¿QUE HACEMOS CUANDO EVALUAMOS?
Antonio Allende. Tomado de la revista "Padres y Maestros", No. 237
Evaluar es preguntarse cómo van las cosas, si están yendo bien o mal, si es lo que queremos o lo que necesitamos, y, en último caso, pensar si lo que estamos haciendo es lo que hay que hacer.
Cuando los estudiantes oyen frases como: "esto va a la evaluación", o "vamos a la junta de evaluación", en no pocas ocasiones se les ponen los pelos de punta. Este término, aunque en el lenguaje técnico, aséptico y descarnado de los programas educativos, disposiciones legales y cursillos al respecto suene bien, en el quehacer diario se colorea de connotaciones negativas y a veces amenazantes; aún para nosotros, los profesores. Solo pensar que "va a haber una evaluación" hace que se nos disparen mecanismos de defensa y lo normal es imaginar que van a juzgar lo que hacemos, van a meterse en nuestros terrenos privados, o aún peor, van a hacer un juicio de valor sobre qué clase de persona somos.
Evaluación
Sin embargo la evaluación en su sentido primero, es una actividad que realizamos continuamente y de forma natural y espontánea en nuestro vivir diario. Evaluar es preguntarse cómo van las cosas, si están yendo bien o mal, si es lo que queremos o lo que necesitamos, y en último caso pensar si lo que estamos haciendo es lo que hay que hacer. ¿De dónde viene pues el miedo?
Es necesario empezar por desenmascarar las simplificaciones que se hacen cuando se habla de evaluación. Miguel Angel Santos Guerra propone una metáfora para analizar algunos aspectos.
En principio, la evaluación de un partido de fútbol es fácil de hacer. El resultado es inapelable. Sin embargo no es así, porque tenemos la experiencia de que el resultado no es siempre claro, ni justo, ni es lo más importante. Además, ni nosotros, ni los entrenadores, ni los directivos, sabemos a ciencia cierta qué es lo que se puede aprender del resultado para que el próximo partido salga mejor. Se pregunta el autor: "cuando se dice que algo ha tenido éxito ¿qué se quiere decir realmente? El éxito, ¿es el resultado final positivo? ¿A juicio de quién se ha conseguido el éxito? Y si ha sido así, ¿cuánto ha costado conseguirlo? ¿A costa de qué? ¿Qué efectos secundarios ha supuesto haberlo alcanzado? ¿Se ha conseguido en un tiempo razonable? En caso de no haberse conseguido, ¿por qué motivos ha sido?
La metáfora del partido de fútbol es válida porque también el fútbol se realiza en equipo, con la dirección técnica de un entrenador, bajo las directrices de un árbitro, bajo la observación de periodistas y espectadores, y con muchos intereses en juego.
Lo que se puede deducir de la comparación es que hay que pensar más profundamente en qué consiste la evaluación. Por ejemplo, valorar únicamente el resultado final nos da información sobre unas cosas pero no sobre otras. Lo que queríamos es ganar, pero ¿da igual el modo? ¿Ha habido o no goles claros? ¿Es importante la diferencia de goles? ¿Importará la belleza de los goles conseguidos? Estos son los indicadores de éxito que condicionan en buena medida el resultado de la evaluación. ¿Qué ocurre si valoramos el esfuerzo de los jugadores? Quizás haya quien diga que no es lo más importante, sino que lo que importa es ganar. ¿Y si se ha lesionado el jugador estrella? ¿Qué consecuencias puede tener para el resto de la temporada? Es importante valorar los efectos secundarios.
No se puede evaluar ingenuamente. Cuando tenemos que tomar una decisión, la evaluación siempre va a producir unos efectos en el modo en el que realizaremos nuestra tarea en el Centro, especialmente si la evaluación se utiliza no para mejorar, sino para sancionar, para enjuiciar si el producto final vale o no vale, (como cuando sólo miramos el rendimiento académico del alumno). Como ejemplo se puede tomar el del Curso de Orientación Universitaria, cuyo origen fue servir de guía para que los alumnos pudieran decidir mejor qué estudios iban a realizar en la Universidad. Pero en el momento en que se decidió implantar la selectividad se produjo un cambio de sentido. Ahora es casi exclusivamente una preparación para superar un examen y sacar la mejor nota posible. Y la conclusión que podemos extraer es que el modelo de evaluación elegido modifica todo el proceso anterior y lo pone a su servicio (Ma. A. Casanova, 1992).
Un rasgo de la evaluación.
