Autoafirmación
personal,
conciencia y educación del propio "yo"
Por Fernando de la Puente
revista Padres y Maestros, No. 288, noviembre-diciembre 2004.
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Cómo podríamos definir el "yo"
El "yo" es el aspecto de la evolución personal más básico y central del niño. Cuando a un niño se le pregunta, ¿cuántos años tienes?, te contesta: "yo", seis. Siempre dicen ese "yo" delante. ¿Cómo te llamas?: "Yo", Pepito. Quiere decir que ya están adquiriendo la conciencia del "yo".
Hay muchas definiciones del "yo" en los libros de Psicología. Podríamos decir que es la experiencia de mi identidad como individuo diferente de todo lo demás (yo soy diferente de los demás), y al mismo tiempo integrado y aceptado por los demás (yo soy parte del grupo y me estiman). Siento que soy participante con otros y al mismo tiempo soy aparte de los demás.
Mi "yo" es lo que más queremos; o lo que más odiamos, porque hay gente que no está contenta con su "yo". En todo caso es la fibra más sensible, lo más profundo de mi mismo.
a) Por una parte, el "yo" es el elemento unificador que da continuidad y permanencia al ser humano. Todos vamos cambiando pero el "yo" permanece. Cambian los demás aspectos: nos cambia la voz, la piel, las reacciones emotivas, se despierta la inteligencia, se van modificando las relaciones sociales, el estilo de vida, los gustos... pero permanece el "yo".
El niño va cambiando. Ya no se porta como un niño, ahora es ya un adolescente. Cambian y se desvanecen sus crisis. Las cosas de niño van desapareciendo; pero sigue un misterioso yo ahí, permanente en la persona.
b) Por otra parte, hay una identidad que dice: yo soy aquel o aquella de hace 20 años. Cuando voy a sitios donde estuve en mi infancia percibo que es verdad, que yo estuve allí cuando era niño; aunque a veces dudamos, ¿eso me pasó a mí? ¿fui yo?
Cuáles son los componentes del "yo"
a) Hay un componente mental. Yo sé que soy capaz de pensar por mi cuenta. Soy consciente de mis cualidades y atributos fisicos (mi estatura, mi cara, mi volumen...), aunque quizás no esté muy contento de ellos. El niño no es muy consciente de todo esto ni lo valora; el adolescente empieza a valorarlo, a veces negativamente, y le atormenta su cuerpo, lo siente desgarbado, feo, no armónico, etc.
b) Hay también hay componente afectivo. Me siento o no, a gusto con mi "yo". Como sabemos, los sentimientos emergen con naturalidad, no están sometidos al dominio de la voluntad. Dicen que el pájaro vuela, el pez nada y el ser humano siente. Los sentimientos son algo primitivo, innato, un componente afectivo que hace sufrir a veces a las personas.
c) El componente evaluativo es la capacidad de observarse a si mismo con aprobación o desaprobación. A veces es una mirada global a toda la persona, otras veces a un aspecto concreto (la inteligencia, la simpatía, la habilidad física...). Esta aprobación o desaprobación influye en el auto concepto o autoestima de la persona.
d) En cuarto lugar, están las actitudes estables del "yo". Cuando las evaluaciones del "yo" se repiten constantemente y me sigo juzgando una y otra vez como torpe para relacionarme con los demás, o torpe intelectualmente, se van formando los rasgos obstinados del "yo", que se aferran a esa evaluación. Hay como una tendencia interior a mantener y defender esa evaluación aunque esté basada en suposiciones falsas.
e) Finalmente, nos encontramos con el componente inconsciente: experiencias anteriores que no nos gustan y hemos reprimido. Un niño puede tener odio hacia uno de sus hermanos o hacia uno de sus padres; y como su sensibilidad moral incipiente no le permite aceptar todo eso, lo reprime.
