Escuela de Padres
AGRESIVIDAD INFANTIL
María
Caparrós María Jaén
Maestra de Educación Infantil Colaboradora
Doctora en Pedagogía Vol. Social
CONSIDERACIONES PREVIAS
Nos parece oportuno comenzar por definir el concepto "agresividad" desde los planos semántico y psicológico.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua define el término agresividad como una instancia psíquica que reúne al conjunto de reacciones individuales tendentes a la destrucción, la segunda acepción del término resalta la acometividad que lleva implícita este vocablo.
La Psicología aporta visión alternativa, añadiendo a las distintas acepciones el término consideraciones sobre los diversos sentidos con los que se utiliza.
El diccionario de Ciencias de la Educación de la editorial Santillana define "agresividad" como la manifestación externa de hostilidad, odio o furor. Sin olvidar el contenido clave y polémico de la palabra, se aparta de una definición precisa y no se incluyen los componentes de destrucción atribuidos por el diccionario de la Real Academia de la Lengua.
Tras haber esbozado brevemente la dificultad para definir la palabra por su carácter polisémico y por la generalización y vulgarización de su uso, pasamos a analizar las características que pueden desarrollar las conductas agresivas.
CONDUCTA AGRESIVA.
Existen fuertes controversias sobre el papel de aprendizaje y de la experiencia en el desarrollo de las tendencias agresivas. La oposición principal se plantea entre los teóricos que subrayan la preponderancia de los factores innatos (psicoanálisis ortodoxa, etología europea) y quienes hacen hincapié en la influencia decisiva del aprendizaje y de la experiencia (psicólogos americanos, científicos sociales).
El psicoanálisis ha valorado la importancia de la agresividad en el desarrollo de la persona humana mediante el empleo de expresiones como impulso agresivo, instinto de destrucción o instinto de muerte. Esta última expresión está lejos de ser aceptada por todos los autores psicoanalíticos. Algunos han aceptado el principio de dualidad libido-instinto de muerte y, aunque no entran a discutir su significado biológico, se oponen a la idea de que el único objetivo de la agresividad sea la destrucción del objeto.
Las hipótesis de Freud (1935) y Klein (1950), frente a quienes no ven en el niño más que una pura pasividad y un simple receptáculo de esquemas, han tenido el mérito de presentar al ser humano, desde los primeros momentos de su vida, como un ser "dotado de pulsiones proyectadas socialmente".
Más recientemente, se ha considerado la hipótesis frustración-agresión (la agresividad como reacción frente a la frustración) como una alternativa a la concepción del psicoanálisis y de la etología europea.
Para los que defienden la influencia de los factores ambientales en el desarrollo de la agresividad, es de particular importancia conocer cómo han sido canalizados los impulsos agresivos durante el proceso de socialización.
Bandura y otros (1974) han demostrado la importancia de la imitación infantil en la reproducción de modelos agresivos, señalando las semejanzas entre el modo de comportamiento de padres e hijos. Asimismo, los ambientalistas indican que hay pocas pruebas que justifiquen la existencia de motivos agresivos innatos en los seres humanos y plantean la siguiente hipótesis: el grado de conducta agresiva manifestada en cualquier individuo es el resultado de la manera particular en la que cada individuo fue socializado, y del valor concedido a la conducta agresiva por el grupo o grupos primarios a los que se encuentra afiliado el niño. La capacidad de amar y de trabajar, lo mismo que la capacidad de odiar y el rechazo a toda conducta social, son los indicadores que marcan el paso a la plena madurez. Las prácticas educativas en los primeros años de la vida determinarán la preferencia por una u otra conducta, por una u otra actitud, por una u otra manera de portarse y ser.
INFANCIA Y AGRESIVIDAD.
Una vez analizadas las consideraciones que preceden al presente epígrafe, nos planteamos la cuestión de la existencia real de la agresividad en la conducta infantil durante el período de la primera infancia.
La agresividad se materializa, se concreta, en un acto de agresión. El propio concepto encierra dentro de sí un elemento intencional que puede hacernos pensar en la falta de capacidad del niño pequeño para llevar a cabo actos de agresión tipificados como tales, el deseo de hacer daño moral o físico, supera las propias consideraciones infantiles en estos primeros años de la infancia. Actualmente no hay una postura definida ante la existencia de un impulso agresivo unitario del que se puedan derivar las distintas manifestaciones de conducta agresiva. La agresividad tiene unos componentes específicos que podemos describir con la simple enumeración de sus características: voluntariedad, convencimiento y libre consentimiento; características difíciles de descubrir en las conductas infantiles durante esta etapa de la vida. Las causas endógenas de la agresividad quedarían desterradas en el caso de los niños muy pequeños, tal vez nos mueva a ello la consideración sobre la innata bondad de la naturaleza humana trayendo a nuestro recuerdo, de esta manera, las conclusiones a las que llegó Rousseau en su obra titulada Emilio.
