Lipman y Kohlberg: Los dilemas morales
Ángel Salazar
Formador de profesores en FpN. Vicepresidente del Centro Español de FpN
Hay aspectos de la aportación de Piaget que
son de incuestionable valor, como, por ejemplo, la distinción
entre moral convencional y moral derivada de un código racional.
Por moral convencional se entiende el hacer lo acostumbrado o lo
que se nos dice que hagamos. Para justificar una regla se apela a
la autoridad, sin poner en tela de juicio la validez del código
en cuestión. Por código moral racional se entiende aquel que el
individuo acepta fundado en razones y que aplica con reflexión,
pensando que podría ser de otro modo. Se trata de un proceso de
maduración que conduce de una moral heterónima a otra
autónoma.
Del mismo modo, se produce en el individuo un tránsito del egocentrismo a la descentración, de lo subjetivo a lo objetivo. El juicio moral evoluciona positivamente cuando progresa en este sentido: sale del centro del individuo hacia el encuentro con el otro; pasa de atribuir su punto de vista a los otros, a considerar otros puntos de vista distintos del suyo. Kohlberg defiende que en el desarrollo moral, el sujeto no se limita a interiorizar las reglas sociales, sino que construye nuevas estructuras a partir de su interacción con el medio. Kohlberg pretende asimismo mostrar la universalidad de estas estructuras por las que atraviesa el razonamiento moral.
Sin embargo, por otro lado, tanto Piaget como Kohlberg parten del supuesto de que para alcanzar un determinado estadio moral es condición necesaria tener ya un estadio lógico de igual o superior nivel. El pensamiento lógico tiene prioridad cronológica sobre el razonamiento moral.
De este modo, sólo se puede razonar abstractamente y considerar las relaciones entre sistemas, si el sujeto se encuentra en el estadio de operaciones formales; y sólo cuando esto se produce será posible un razonamiento moral que pueda ponerse en la perspectiva del otro o asumir su papel.
Con ello Kohlberg sostiene que los niños empiezan por concebir las reglas como algo dependiente de la autoridad externa; más tarde, perciben tales reglas como instrumentos para obtener recompensas y satisfacción de sus necesidades; después, como medios para la obtención de la aprobación y la estima social; posteriormente, como soportes de algún orden ideal, y, finalmente, como articulaciones de principios sociales necesarios para vivir en unión de otras personas.
Sin duda, todo esto viene a poner claramente de manifiesto tres cosas fundamentalmente: a) el desarrollo, en conexión con el medio, de estructuras universales que permiten la evolución de una moral convencional y heterónima a otra racional y autónoma; y b) la relación e interdependencia existente entre el desarrollo del pensamiento y el desarrollo moral; c) la existencia de unos estadios por los que todo sujeto ha de pasar en ese desarrollo estructural.
Si estos principios sobre el desarrollo de las estructuras morales pueden ser discutibles, mucho más lo es el cómo se realiza ese desarrollo. De hecho, una de las cuestiones que no consideró suficientemente Piaget es si la transición a través de las diferentes etapas del desarrollo del juicio moral es sólo una cuestión de maduración psicológica o si depende de otros factores que la pueden bloquear o acelerar, como son el influjo social, las tradiciones familiares o el aprendizaje en la escuela.
Como nos dice E. Pèrez-Delgado, citando a Mitsud (1985), las críticas a Piaget se refieren a su concepción de las normas, a la relación que establece entre inteligencia y moralidad, a la función que atribuye a la autoridad y a la relación entre iguales en el proceso de desarrollo moral, a la infravaloración del influjo del estatus social de los sujetos, a la minusvaloración de las etapas heterónomas en el proceso evolutivo del juicio moral y a la relación precisa que establece entre las edades cronológicas de los niños y su capacidad de juzgar moralmente. En el nivel de la psicología básica, puntualiza Pèrez-Delgado, la crítica más dura se refiere al enfoque evolutivo planteado en estadios unidireccionales e irreversibles.
Del mismo modo, la crítica especifica al planteamiento de Kohlberg va dirigida en un sentido muy parecido. El carácter cognitivista de su teoría Que puede descuidar otros aspectos como los motivacionales, la naturaleza de los estadios y niveles del desarrollo del razonamiento moral, ¿son de naturaleza cuantitativa o cualitativa? ¿son dimensiones continuas o discretas?, y sobre todo, su pretensión transcultural.