Por lo tanto, el "yo" es algo interesante y complejo: tenemos un "yo mental", un "yo afectivo", un 'yo valorativo ", un 'yo obstinado ", un 'yo inconsciente ". Y por si fuera poco, ese "yo" tan complejo va evolucionando, cargándose de experiencias, de valoraciones... desde los cero años.
¿Hacia dónde se dirige la evolución del
"yo"?
Hasta llegar al equilibrio de una sana identidad, hay un largo camino que recorrer, un proceso que se fragua muy lentamente de 0 a 23-28 años.
1) Hay una situación inicial: el niño al principio es totalmente dependiente de sus padres, no llega incluso a diferenciarse del ambiente que le rodea; está como ensamblado con su madre.
2) El punto final es el "yo" maduro: una autonomía sana, capaz de tomar decisiones por su cuenta, con responsabilidad en las propias acciones; y al mismo tiempo diferente de los demás. Yo no soy los demás, pero yo soy capaz de pensar y decidir por mi cuenta.
Se trata de un juego de dos necesidades, algo importante que los padres deben tener en cuenta para contrarrestar desequilibrios: la necesidad de afirmación del propio "yo" y la necesidad de estimación o aceptación por parte del grupo social (la familia, los compañeros de la clase, los amigos, esos grupos de actividades pastorales, deportivas...). La relación equidistante de estas dos necesidades íntimas puede favorecer o dificultar la evolución satisfactoria del propio "yo".
Si las exigencias de la familia y del grupo de amigos se mantienen dentro de ciertos límites, entonces se favorece el equilibrio, una legítima autonomía y capacidad de independencia del niño.
Cuando esa evolución no corre hacia delante, por una mala interacción de estas dos necesidades, tenemos los niños difíciles del "yo":
- Vemos niños con poca capacidad de afirmación de si mismos, poco contentos consigo mismos, quizás un poco acobardados, con poca capacidad de tomar decisiones e iniciativas. Estos niños o adolescentes andan como despersonalizados, escondiéndose en sus padres o hermanos mayores. Quizás se les ha educado con excesiva dependencia o no se les ha estimulado para que piensen, actúen y decidan por su cuenta.
- Vemos también niños o adolescentes excesivamente independientes e individualistas, quizás por reacción agresiva frente a una envidia mal superada o a una inconsciente marginación afectiva de los padres; o bien por un exceso de educación competitiva y un defecto de educación en valores de integración y solidaridad. En próximas charlas iremos viendo más despacio esta evolución desde los 0 hasta los 18 años.
Las ideas obstinadas del "yo"
Como dijimos, todos tenemos la capacidad de observamos a nosotros mismos, con aprobación o desaprobación. Puede ser una desaprobación general de toda la persona o una desaprobación en un aspecto parcial. A veces este aspecto es tan importante para el niño o adolescente que invade a todos los demás y se convierte en desaprobación de toda la persona. Un fracaso en relaciones sociales de un adolescente, le lleva a pensar "me pasa algo, no soy normal". A veces esta desaprobación general está provocada por los padres, al insistir obsesivamente en las calificaciones escolares ignorando las demás cualidades positivas de la persona. Son los padres los que le ven globalmente mal y trasmiten esa desaprobación total de la persona.
Lo peligroso es que estas evaluaciones negativas se convierten en ideas obstinadas del "yo", que otros llaman ideas irracional es, o ideas fijas que tenemos sobre nosotros mismos.
Como dijimos anteriormente, estas ideas fijas a veces se producen contra toda evidencia. Un niño cree que es incapaz de discurrir en Matemáticas, pero resulta que tiene una capacidad normal. Se aferra tanto a esa autovaloración que prefiere estar equivocado antes de dejar de pensar eso de sí mismo. De tal manera que si un día le salen bien las cosas, dice que es por casualidad, o que es un buen profesor que le trata benévolamente. No puede creer que él ha sido capaz de plantear y resolver bien un problema difícil.
