EDUCACION Y DESARROLLO
HUMANO:
El papel de los valores desde el modelo Hall-Tonna (extracto)
Por: Micaela Bunes Portillo e Itziar Elexpuru Albizuri
3. VIVENCIA DE LOS VALORES
3.1. Los valores y las actitudes
Si se entiende por actitud una disposición relativamente estable de la conducta que lleva al sujeto a comportarse de una manera determinada repetidamente, vemos cómo las actitudes nos hablan de prioridades y de valores. Las actitudes tienen, como los valores, su reflejo en el comportamiento y dependen en buena medida del entorno, aunque no exclusivamente. Vimos en su momento cómo la realidad vivida por cada uno de nosotros no respondía exactamente a la realidad misma sino a la Arecreada@ en nuestro mundo interior. Esa Arecreación@ cuenta, no cabe duda, con muchos datos de la realidad externa y con no pocos que proceden de la experiencia interna. Por esta razón, la movilización de las actitudes no sólo dependerá de procesos externos, en los que la manipulación controlada del entorno provoque la aparición de las actitudes deseadas, predictoras de conductas deseables.
Los valores -que dan las calidades de esa imagen recreada de la realidad en la que nos movemos y actuamos-, actúan como motor de la conducta, generan una determinada visión del mundo y una actitud hacia el entorno, hacia uno mismo y hacia los demás. Si se pudiese describir el proceso linealmente, la serie sería la siguiente: Valores-Actitudes-Conductas.
Pero en realidad no es tan simple. Comenzaremos por poner algunos ejemplos que ayuden a clarificar estas relaciones. La persona que posee valores relacionados con la autopresevación, la seguridad y el control de la propiedad, desarrollará actitudes relacionadas con la autoprotección física y con el asegurar la satisfacción de necesidades básicas, actitudes afines a la vivencia de un entorno hostil.
Los que priorizan valores relacionados con la eficacia, la productividad o el respeto a las normas, desarrollarán actitudes de obediencia, sumisión y de búsqueda de reconocimiento o éxito, que son actitudes relacionadas con la vivencia de un entorno burocratizado e institucionalizado en el que le individuo busca un puesto.
Las personas que actualizan valores relacionados con la ecología, la justicia global o la interdependencia, desarrollan actitudes de colaboración y tienen una visión global tanto de los problemas como de sus soluciones, actitudes afines a la vivencia de un entorno complejo de equilibrio frágil, en el que las acciones unilaterales están condenadas a romper ese equilibrio una y otra vez.
Se ha utilizado el condicional para presentar la relación entre valores, actitudes y conductas, relación que no es lineal. Es difícil discernir entre las escurridizas diferencias que se dan, por ejemplo, entre poseer el valor de la obediencia y obedecer de hecho: )se genera la actitud una vez adquirido el valor?, )es nuestra actitud favorable la que nos hace sensibles y receptivos a determinados valores?, )son los hábitos de conducta los que terminan por consolidar actitudes y valores?. Al hablar del desarrollo de los valores, se afirmó que se trataba de un proceso cíclico, no lineal, en el que se puede encontrar, por ejemplo, cómo unas determinadas actitudes, reflejo de la vivencia de unos determinados valores o, como también se ha mencionado, vivencias nuevas de viejos valores que se transforman y permiten crecer y evolucionar:
Las actitudes, como las normas, a las que dedicaremos nuestra atención a continuación, son momentos intermedios entre nuestra implicación personal con unos determinados valores y su consecuente necesidad de vivirlos. Las actitudes nos mantienen en alerta par actuar cada vez que surja la ocasión apropiada a las normas nos informan sobre Acomo@ hacerlo. El problema comienza cuando, una vez iniciado este complejo proceso, se intenta reproducir las secuencias con el objeto de manipularlo en algún sentido; llámase a esto Acambio de actitudes@ o Aeducar los valores@. Creemos muy interesante rescatar esta vieja discusión positivista para la reflexión posterior.
3.2. Los valores y las normas.
Seguramente si se solicita de alguien no iniciado una definición de valor encontrará algunas cuando no muchas dificultades para hacerlo. Si se reorienta la cuestión y se pregunta al mismo sujeto qué es lo que más valora en su vida, encontrará muy pocas -por aquello de que cuesta decidirse- o ninguna si es de las personas que Alo tienen muy claro@.
Situados en este terreno, se puede plantear el siguiente interrogante: )cuáles son verdaderamente los valores de una persona? Se pueden contemplar dos posibles opciones. La primera de ellas sería la respuesta de que dé el sujeto a la pregunta que se planteó en el párrafo anterior, es decir, aquello que en un momento determinado puede declarar como las cosas más importantes de su vida, sería la respuesta, efectuadas las oportunas matizaciones, a cuáles son sus valores. La segunda de las opciones sería considerar que sus valores son lo que con su vida está haciendo importante, sin necesidad de que medie declaración o manifestación alguna. Para ilustrar esta idea sólo se tiene que reflexionar al respecto del tiempo, energías, etc. que consumimos cualquiera de nosotos en materializar lo que consideramos importante y valioso: la justicia, la ecología, la paz, etc.