Existen, sin embargo y han sido estudiadas por los psicólogos, otras causas - las denominadas exógenas- que nos ponen en contacto con las realidades del medio en el que los niños crecen. Se incluyen entre ellas todos los factores ambientales y sociales que determinan el aprendizaje por modelado de tales conductas. La agresividad no constituye un factor innato de la personalidad, es un impulso adquirido en contacto con el medio y con aquellos que, cerca de los niños, desarrollan estas tendencias. Pensamos que es momento de traer a la memoria de nuevo a Rousseau y concluir con él que es la sociedad la que pervierte al hombre.
Hablar, pues, de agresividad en niños pequeños no puede dejar de sorprendernos y creemos que también a nuestros lectores, sin embargo, hemos de señalar que en el aprendizaje de las habilidades emocionales se manifiesta la agresividad, su desarrollo empieza en la cuna, y ya desde entonces se puede diagnosticar la actitud básica del bebé hacia la vida.
PADRES Y CONDUCTAS AGRESIVAS.
Numerosos estudios demuestran que la forma en que los padres tratan a sus hijos -ya sea la disciplina más estricta, la comprensión más empática, la indiferencia, la cordialidad, etc.- tiene consecuencias muy profundas y duraderas sobre la vida emocional del niño, pero sólo desde hace unos pocos años disponemos de pruebas experimentales que han demostrado que tener padres emocionalmente inteligentes supone una enorme ventaja para el niño. (Goleman, 1996)
Dewey (1982) afirma que la educación moral y de los sentimientos es más poderosa cuando las lecciones se enseñan entremezcladas con el curso real de los acontecimientos, no cuando se imparten en forma de lecciones abstractas. Las actitudes, las emociones, los sentimientos y las conductas que despuntan tempranamente en los primeros años de la vida son las que sientan las bases para las habilidades sociales y emocionales. Los ejemplos y los modelos que se ofrecen a los hijos son las respuestas que ellos nos devolverán: serán amables si han vivido la amabilidad, serán agresivos si han vivido la violencia.
Algunas de las investigaciones que se llevan a cabo en la actualidad ponen de manifiesto la importancia del ejemplo paterno a la hora de educar a los niños en determinadas conductas, y cuestionan algo tan específico como que ya los bebés son capaces de experimentar un tipo de angustia empática antes incluso de llegar a ser plenamente conscientes de su existencia como persona separada de su madre. El coste emocional de la falta de sintonización en la infancia puede ser alto... irrecuperable....
La
Agresividad de manifiesta ya en el aprendizaje de las habilidades
emocionales.
La difusión que ha tenido en nuestro equipo la obra de Goleman nos lleva a referirnos a ella para establecer consideraciones al respecto.
Goleman (1996) defiende que las lecciones emocionales pueden entremezclarse, de manera natural, con la lectura, la escritura, la salud, la ciencia, los estudios sociales y muchas otras asignaturas, y todo ello nos lleva a la utilización adecuada de un vocabulario emocional, que facilite las propias conquistas y nos aleje de las cuestiones en las que la agresividad se imponga como medio de convencimiento, de fuerza y de violencia.
Los padres deben conocer la eficacia de los refuerzos que, ante los logros lingüísticos, producen en el niño el deseo de repetir y ampliar dichos logros. Experimentando el bienestar emocional y afectivo que produce la posibilidad de comunicación, por medio y a través del lenguaje, se puede evitar la aparición de conductas violentas: recordemos el poder de la palabra y reflexionemos sobre la violencia del silencio. Y, como dice Henry Roth en su novela Call it Slep, cuando puedas poner palabras a lo que sientes te apropiarás de ello. Nos sentimos con argumentos para añadir que, además, lo podremos dominar.
La comunicación deficiente suele provocar conductas con un cierto grado de agresividad. Los psicópatas según ha comprobado Hare, tienen una comprensión muy superficial del contenido de las palabras. Puesto que la socialización es una vertiente de la dimensión afectiva del niño y el desarrollo somático y psicológico en los primeros años constituye un todo interrelacional, resulta indispensable cualquier acción educativa que no se plantee desde la dimensión afectiva.
Los primeros años de la vida jalonan la maduración de las emociones sociales, sentimientos tales como la inseguridad, los celos, la envidia, la humildad, el orgullo, la confianza.... A partir de conductas que desarrollan la capacidad de compararse con los demás, surge el deseo de ser diferente, deseo que asentará o definirá la preferencia por una u otra conducta (agresiva o social). Hay niños que a los cuatro años de edad ya dominan lo que nosotros consideramos "básico", y están en disposición de descubrir las ventajas sociales ante el control de impulsos violentos y desviar su atención hacia canales de comunicación más efectiva para lograr sus deseos.