Sucede lo mismo en los deportes colegiales. Conocí a atletas escolares que no lograban, por ejemplo, saltar una valla de 1 '60 metros y que al sentir esto como idea obsesiva negativa, terminaba no siendo capaz de saltar ni siquiera 1 '20 metros, cuando él podría saltar bien hasta 1 '50. Niños, que por no lograr notas altas, no llegan ni siquiera al aprobado y se hunden en un desastre académico generalizado.
¿Cuál es el origen de esta falsa imagen del "yo" en los niños? Quizás se crearon excesivas expectativas acerca de ellos y se sintieron obligados a dar una cierta talla ante los demás (un par de actuaciones inteligentes hicieron pensar a los padres "me ha tocado un genio en la familia"). O también, pudieron existir envidias o celos profundos de uno u otro hermano, y una especial vergüenza de competir con él. Los niños excesivamente elogiados en solitario o en comparación con los otros hermanos, pueden intentar llevar a casa unas notas que no le corresponden. Sucede sobre todo cuando llegan a Secundaria porque en Primaria, con un poco de interés, le resulta más fácil lograr éxitos.
Las experiencias anteriores olvidadas o
reprimidas
Como dijimos, hay una serie de experiencias y sentimientos que han sido reprimidos porque no eran tolerables para la sensibilidad moral incipiente del niño (odio hacia el hermano pequeño o aversión hacia uno de los padres). El problema es que estas experiencias reprimidas están influyendo de un modo inconsciente sobre sus reacciones y sobre la idea que tiene de sí mismo; por ejemplo, un sentimiento difuso de culpabilidad que está produciendo una imagen negativa de sí mismo, "soy malo ", pero no sabe por qué.
Cuando vemos que una reacción, un efecto, es mayor que la causa, es sencillamente porque la causa aparente no es toda la causa real. Si ves a un niño profundamente herido por una cosa sin importancia, una crítica suave, probablemente es que esa crítica ha puesto en movimiento sentimientos muy profundos que hay ahí reprimidos, olvidados: sentimientos de inferioridad, heridas sin cicatrizar instaladas en su sensibilidad y la consiguiente evaluación negativa de sí mismo, etc.
Nos pasa también a los adultos, que por cierto estamos también en la misma lucha por la madurez y la normalidad. Tenemos cosas negativas, olvidadas en etapas de nuestra vida, o épocas en que nos calificábamos negativamente, en el terreno moral, intelectual o social. Cosas olvidadas en un baúl que tiene todavía la cerradura abierta, o una rendija por la que deja escapar su influencia en nuestras reacciones y sentimientos.
Necesidades Íntimas del "yo" y reacciones de la familia o el grupo
Como dijimos, la evolución normal del "yo" depende de un equilibrio entre dos necesidades básicas: la necesidad de afirmarme como independiente y responsable, y la necesidad de que me estimen, que me acepten en un grupo (familia, compañeros de clase, amigos de fin de semana, grupos deportivos, paraescolares, cristianos).
Hay padres que parecen esforzarse por evitar que el niño sea independiente y responsable, intentando protegerle demasiado. Otros son atosigantes, rígidos. Hoy día no existe autoritarismo de mandato y exigencia, pero sí existen padres muy perfeccionistas, angustiosos, que creen que cualquier dificultad es un drama. Esta angustia puede no dejar espacio suficiente a la libertad, algo conveniente en una sociedad que requiere personas con asertividad, capaces de afirmar sus opiniones y decisiones ante los demás, decir no a libertad sexual, a la droga, al alcohol, a un estilo de vida irresponsable.
La familia no atosigante, no rígida ni autoritaria, deja opinar, toma en consideración al niño, le da importancia, fomentando un sano "yo" independiente y seguro de sí mIsmo.
Cuando el grupo de adolescentes tiene un líder absorbente que ridiculiza a los que no se someten a sus leyes, se produce un desequilibrio entre la pertenencia al grupo y la independencia del "yo". A veces es recomendable sacar de ese grupo al niño inseguro y poco afirmativo, y buscarle otros grupos de pertenencia más fáciles (grupos de actividades culturales, humanitarias, deportivas de los colegios, parroquias y otras instituciones).