Frente a esta concepción demasiado estratificada y cerrada surgen otras opciones y planteamientos que pretenden explicar el crecimiento moral de una manera más integradora y más acorde con el papel que puede tener la interacción con el medio, en condiciones adecuadas que posibiliten la vivencia y la reflexión personal dentro de un marco de diálogo y búsqueda cooperativa.
En este sentido, M. Lipman nunca estaría de acuerdo en que la reflexión Etica sólo sea posible a partir de una determinada edad Los doce años, porque parte de la base de que cualquier edad es buena para hacer esta reflexión. Más aún, insiste precisamente en que es necesario comenzar esta reflexión a edades tempranas, para desarrollar de ese modo capacidades y destrezas que luego es más difícil lograr. El niño puede pensar y es capaz de Hacer filosofía, quizá más y con más apremio que en cualquier otra edad, porque su relación con el mundo y su urgente necesidad de situarse en Al le hacen cuestionárselo todo. Lógicamente hace filosofía a su nivel, con su lenguaje, y busca respuestas válidas para Al en ese momento. Carece del rigor y de los instrumentos cognitivos propios de edades superiores, pero es capaz de pensar y de extraer sus propias conclusiones. -Cómo, si no, va a construirse un mundo con sentido!
Lipman no estaría, pues, de acuerdo con la férrea concepción que supone un escalonamiento progresivo de etapas estandarizadas y claramente fijadas para individuos y edades. Tales etapas no permiten entender la variabilidad existente entre los individuos, tanto en el sentido horizontal como vertical: ni en todos los sujetos se alcanzan los mismos estadios Por lo menos al mismo tiempo, ni todos poseen las mismas capacidades en un mismo estadio. En este sentido, el concepto de maduración no se hace depender tanto y tan exclusivamente del pautado e inflexible desarrollo físico, sino que se entiende en Íntima conexión con el desarrollo social en un medio determinado.
Sin negar, pues, que exista un proceso de
maduración que capacite progresivamente para el desempeño de
las funciones de razonamiento, no lo entiende rígidamente
pautado y estratificado, sino sujeto a los efectos que una
adecuada metodología dialógica pueda producir.
La metodología sería, en consecuencia, dialógica desde el jardín de infancia, a través de los doce cursos, pero, no obstante, habría algunos importantes cambios de intensidad. así, los niños más pequeños (de cinco a nueve años) necesitan práctica en razonamiento y en desarrollo de conceptos, sin incidir demasiado en el aprendizaje de principios. En años superiores (de diez a trece) están mejor preparados para entender los principios de razonamiento valido, y en los últimos cursos (de catorce a diecisiete años) puede ayudárseles a aplicar esos principios a los temas que deben tratar en la escuela y en la vida. Esto no significa que haya que privar a los más pequeños de abstracciones y que tengan que centrarse siempre en la percepción de su entorno físico.
(La filosofía en el aula, p. 352.)
Precisamente en este último aspecto es donde
centra su más clara crítica a Piaget. Según Éste, en el niño
se produce un seudorrazonamiento, consistente en una serie de
juicios inmediatos que se suceden libres de toda lógica, y que
hace que el pensamiento infantil está más cerca de la acción
que de la abstracción, resolviéndose, en esencia, en puras
operaciones manuales ilustradas mentalmente. Para Lipman, las
consecuencias que esta hipótesis puede tener en el terreno de la
educación moral son tremendamente graves y perniciosas.
Si se considera a los niños incapaces de una conducta moral guiada por principios, incapaces de tener razones para lo que hacen, incapaces de utilizar modelos de inferencia lógica, incapaces de un diálogo racional acerca de su conducta, entonces deben ser tratados como animales inferiores, o peor aún, como cosas... Por eso, la teoría de los estadios de desarrollo es incompatible con la filosofía: no puede haber una discusión filosófica legitima en la que uno de los participantes considere al otro inferior, no sólo por prejuicio, sino por principio.
(IbÆd., p. 262.)