Los valores de una persona -también podríamos hablar de grupo o institución-, como ya hemos visto, los valores de cada uno de nosotros, están escondidos detrás de nuestras conductas o lo que es lo mismo si sabemos leer en ellas, que nuestras conductas son la manifestación de nuestros valores. A pesar de todo lo que se acaba de afirmar no se debería pasar por alto la sincera declaración de las cosas importantes que cualquiera de nosotros pudiera realizar en un momento determinado. Estos valores, se manifiesten o no en el quehacer diario, en la actividad cotidiana, también juegan un papel muy importante. En el modelo de Hall-Tonna, estos serían los valores de futuro, a los que aspiramos, que inspiran y motivan nuestro presente.
Con esto se pueden descartar dos temores bastantes extendidos. El primero de ellos es el peligro de la denominada ausencia de valores en la sociedad actual y el segundo, la problemática coherencia entre valores y conductas, problemática superada, ya que nuestras conductas son siempre la expresión de nuestros valores. Pero resolver el caballo de batalla de los cognitivistas no es tan simple y se está obligado a Ahilar más fino@.
Se puede formular de nuevo la cuestión e intentar darle respuesta: )Cómo pasan los valores a las conductas?; expresado de otra manera: )cómo hacer para que las conductas respondan a valores deseados y/o deseables?. La diferencia entre valores deseados por la persona y valores deseables, no supone una simple cuestión de matiz sino cuestión de fondo.
Muchas de nuestras conductas -muchas más de las que se podría imaginar en un primer momento- responden a pautas estereotipadas de comportamiento, es decir, forman parte de la normativa de funcionamiento social. Estas son conductas, de alguna manera, esperadas. Cuando se habla de normativa social, no sólo se está haciendo referencia a las leyes, códigos o reglamentos escritos sino a todo un complejo sistema de usos, costumbres, hábitos sociales que se imponen, como diría Durkheim, en la conducta individual. Por ejemplo, en días de calor sofocante somos incapaces de acudir en traje de baño al trabajo o de comportarnos en el despacho de nuestro jefe como lo hacemos en el salón de nuestra casa.
Sea cual sea el tipo de normativa social, la norma tiene valor de signo o símbolo valor que representa. La norma no sólo se respeta por la sanción que se deriva de su cumplimiento o incumplimiento (control social) sino por el valor que descubrimos en ella, como afirmó Gurvitch. Pongamos un ejemplo. El conductor respetuoso con los límites de velocidad señalados no sólo lo es -y algunos conductores sí necesitan medidas disuasorias-, por temor a la sanción consecuente al incumplimiento de alguno de los artículos del código de la circulación. Tampoco la policía de tráfico nos premia con escaparelas de prudencia o de buena conducción al final de nuestros viajes. La mayoría de los conductores ven que detrás de limitaciones, prohibiciones y recomendaciones hay un valor muy importante: el de la Vida.
En este caso, la norma sería un momento intermedio entre el valor y la conducta y los valores inscritos en la normativa (cultural) de cada momento serían valores sobre los que existe un juicio de deseabilidad. A la pregunta de )cómo pasan a la conducta de los valores deseables? Se puede responder, sin realizar mayores matizaciones, que a través de las normas en el mismo proceso de socialización. El problema es el de los Avalores no normalizados@, es decir, aquellos sobre los que todavía no hay consenso social explícito, valores que se intentan abrir paso en medio de continuas contradicciones y/o intereses poderosos. Por ejemplo, la lucha de las plataformas reivindicadoras de 0,7% de los PIB de los países desarrollados para los países pobres. Esto es, hoy por hoy, un intento vano de materializar el valor Justicia en comportamientos colectivos, en este caso, una decisión de Estado. A esto habría que añadir que valores complejos, como lo es el utilizado en el ejemplo anterior, responden a muy diversos tipos de experiencias vitales, difícilmente unificables.
)Cómo responden las conductas a valores deseados? Aquí se trataría de opciones personales que presuponen una cierta autonomía en el comportamiento. Claro que puede ser el resultado de una opción personal el seguimiento de una conducta institucional, moda cultural, etc. Se puede establecer una diferencia entre valores que se viven en un entorno institucional y valores que se viven de una manera más personalizada. Admitamos por ahora la diferencia sin insistir mucho más sólo decir que la integración de los valores personales e institucionales es necesaria para nuestro crecimiento personal y/o colectivo.