El desarrollo armónico de la afectividad del niño facilitará la cooperación e interacción, así como la solidaridad y respeto hacia los demás. Sin duda, la elevada resistencia a frustrarse ante los problemas que pueda plantearle todo tipo de aprendizaje -personal, social, afectivo- será un componente básico a la hora de ir adquiriendo un dominio progresivo de las diferentes habilidades sociales.
ESTRATEGIAS PARA EL EXITO.
Los padres deben saber que sus acciones son muy importantes para generar la confianza y el control personal que toda educación debe portar en sí. Por ello creemos necesario ofrecer una serie de consideraciones, presentadas a continuación, que pueden ayudar a conseguir el objetivo que nos proponemos.
Ser positivos. La impotencia, la
desesperación, la violencia y la agresión se aprenden, lo mismo
que se aprenden sus contrarios: la capacidad para resolver los
problemas, la esperanza, la actitud positiva y pacífica en aras
a la consecución de lo que nos proponemos, la solicitud de
cooperación tranquila, el optimismo. La visión que tengamos de
la vida será la que transmitamos.
Mirar a nuestro hijos para descubrir
el amor y la atención que necesitan. En las primeras etapas
de la vida, el niño busca la satisfacción de sus necesidades
fisiológicas y la gratificación emocional. A partir de los seis
o siete meses busca el contacto con personas específicas. Suele
llorar o protestar cuando se separan de él sus padres o
educadores. Hacia los ocho o los nueve meses reacciona con miedo
ante las personas extrañas y con alegría ante aquellas con las
que mantiene una relación afectiva positiva. Los niños
emocionalmente sanos aprenden a calmarse, tratándose a sí
mismos del modo en que han sido tratados por los demás y, de
esta manera, se vuelven menos vulnerables a las erupciones del cerebro
emocional y son capaces de controlar sus iniciales brotes de
agresividad.
Contribuir a la formación y el
refuerzo de hábitos sociales. Las destrezas de
socialización son los comportamientos apropiados que se refieren
a la vida social y a la interacción con otros niños y adultos.
Las habilidades básicas para conseguirlo son la imitación, la
participación, la comunicación. Los padres no deben olvidar la
motivación y la utilización de refuerzos positivos inmediatos
ante los logros y comportamientos. Estos refuerzos han de ser
básicamente verbales y afectivos y deben demostrar al niño que
dichos comportamientos son importantes y atraen el gusto y la
atención del adulto.
Estimular la capacidad de
comunicación. El deseo y la capacidad de intercambiar
verbalmente ideas, sentimientos y emociones puede ser la mejor
manera de frenar la agresividad y facilitar la aparición de las
conductas que favorecen las relaciones humanas.
Evitar, en la medida de lo posible,
toda conducta agresiva por parte de los adultos. El castigo,
sea cual fuere su naturaleza, es totalmente contraproducente. No
sólo es ineficaz para suprimir la conducta violenta, agresiva y
e inadaptada, sino que el niño, al lograr de esta manera la
atención del adulto, repite dicha conducta cada vez que se
siente desatendido. Unas relaciones familiares basadas en el
castigo provocan consecuencias que pueden alterar la estabilidad
emocional del niño.
Cultivar la creencia de que el triunfo
está de nuestra parte. El viejo aforismo querer es poder se
hace una realidad cuando de la educación de los hijos se trata,
porque todos queremos lo mejor para ellos, porque todos queremos
hacerles partícipes de la felicidad que, pensamos porque es
necesario hacerlo, está en alguna parte.
La Comunicación deficiente suele provocar conductas con un cierto grado de agresividad
CONCLUSION
Lo valores imprescindibles que han de estar presente en toda educación familiar son la afectividad, la creatividad, la intuición, el equilibrio emocional y la madurez. Del amor hacia los hijos, del deseo de aprender diariamente en contacto con ellos va a depender la potenciación y el enriquecimiento de la personalidad de los niños, así como el éxito en la formación de una personalidad equilibrada. Cuanto más abiertos nos hallemos a nuestras propias emociones, mejor las podremos canalizar y transmitir y mayor será nuestra destreza en la educación de los sentimientos de nuestros hijos, en la comprensión de sus manifestaciones emocionales y en las propuestas para huir de las actitudes violentas y agresivas.
El entusiasmo y la tenacidad como modelo de educación pueden llegar a ser los mejores bálsamos para todo tipo de contratiempos. La educación de los hijos ha de ser una tarea dominada por el optimismo, por la esperanza, por las expectativas de triunfo. Solamente apoyados en estas premisas iremos hacia el bien a pesar de las frustraciones y de los contratiempos asegurándonos, sin ninguna duda, un camino para el éxito.
El desarrollo armónico de la afectividad del niño facilitará la cooperación e interacción, la solidaridad y el respeto a los demás
La agresividad aparece en los niños que han sido víctimas de malos tratos físicos y emocionales, de la agresividad de los adultos y de la violencia de los que les rodean.