En el mismo sentido, respecto a determinados
psicólogos En clara alusión a KohlbergÐ, dice:
Llegan incluso a inventar elaboradas teorías del Desarrollo moral que se validan a si mismas, en las que demuestran que los niños crecen naturalmente hasta tener unas nociones morales muy similares a las defendidas por los propios psicólogos. Obviamente, uno puede acumular una gran cantidad de evidencia a favor de semejante tesis; como teoría del valor es manifiestamente poco valiosa y en cada uno de los llamados Estadios es posible que se de una conducta Etica madura junto con un tipo de conducta menos responsable. Sin embargo, todas esas cosas son amontonadas como si fueran indistinguibles. Así, por ejemplo, los defensores de la Teoría de los estadios no nos ofrecen ningún medio eficaz para distinguir entre conductas como el egoísmo y el amor propio, aunque el valor moral que se debe atribuir a ambas conductas difiere enormemente. La consecuencia es que el resultado pedagógico final de la teoría de los estadios es confundir y equivocar al profesor más que iluminarle en el adecuado papel que debe asumir en la orientación moral de sus alumnos.
(., nota de la p. 300.)
Desde este punto de vista, como es lógico, no
sería ni necesario ni conveniente esperar a una edad avanzada El
último curso de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), a
los dieciséis años para obtener del niño una reflexión moral.
esta es una tarea que ha de ser realizada en todo momento, desde
las primeras edades de escolarización.
La meta de la educación es liberar a los estudiantes de hábitos mentales que no son críticos, que no cuestionan nada, para que así puedan desarrollar mejor la habilidad de pensar por si mismos, descubrir su propia orientación ante el mundo y, cuando están listos para ello, desarrollar su propio conjunto de creencias acerca de Al. No podemos esperar que los niños se respeten a si mismos como personas a menos que hayan aprendido a utilizar de manera óptima las capacidades creativas e intelectuales con que están equipados.
(Ibid., p. 171.)
Además de la Teoría de los estadios, Lipman critica a Kohlberg su mentalismo y, por supuesto, la importancia que concede al uso de dilemas en la educación moral y la utilización que hace de ellos.
Respecto a lo primero, deja clara que una
educación moral no debe dedicarse exclusivamente al ámbito del
pensamiento, sino también al desarrollo de modelos de conducta.
No se trata sólo de desarrollar el razonamiento, sino de hacer
posible la aplicación coherente de Éste a la conducta.
Los programas que enfatizan el pensamiento moral son insuficientes. Su fallo consiste en que no alientan el desarrollo de modelos de conducta constructiva que conviertan la conducta moral en algo que los niños puedan fácilmente llevar a cabo cuando se plantea la necesidad (...) La educación moral no se limita a ayudar a los niños a saber qué hacer; debe mostrarles cómo hacerlo y darles la oportunidad de practicar el hacer las cosas que pueden elegir hacer en una situación moral dada. (...) En ningún área es tan importante el lazo entre la teoría y la práctica como en el área de la educación moral y, sin embargo, en ningún otro sitio es tan frecuente no tomarla en cuenta.
(Ibid., p. 270.)
La segunda crítica tiene mayor fuerza y
alcance. Kohlberg concede a los dilemas morales el papel central
en su sistema. Ellos son el instrumento, la técnica adecuada
para conseguir el pretendido desarrollo del razonamiento moral.
El razonamiento moral, al igual que cualquier otro tipo de
razonamiento, se activa y ejercita cuando encuentra situaciones
de conflicto. Por ello, el dilema, al presentar una
contraposición de valores, es el instrumento más apto para
lograr el desarrollo del razonamiento moral. Lipman, sin embargo,
resta importancia a los dilemas morales, por dos razones
fundamentalmente:
a) Porque, tal como se presentan, están más próximos a una clarificación de valores que a un debate en profundidad.
b) Porque no permiten considerar todas las
posibles alternativas que pudieran presentarse en una respuesta
abierta.
La clarificación de valores es una técnica, propuesta por L. E. Raths, M. Harmin y S. B. Simon, que supone un conjunto de métodos de trabajo que ayudan a que el alumno realice un proceso de reflexión y se haga consciente de aquello que valora, acepta y piensa. Lipman opone una doble crítica a esta técnica: que separa los hechos y los valores y que induce a confundir el valor con los sentimientos y deseos.
Si se acepta esta separación, es fácil suponer que uno puede cambiar sus valores sin cambiar los hechos de la situación en la que nos encontramos; pero eso es una ilusión. Para un profesor seriamente involucrado en la educación moral resulta inútil buscar entidades etéreas llamadas valores, o alentar a los niños a encontrarlas por si mismos. En realidad el término valor significa aquello que es o debería ser importante para el niño.
(Ibid., p. 274.)