Para terminar con este apartado pondremos un ejemplo de gran significación educativa, que si bien ha dejado de tener actualidad, creemos que en su momento no abundaron los planteamientos rigurosos del problema. El conflicto entre dos artículos constitucionales: la libertad de cátedra (artículo 20.1) y el derecho de los padres a elegir la formación religiosa y moral para sus hijos que esté de acuerdo con sus propias convicciones (artículo 27.3). Hacemos la siguiente pregunta: )están realmente en conflicto esta libertad y este derecho amparados por la legislación de más alto rango?
El significado de los valores no es unívoco, las experiencias comunes no son idénticas y en este caso, la libertad puede significar muchas cosas. La libertad de cátedra, la libertad de expresión del profesor está relacionada con su necesidad de autoafirmación, con su franqueza, con su honestidad, con su congruencia, con la autorregulación de su conducta, etc. El derecho de los padres a elegir la formación religiosa y moral que quieren para sus hijos, nos habla de autoridad, de propiedad y de tradición (Ade acuerdo a sus propias convicciones@), entre otros.
El conflicto se da porque la visión del mundo que se nos propone desde cada uno de los artículos constitucionales es radicalmente opuesta. No es que valga más el ejercicio de la libertad de los profesores que el derecho de los padres. Un mal ejercicio de la libertad o un mal uso del derecho se puede dar en los dos casos y no conviene presuponer en ningún sentido. La libertad de cátedra ofrece una visión más evolucionada y por lo tanto, más integrada. El problema radica en lo que necesitan verdaderamente los alumnos: que los padres decidan qué formación quieren para ellos o que los profesores sean congruentes con lo que sienten y dicen. Estas contradicciones suelen ser frecuentes en el mundo y la cultura actuales que quieren salir de la fase institucional de las normas y dar paso a un ahombre autónomo y responsable de sus propios actos.
Para terminar decir que, antes de crear las normas, es importante estudiar los valores que representan ya que normas que tiene que convivir en un mismo marco no deben transmitir visiones del mundo irreconciliables, siendo deseable una mayor coherencia.
4. VALORES Y EDUCACION
La socialización es un complejo proceso de aprendizaje e interiorización de todo un conjunto de pautas de conducta que se inscriben en un complejo sistema de significados sociales. De forma más breve, pero no menos precisa ni sencilla, se puede decir que la socialización es el proceso de transmisión cultural y los aspectos normativos de la cultura son mayoritarios en este proceso. Como se ha visto, las normas alcanzan su significación en relación con los valores que en ellas se manifiestan. Por lo tanto, transmitir los aspectos normativos de la cultura es lo mismo que transmitir valores.
La educación institucional cumple con la misión de la transmisión cultural, por eso podemos decir que recrea la cultura y los valores adheridos a ella.
4. 1. El consenso en valores como punto de partida.
El consenso es algo más que un pacto, un contrato o un acuerdo racional. El consenso es un acuerdo vivencial que trata de integrar las visiones particulares a partir de los valores compartidos. Estos valores son los que pueden crear compromisos concretos, de aquí su importancia en la elaboración del Proyecto de Centro y otros documentos institucionales.
En primer lugar, es fundamental que los miembros de una institución se pongan de acuerdo en aquellos principios esenciales que guíen su actuación para un correcto funcionamiento y calidad interna (Hall y Joiner, 1992). El Proyecto de Centro supone, en la actual situación de aplicación de la Reforma del Sistema Educativo en nuestro país, una ocasión privilegiada para que cada centro defina, a través de sus documentos, los principios y valores que van a guiar y motivar la acción educativa (Bunes y Elexpuru, 1994).
Sin embargo, )cómo asegurar que la Comunidad Educativa se comprometa a vivir de acuerdo con tales principios y valores?, )bastaría sólo con definir los principios y esperar que todo el mundo se comporte de acuerdo con ello? Esto ha sido, ciertamente, la visión de los educadores durante siglos: el adoctrinamiento o la inculcación de valores. Lo que sabemos es que no funciona. La conformidad sólo ha funcionado cuando la gente siente que no tiene alternativa. Es básicamente la historia de la opresión.
En los comienzos de los años 70, el movimiento de clarificación de valores de Raths, Harmin y Simon demostró que los valores son sólo poseídos e interiorizados cuando un individuo es consciente de sus elecciones, puede optar desde sus prioridades y actuar de acuerdo con ellas de forma consistente y repetida, sintiéndose orgullosos de ello. Su trabajo supuso un punto de inflexión en educación e ilustró por qué los problemas no podían erradicarse por Adecreto-ley@.
Hasta ahora, todo nuestro conocimiento sobre instituciones educativas y otro tipo de organizaciones, que aún pretenden establecer valores y principios en los miembros que la componen por mandato, continúan preguntándose por qué lo que aspiran y claman públicamente no se vive en la conducta del día a día. Las personas quieren ver el liderazgo y la conducta organizativa en coherencia con las promesas de calidad, igualdad y dignidad.
