué posibilidades tienes, qué es lo que necesitas recuperar más urgentemente. ¿Te animarías a lograr una entrevista para hablar con él? Luego podríamos seguir tú y yo hablando sobre todo esto.
(El padre prefiere terminar la conversación en este momento en que hay un buen clima de confianza y entendimiento, y buscar más datos por parte del Colegio. Implica al niño en esta búsqueda. Mantiene abierto el diálogo personal con el hijo)
JAIME: De acuerdo; lo intentaré. (Es una actitud positiva y constructiva) Puede parecer una conversación modélica y que ha salido demasiado bien. Es probable que en muchas ocasiones las cosas no discurran tan apacible y constructivamente. Puede interrumpirse el discurso, puede haber bloqueos. Pero en todo caso, el estar atento al reflejo y comprensión de lo que el interlocutor nos comunica, es siempre la mejor manera de empezar y de lograr una actitud más constructiva.
En el próximo artículo desarrollaremos más sistemáticamente el proceso de este tipo de conversaciones cuyo objetivo es clarificar un problema o situación.
Trabajo en grupos
Cuestiones sobre comunicación familiar
Lee estas cuestiones, escoge una o dos, reflexiona sobre ellas y trata de responderlas, individualmente y en grupo:
1. Algunas veces me siento satisfecho/a por haber tenido una charla distendida y agradable con alguno/a de mis hijos/as. ¿En qué circunstancias o situaciones sucedió esto? ¿Qué es lo que favoreció el diálogo? ¿Cómo procedí?
2. ¿Por qué en otras ocasiones no me sale bien dialogar con paz y termino perdiendo los nervios? ¿Qué es lo que hago mal? ¿Quizá el tema de hoy pueda darme alguna clave?
3. Cómo responderla si tuviera un hijo/a entre 6 y 8 años que me hiciera estas preguntas: ¿De dónde viene Dios? ¿Existen los Reyes magos? ¿Qué es un preservativo? (al verlo anunciado en televisión). Es interesante que alguien del grupo aporte también alguna pregunta más o menos difícil de contestar.
Después de pensar cómo responderías, es interesante ver en grupo cuál sería la mejor respuesta a cada una de esas preguntas. (En la próxima reunión indicaremos modelos de respuestas aceptables, sin pretensión de dar recetas).