Desde la perspectiva de la observación perceptual, una pieza de cobre redonda es identificada como un hecho. Desde una perspectiva económica es una moneda y, por tanto, un valor económico. Que t£ estás leyendo esta página es un hecho. Pero si la consideras digna de ser leída, la lectura de la página no es sólo un hecho, sino un valor. La existencia de las manzanas que piensas comprar es un hecho, pero el vendedor las califica de especiales, señalando así su grado de Valor. Así, pues, hecho y valor son la misma cosa contemplada desde perspectivas diferentes.
(Ibid., p. 275.)
En realidad no hay dos cosas diferentes, hechos y valores. Hay simplemente cuestiones que son simultáneamente de hecho y de valor. Es esencial que un profesor entienda esto, porque es responsabilidad suya procurar que los niños no desconecten las ideas morales de los hechos morales. Dicha separación suele presentarse cuando se pide a los niños que hablen de los valores como si Estos fuesen entidades independientes, autosuficientes y separadas del mundo de los hechos, en lugar de hablar de: conducta valiente, conducta respetuosa, conducta recta o conducta justa en diversas situaciones particulares.
(Ibid., p. 275.)
En cuanto a confundir los valores con los
deseos y sentimientos, encontramos en Lipman lo siguiente:
Frecuentemente, los niños que son estimulados para clarificar sus valores, terminan hablando de sus sentimientos y deseos, en vez de analizar el valor objetivo de aquello a lo que se dirigen sus sentimientos y deseos. Por ejemplo, los niños pueden decir que se sienten mejor en el parque que en la escuela. Mediante una discusión filosófica se pueden detectar las diferencias objetivas entre los parques y las escuelas, de tal modo que los niños puedan reconocer la importancia de cada uno de ellos y en qué circunstancias es preferible uno u otro. Los valores no deben confundirse con los deseos de una persona, deben ser considerados como lo que, después de un proceso de reflexión e investigación, resulta importante. De este modo, el proceso de investigación parte de lo subjetivo, pero alcanza la objetividad.
(Ibid., p. 275.)
Si la clarificación de valores no es una técnica adecuada para la educación en valores, a juicio de Lipman, tampoco lo son los dilemas, si escuetamente se limitan a posibilitar la clarificación del sujeto respecto a su postura personal ante los valores enfrentados.
El segundo motivo por el que Lipman rechaza los
dilemas es, como hemos dicho, porque limitan las posibles
respuestas a dos únicamente. El sujeto se ve colocado entre la
espada y la pared: robar el medicamento o dejar que muera su
mujer; no hay otra opción posible. El sujeto ha de pronunciarse
por una u otra y, en todo caso, explicar sus razones. Esto
convierte al dilema en un instrumento bastante discutible y
problemático que, lejos de posibilitar los poderes creativos de
los niños en el pensamiento y en la acción, los cite y
circunscribe a unas limitadas e insalvables condiciones que
determinan sus respuestas.
El uso de dilemas morales en el aula puede ser bastante problemático. Los dilemas se elaboran dejando arbitrariamente al margen opciones significativas y limitando las restantes a aquellas que se contradicen en si mismas o son contradictorias con las demás. En contextos de laboratorio se emplea esta técnica para determinar cómo se comportarían los sujetos si se neutralizara su poder de razonamiento y se les dejara frente a sus dispositivos instintivos o emocionales. En el aula, esa técnica, si no va acompañada de la exploración de alternativas racionales, puede tener poco valor educativo.
(Ibid., p. 334.)
Sin duda, la clave está en la última
hipótesis establecida en este párrafo: Si no va acompañada de
la exploración de alternativas racionales. El dilema podría
tener valor educativo si permitiera buscar salidas alternativas,
nuevas, creativas y racionales. Pero esto plantea dos objeciones:
a) habría quienes dirían que esto es salirse por la tangente y no abordar el dilema en todo su realismo y crudeza.
b) Y habría quien diría que no se trata de
buscar alternativas racionales, sino de reconocer que las
circunstancias que intervienen y crean el marco de todo conflicto
son tan diversas e imprecisables, que es absurdo querer
reducirlas a un supuesto abstracto, con lo cual el dilema es un
constructo teórico que no tiene valor ni como simple ejercicio
mental.
Quizá ambas posturas son extremistas por exceso y por defecto, y la afirmación inicial sigue teniendo valor: el dilema puede ser un instrumento educativo válido cuando no ciñe ni restringe la respuesta y cuando permite un debate razonado sobre las nuevas posibles soluciones y circunstancias.