Hall (en prensa), basándose en su conocimiento de la práctica educativa con los valores y en el trabajo de personas, anteriormente mencionado, afirma que los valores motivan individualmente. En consecuencia, establece que la primera regla para la vivencia colectiva de los valores es la conciencia personal del equipo directivo y del profesorado. A través de su metodología identifica, en primer lugar, los valores de estos últimos clarificando su significado y ayudándoles a comprender cómo se relacionan con su visión personal y su conducta.
La segunda regla es que la motivación grupal sólo se produce cuando el grupo elige sus valores por consenso a partir de las prioridades de valores individuales que tienen en común. Los principios guía son, pues, agrupaciones de valores elegidos por el grupo que además se relacionan o comunican a través de símbolos comunes en la vida grupal. (Tonna, 1994).
La tercera regla es que de cara a convertir los principios en conductas, se deben identificar los valores que están por debajo de los principios y convertirlos en normas de la organización.
4. 2. Coherencia entre valores y conducta: la vuelta a los dos mundos.
Tal y como se trató en el apartado dedicado a la subjetividad y objetividad de los valores (2.3.), la coherencia entre conductas y valores estaría asegurada ya que las primeras son siempre manifestación de los segundos. El problema radica en la discrepancia entre lo que en un momento determinado declaramos como importante y lo que hacemos importante con nuestra actividad y nuestra vida. La clave está en salvar la distancia entre los valores a los que aspiramos, que son normalmente los que declaramos y los que materializamos, que son los que vivimos.
En relación con la primera regla anteriormente mencionada, el primer paso consiste en conocer nuestro presente y ver si éste nos permite alcanzar nuestras aspiraciones. Según el modelo Hall-Tonna, en nuestro presente está Adibujado@ nuestro futuro y en él se vislumbran las posibilidades de crecimiento. En este amino o proceso pueden surgir muchas complicaciones, las instituciones, los Aotros@, nuestra propia naturaleza, pero siempre habrá un espacio entre los condicionamientos (solución progresiva). En otras ocasiones el problema será de aprendizaje. Los valores no se materializan automáticamente por un acto de voluntad o de magia. Muchos valores necesitan destrezas para poder ser actualizados y las destrezas es necesario aprenderlas. Una opción importante de la escuela es entrenar en destrezas que sirvan para materializar esos valores. (Hall 1995 pp. 99-118; Bunes y otros, 1993, pp. 42-46).
5. REFLEXIONES FINALES
La escuela, como agente socializador por excelencia, transmite valores a través de toda la actividad que dentro de ella se desarrolla y no solamente a través de las tareas docentes. Se pone de manifiesto la elección de valores en la selección de contenidos y de métodos; la estructura y la organización están impregnadas de valores, incluso el propio lenguaje, independientemente de los contenidos impartidos, no está exento de carga axiológica (Bunes y otros, 1993). Ante esta realidad, será difícil ejercer un control selectivo y operativo sobre los valores que transmite la escuela. Hablar de valores y educación es concretar dónde es posible actuar en el trabajo en valores y dónde no y desdramatizar en líneas generales el tema.
Con respecto a los tiempos que se dedican a trabajar los valores en los centros, merecería la pena hacer una reflexión: )la preocupación por algo es proporcional al tiempo dedicado? Si una cosa es lo que preocupa y algo muy distinto, lo que ocupan, la ocupación no preocupa ni interesa, lo que puede ser fuente de frustración. En algunas ocasiones, trabajar estos temas proporciona una sensación de pérdida de tiempo. El dedicarles tiempo significativo, salga bien o mal, sean satisfactorios o no los resultados, transmite una idea esencial y fundamental: que hay cosas que son importantes y que no son inmediatas.
Para terminar, planteamos la siguiente pregunta: )qué valores tenemos que trabajar en la escuela: los valores de los alumnos, de los profesores, de los padres, del equipo directivo, de los documentos que inspiran la acción educadora, sobre el clima escolar?. La respuesta más fácil -por frecuente- es la de trabajar los valores que tiene que aprender los alumnos; pero los alumnos aprenden lo que viven. En este sentido, los profesores actúan como modelos, lo que hace sospechar la importancia de trabajar los valores que los profesores actualizan en sus comportamientos. Reformulando la cuestión: )qué valores queremos que vivan los alumnos dentro la escuela? Para empezar a trabajar, el punto de partida sería conocer la propia realidad.
Hall-Tonna ofrecen para ello una serie de instrumentos que permiten identificar valores en situaciones concretas: personas, grupos y/o instituciones (Hall, Harari, Ledig, Tondow, 1986; Bunes y otros, 1993; Elexpuru y Bunes, 1994).
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