Los padres deben estar atentos a que los hijos vayan creciendo con equilibrio entre esos dos polos: estar con los demás y tener personalidad diferente. Hemos desarrollado en charlas anteriores lo relativo a la madurez social, el "estar con". Veremos más adelante cómo fortalecer el "ser independiente" con equilibrio, es decir, la sana asertividad.
En todo caso, lo importante es la imagen que estamos dándoles con nuestros hechos, más que con nuestras palabras. En este sentido, es muy relevante la "anécdota del eco" que un amigo me ha enviado por e-mail (no sé quién es el autor).
Un niño y su padre, estaban caminando en las montañas. De repente, el hijo se cae, se lastima y grita: Aahh! Para su sorpresa oye una voz repitiendo en algún lugar de la montaña: Aahh!
Con curiosidad el niño grita: ¿Quién está áhí? Recibe una respuesta: ¿ Quién está ahí?
Enojado con la respuesta, el niño grita: Imbécil. y recibe de respuesta: Imbécil.
El niño mira a su padre y le pregunta: ¿Qué sucede? El padre, sonríe y le dice: Hijo mío, presta atención. Y entonces el padre grita a la montaña: Te admiro. y la voz responde: Te admiro. De nuevo, el hombre grita: Eres estupendo. y la voz le responde: Eres estupendo. El niño estaba asombrado, pero no entendía.
Luego, el padre le explica: La gente lo llama eco, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces.
Nuestra vida es simplemente un reflejo de nuestra acciones. Si deseas más amor en el mundo, crea más amor a tu alrededor. Si deseas felicidad, da felicidad a los que te rodean. Si quieres una sonrisa en el alma, da una sonrisa al alma de los que conoces. Esta relación se aplica a todos los aspectos de la vida. La vida te devolverá exactamente aquello que tú le has dado. Tu vida no es una coincidencia, es un reflejo de ti. Alguien dijo: Si no te gusta lo que recibes de vuelta, revisa muy bien lo que estás dando...
Los padres y educadores debemos comenzar poniendo en práctica estos consejos tan bonitos, porque quizá los niños son en gran parte un reflejo de nuestras acciones y actitudes. Si queremos de ellos un "yo" equilibrado, tenemos que hacer el esfuerzo de mostrarles que nuestra persona sabe al mismo tiempo "ser independiente" y "estar con los demás".
Trabajo en grupos
Hemos visto en la charla que la educación de un "yo" equilibrado y sano tiene relación con la satisfacción equilibrada de dos necesidades: la necesidad de ser yo independiente de los demás, y la necesidad de pertenecer a un grupo y que los demás me estimen. Y que, a consecuencia de no haber logrado esta equilibrada satisfacción, surgen niños/adolescentes demasiado dependientes de los padres, o con baja autoestima, o demasiado independientes e individualistas.
Preguntamos
- Analizando mi modo de educar y de reaccionar en la relación con mis hijos, ¿cuál de estas dos necesidades puede haber quedado más insatisfecha en ellos?
- O bien, considerando el modo de ser de mis hijos, ¿hacia dónde se inclina la actitud negativa de alguno de ellos? ¿hacia la excesiva independencia o hacia la excesiva inseguridad o baja autoestima? (Esto podría significar la acentuación excesiva de mi autoridad y superprotección, o bien la ausencia de educación en valores de solidaridad, o bien una inconsciente marginación afectiva o de ilusión por un hijo/a en concreto).
Recordamos metodología habitual:
1) Reflexión individual.
2) Comentario informal con la persona que está lado.
3) Diálogo de todo el grupo moderado por el Coordinador del mismo.
Al final, el Coordinador hará constancia escrita de algunos aspectos en los que ha habido mayor debate, acuerdos o desacuerdos importantes o preguntas que el grupo desee clarificar.