A la luz del camino recorrido, la evaluación es el enjuiciamiento sistemático que se hace de la valía de alguna cosa. Al hecho del enjuiciamiento, es decir, del aspecto valorativo de toda evaluación, hay que añadir el de que tiene que ser sistemática. No podemos fiarnos sencillamente de lo primero que oímos, del juicio de un colegio, de un alumno, de la cultura que generan las asociaciones de padres, o de lo pre-juicios que se crean en la sala de profesores. Para evitar ser superficiales y acabar luchando contra molinos de viento, creyendo que son gigantes, hay que aprovechar los métodos científicos (que no quiere decir sólo estadísticos). Por eso debe ser sistemática y no sólo cuando haya una emergencia o cuando haya tiempo. Tiene que ser rigurosa, (eso quiere decir científica y objetiva) y no responder a los intereses de una persona o un grupo.
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Un modelo de evaluación válido.
Ciertamente lo será si atiende a todos los aspectos que están en juego en un proceso social tan rico como es la vida de un Centro escolar. Volviendo a la metáfora del partido, sólo valdría una evaluación que permitiera tomar decisiones para cambiar a mejor. Se re-cuenta el partido para aprender de lo que hemos hecho, para no caer en las mismas trampas, para aprender a hacer cosas nuevas, para inventar o descubrir modos nuevos de hacer. Este análisis permite saber qué ha pasado en el partido, para poder ser un mejor equipo, para no echar toda la culpa sobre el portero, para no despreciar ni agredir al contrario, para ofrecer un buen espectáculo.
El proceso de evaluación sólo finaliza cuando se han hecho una serie de juicios de valor sobre los procesos y los resultados y que se obtienen según la información recogida. Todos los procesos de la evaluación cobran su sentido en función de estas valoraciones y sobre todo de las tomas de decisiones que se siguen. Así podemos decir que la evaluación de un Centro Educativo es un proceso de valoración de una realidad que se hace desde unas determinadas normas y objetivos.
Las decisiones que se tomen se tienen que plantear a un doble nivel: en relación a los objetivos que constituyen el objeto de la evaluación y en función de las innovaciones que se vayan a introducir en el Centro.
Estas tomas de decisiones son también un gran elemento de motivación, ya que en muchos casos el desinterés de la comunidad educativa por la evaluación viene justificado por el desconocimiento de uso que se va hacer de ella (información recogida) y de si, efectivamente, va a servir para algo. ¿Entonces, cómo podemos enfocar la evaluación de nuestro Centro? De lo dicho se deducen varios rasgos que el modelo evaluador ha de tener. En primer lugar, es clave para hacer una buena evaluación, tener claro lo que se quiere conseguir. Empezar por el principio, examinar documentos, finalidades, sacar a la luz el currículo oculto.
Qué tipo de evaluación.
Yendo a lo más práctico, si queremos que la comunidad educativa participe, se sienta implicada y motivada, el proceso ha de inclinarse hacia el lado de la evaluación formativa, y no tanto a la sumativa, y, mucho menos a la sancionadora. De otra manera, en vez de mejorar, empeoraremos. La evaluación ha de servir de ayuda y ha de entenderse como tal. Por lo tanto, habría que añadir que lo primero es conseguir que los sujetos implicados la sientan como suya. Los implicados, profesores, alumnos, equipo directivo, han de ser los que la lleven a cabo, desde dentro. La autoevaluación es mejor. ¿Por qué? Porque los que van a realizarla son los que mejor conocen el Centro, son los protagonistas y más allá de cualquier técnica, conocimiento o supuesta objetividad, lo que un evaluador ha de saber es qué se está evaluando. Atender al contexto propio. Cada Centro es único e irrepetible y el sentimiento de que los que evalúan tienen interés en lo que ocurre es fundamental para conseguir una participación mayor, que al final, es la que va a producir mayores aportaciones que permitirán una mejor interpretación de cómo va el Centro.
Aunque no se descarta la ayuda externa en determinadas etapas del proceso, por ejemplo en la recogida de datos, la evaluación interna ofrece muchas ventajas (M. A. Santos Guerra, 1993; Mª J. Fernández 1997):
* Permite reflexionar sobre lo que se hace
* Facilita la coordinación vertical y horizontal
* Ayuda a comprender lo que sucede
* Impulsa el diálogo y la participación
* Permite tomar decisiones racionales
* Impide los solapamientos
* Incide sobre lo que se considera sustancia
* Permite corregir los errores
* Ayuda a intensificar el esfuerzo en lo esencial
* Permite aprender nuevas cosas.
* Hace ganar coherencia al equipo docente
* Se convierte en un ejemplo para los alumnos
* Ayuda al perfeccionamiento del profesorado
* Responsabiliza al profesorado de su propio desarrollo profesional
* Corrige el individualismo en el que muchos profesores realizan su cometido.