El dilema moral no es, pues, una simple
clarificación de valores contrapuestos, sino un hecho
conflictivo, real o hipotético, que puede posibilitar el
diálogo en el aula, en toda la extensión y riqueza con que lo
entiende Lipman. De hecho y contra la prevención de que parte
Lipman respecto a ellos, muchos pedagogos, al hablar de los
dilemas morales, los muestran como un instrumento válido para
suscitar el diálogo entre los alumnos, y esto no como algo
opcional sujeto a la discrecionalidad del profesor que quiera
pedirlo, sino como una exigencia de su estructura y
configuración como técnica de trabajo en grupo.
Tampoco debemos olvidar la dimensión expresiva y comunicativa de esta técnica, permitiendo conjugar la reflexión individual con la interacción con el grupo de forma dialógica, y enriquecer el propio proceso de pensamiento con las aportaciones de los otros componentes del grupo.
(Procedimientos y Métodos en la educación
moral, Mª Rosa Buxarrais, Revista Aula, nº 16-17, p. 35.)
Salvadas, pues, las dos deficiencias que Lipman veía en los dilemas, podríamos reconocer en ellos un instrumento válido para suscitar el debate y la reflexión filosófica. Sin duda, con este fin, desempeñan un papel decisivo las cuestiones que acompañan al dilema. Son ellas las que lo abren y posibilitan el diálogo creativo y razonado.
Otra cuestión a tener en cuenta sería la edad adecuada para su utilización. Si hacemos caso estrictamente de los principios establecidos por Piaget y Kohlberg, el niño no puede razonar moralmente hasta haber adquirido la plenitud de su capacidad lógico-formal y haber evolucionado a una autonomía efectiva que le permita enjuiciar desde si mismo. Se supone que hasta ese momento Los doce años aproximadamente, debería limitarse a recibir formación moral mediante la adquisición de determinados valores y normas que ha de aprender con la ayuda del educador. Hasta esa edad, por tanto, los dilemas morales estarían desaconsejados como material educativo, ya que estarían exigiendo al niño un tipo de operaciones para las cuales no está preparado ni lógica ni moralmente.
Desde la perspectiva de Lipman que hemos mencionado anteriormente, aunque sin el desarrollo completo de las operaciones formales y el pleno ejercicio de su autonomía, el niño es capaz de pensar, razonar y decidir la conducta más conveniente en función de unas reglas y principios que es capaz de establecer y entender. Según esta postura, y de acuerdo con ella, los dilemas, en la forma en que los hemos planteado, serian perfectamente útiles también en edades inferiores a las indicadas por Kohlberg.
Concluyendo ya, podríamos decir que si, en principio, ninguna técnica de trabajo en grupo que permita la reflexión y el diálogo filosófico está por si misma descalificada, no debe estarlo el dilema moral cuando se realiza con esta intención. El dilema moral puede ser un buen instrumento para propiciar un diálogo abierto y razonado, sugerente y creativo, siempre que no se quede en la demanda de una respuesta dicotùmica y cerrada, con la obligación de elegir en medio de unas condiciones fijas e inamovibles.
BIBLIOGRAFÍA
Lipman, M.; Sharp, A. M.; Oscanyan, F. S.: La filosofía en el aula, Ediciones de la Torre, Madrid, 1992.
Hersh, R.; Reimer, J.; Paolitto, D.: El crecimiento moral de Piaget a Kohlberg, Narcea, Madrid, 1988.
Cantillo, J., y otros: Los dilemas morales: un método para la educación en valores, Ed. Nau Llibres, Valencia, 1995.
Raths, E.; Harmin, M.; y Simon, S.: El sentido de los valores en la enseñanza, Biblioteca de Clásicos Modernos de Educación, México, 1967.
Mifsud, A.: El pensamiento de Jean Piaget sobre Psicología moral: presentación crítica, Limusa, México, 1985.
Pèrez-Delgado, E., y García-Ros, R.: La
Psicología del desarrollo moral, Siglo XXI, Madrid 1991.
Resumen
Lipman y Kohlberg: Los dilemas morales
Angel Salazar
Aprender a Pensar, n.º 14 (1996) pp. 35-41
Considera el autor la concepción kohlbergiana
del aprendizaje moral demasiado estratificada y cerrada y
presenta las características de la de Lipman que van más allá
de la teoría de los estadios, del mentalismo de Kohlberg y, en
concreto, resalta o amplía la importancia de los dilemas morales
en la educación infantil.
Artículo aparecido en la revista APRENDER A PENSAR