* Ayuda a aprender de la experiencia y sabiduría de otros.
* Ayuda a discutir, sacando a la luz, las distintas concepciones que hay sobre educación en un mismo claustro.
* Promueve una cultura de la evaluación, al acostumbrarse a realizarla habitualmente uno mismo.
Problemas de la autoevaluación
Dos son específicos de la autoevaluación. Los demás tienen que ver con el miedo a la evaluación, cualquiera que sea la forma que adopte (falta de motivación, concepción individualista de la enseñanza, la falta de tiempo, etc.) El primero es debido a la implicación efectiva y afectiva de los sujetos en el objeto que se evalúa. Puede haber una falta de objetividad que lleve a la autojustificación o la autocomplacencia. Puede haber miedo a enfrentamientos que frene la disposición o señalar los cambios necesarios para la mejora. El segundo es un problema de prestigio; si todos somos iguales y estamos en el mismo barco, ¿quién es el equipo evaluador para emitir juicios? ¿Qué ofrece para que le avale? Es un problema de credibilidad. En los dos casos es necesario contrastar la evaluación con agentes externos. Para el problema de la credibilidad conviene acudir a expertos que asesoren en los recursos y métodos que se van a emplear. Adherirse rígidamente a un solo método o recurso, puede volverse contra nosotros. Hay que tener una cierta flexibilidad y saber utilizar una combinación de métodos cualitativos y cuantitativos que ayuden a captar la situación en toda su complejidad, y una combinación de autoevaluación e integración de agentes externos.
Tipo de Evaluación |
| Por su finalidad o función |
* Formativa * Sumativa |
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| Por su extensión | * Global * Parcial |
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| Por los agentes evaluadores |
* Interna * Externa |
* Autoevaluación * Heteroevaluación * Co-evaluación |
| Por su momento de aplicación |
* Inicial * Procesual * Final |
Este tipo de evaluación, es además, el más adecuado no sólo para la reforma, sino para la innovación. En el momento actual de implantación de una reforma educativa, sólo una autoevaluación puede proporcionar una base seria y rigurosa sobre la que tomar decisiones. De otro modo la innovación se convertirá en un salto al vacío permanente, en el que se aplicarán nuevos métodos, programas, horarios, sin saber por qué o para qué y, lo que es peor, sin saber cómo afecta a los estudiantes el nuevo sistema.
En un momento de cambio, la autoevaluación, tal como la hemos expuesto, nos permitirá saber qué innovaciones introducir, reflexionar sobre la práctica docente para ser mejores profesores y transformar el Centro Educativo para que sirva mejor a la misión que desempeña en el contexto concreto en que la desarrolla.
Historia del concepto de evaluación.
Del concepto de evaluación que tengamos dependen en gran medida los objetivos que se consigan, porque cuando se determina el objeto de la evaluación, por ejemplo funcionamiento del equipo directivo, o la metodología empleada por profesores, en el fondo lo que se hace es señalar el hacia dónde queremos ir.
1. El término evaluación aparece en los Estados Unidos a principios de este siglo, cuando la escuela tuvo que adecuarse a las exigencias de la producción. Las escuelas eran concebidas como fábricas, los estudiantes eran su materia prima y la educación eral el proceso de transmisión de conocimientos científicos y técnicos a los estudiantes. Los principios básicos de la administración educativa eran: planear, realizar y evaluar, los mismos que se daban en la empresa.
2. Según pasan los años, se empiezan a evaluar los programas educativos; no solo los resultados, sino su finalidad y sus funciones. Al mismo tiempo, el concepto de evaluación se extiende a todas las dimensiones del centro y del programa educativo. Es el momento de la evaluación de los objetivos. La evaluación consiste en un proceso que permite determinar en qué grado han sido alcanzados los objetivos educativos propuestos.
3. En los años sesenta se amplia aún más el concepto y se le añade otra función. La evaluación es la recogida y la utilización de la información, para tomar decisiones sobre un programa educativo.
4. Más adelante incluirá la necesidad de valorar el objeto evaluado, es decir en una evaluación hay que considerar si lo que se hace es válido o no, para decidir a continuación qué hacer. En este sentido, en todo proceso evaluativo hay que tener en cuenta la ideología que subyace.
5. En la actualidad, la atención a la importancia del contexto en el que se realiza una determinada tarea, ha llevado a la necesidad de encontrar la validez de un programa en indicadores internos. Por lo tanto, hoy no se hace una valoración por comparación con resultados obtenidos por otros, si no por comparación con un criterio de situaciones deseables: ¿Estamos haciendo lo que queremos hacer?
